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Sin tratarse estrictamente de una ocasión de aniversario u otro tipo de conmemoración formal, sino puramente tras haber leído con enorme entusiasmo durante los últimos meses en este mismo diario las columnas de la Mtra. Edna Galindo Dellavalle, sobre las posibilidades de la observación astronómica en Morelos, así como las varias columnas del historiador H. Alexander Mejía García, quien con gran énfasis y ahínco reivindica la historia del Centro Vacacional IMSS Oaxtepec, -sentimiento que comparto y al cual suscribo por completo-, es que me ha sido inevitable la subsecuente y profunda evocación del encuentro científico que tuvo lugar en tal recinto, hace más de tres décadas, en ocasión del eclipse total de sol del 11 de julio de 1991.

¿Por qué la particular evocación de dicho encuentro entre tantos congresos ahí celebrados? El Congreso Internacional de Topología Algebraica de aquel verano, del 4 al 11 de julio del ‘91, guarda un entrañable y singular significado no solo por haberse encontrado dentro del marco de tan espectacular fenómeno astronómico, sino que su evocación es también la de un hito compartido por una comunidad científica que en el recuerdo pareciera formar parte, ciertamente, de toda otra era, anterior a la penetración de la voraz meritocracia en el ámbito científico e indudablemente en todos los entornos académicos a nivel nacional y mundial.

El adecuadamente llamado periodo neoliberal que atravesó nuestra nación y toda Latinoamérica representó no solo una infame etapa de predominancia de rapaz capitalismo económico, sino también de búsqueda y exaltación de capitalismo simbólico, tan bien definido a mediados del siglo pasado, quizá proféticamente antes de su más extensa proliferación en la academia, por Pierre Bourdieu.

Fue desde la última década del siglo XX que en las instituciones científicas públicas nacionales más notablemente se comenzó a acentuar la doctrina de la “gran carrera meritocrática”, recrudecida ya entrado el siglo XXI y caracterizada por la demanda de la publicación “en serie” de determinada cantidad de “papers” por año para las y los investigadores científicos –casi a modo de una pretendida “cadena mercantil de producción científica”-, así como por la puesta en boga de interminables lecturas y publicaciones de semblanzas personales y una aparente competencia de eternos desfiles curriculares al inicio de cada charla o mesa redonda en simposios, congresos, o clases magistrales. El cansado desfile curricular como moneda de capital simbólico y la tendencia a la ostentación constante de títulos posdoctorales, becas, estímulos, premios internacionales, publicaciones y grados de afiliación institucional, así como la conformación de consejos científicos consultivos de obsceno gasto económico en múltiples lujos y de élites doradas universitarias pletóricas de vertical privilegio, adquirieron indudablemente un lamentable grado de prevalencia sobre el gusto por la convivencia académica, el intercambio horizontal entre colegas, y el sentido de comunidad en torno a lo que en realidad define de manera más virtuosa y pura al quehacer científico como humanidad: la curiosidad compartida y la capacidad de asombro.

Afortunadamente, el encuentro de Topología Algebraica en el Centro Oaxtepec en aquel verano hace casi treinta y cuatro años aún formaba parte de una comunidad científica así caracterizada en su mayoría: reunidos entusiastamente por la participación e intercambio entre pares de sus respectivos temas de estudio en el ramo topológico, estando presentes el querido Dr. Santiago López de Medrano, quien años después fue parte fundamental de la defensa de la gratuidad universitaria durante la huelga de la UNAM de 1999, así como los Dres. Samuel Gitler, Luisa Ares, Guillermo Moreno, Araceli Medina Bonifant, y Marcelo Aguilar, entre tantos otros, por el lado de los matemáticos, y del lado de los físicos estuvieron ahí muchos de los discípulos de la extraordinaria escuela del Dr. Jerzy Plebanski, Bogdan Mielnik, y Arnulfo Zepeda, generación fundadora del Departamento de Física del Cinvestav en los años 60s, entre ellos sus alumnos y tesistas Mauricio López Romero, Héctor García Compeán, y Miguel Socolovsky.

Encontrarse durante esos maravillosos días entre dicha comunidad, a la que se agregaron también investigadores invitados de Japón, India, China, Estados Unidos, Rusia, Francia, Italia, y Alemania, significó poder hallarse inmerso entre las más interesantes charlas sobre los fenómenos celestes y gravitacionales, trascendiendo las conferencias de topología programadas en el auditorio y foros, sino que también en cada uno de los restaurantes, salones, o cabañas del Centro Vacacional donde estuvieran reunidos las y los científicos asistentes se desarrollaba alguna maravillosa conversación sobre el comportamiento de la luz, las perturbaciones de campos, la curvatura del universo, así como un emocionante intercambio de ideas prácticas para poder presenciar el eclipse mismo, que iban más allá de usar únicamente los filtros de vidrio que se repartieron preventivamente, sino también asombrosas y creativas técnicas para observarlo por medio del reflejo en superficies de papel, vasos de café, e incluso hojas de árboles. El recuerdo de encontrarse en tan bello lugar y entre tan vasto mar de conocimiento con la más extraordinaria comunidad dedicada a la comprensión del cosmos y la naturaleza traía la sensación de que uno se hallaba en el sitio más seguro del mundo, con una enorme familia dedicada siempre a la aventura de ir hacia lo desconocido y plantearse las más grandes preguntas.

Quienes estuvimos ahí quizá corrimos con gran suerte, ya que fue difundido pocos días más adelante que la gente que se congregó en Teotihuacan no pudo disfrutar el fenómeno de igual manera, ya que en esas latitudes por prolongados momentos las nubes hicieron de las suyas. Fue en la gran explanada central del Centro Vacacional Oaxtepec que la comunidad –o nuevamente, la gran familia científica- reunida en esa ocasión, así como sus hijos, nietos, y amistades, pudimos observar el fenómeno celeste, con el canto de los pájaros elevándose como en el ocaso al oscurecerse el cielo así como al terminar el suceso y volver el sol a ser descubierto.

Esperando que miembros de la comunidad científica que estuvieron ahí puedan hallar en esta columna un terreno de semejanza con tal evocación y recuerdo, estoy seguro que vendrán nuevamente tiempos de resignificación de la ciencia como motor de comunidad e intercambio humano, dejando atrás el nubarrón de competencia y capital meritocrático que la aquejó en las últimas décadas, y que nada tiene que ver con el conocimiento mismo, que es en sí su propia maravillosa recompensa.

Horacio Socolovsky Aguilera