

Farid Barquet Climent
A la memoria de Bautista Climent Marín
Hoy, Día de la Raza, aniversario 532 años del descubrimiento de América, cuando aún persiste el diferendo diplomático generado por no invitar al jefe del Estado español a la ceremonia de toma de posesión de la presidenta de México, se enfrentan en Puebla la selección mexicana de futbol y un equipo de España: el Valencia Club de Fútbol (VCF).
Extraños resultan en la actualidad partidos entre una selección y un club, pero todavía en los años noventa del siglo pasado eran usuales. Fue la instauración de las fechas FIFA la que los convirtió en auténticas rarezas. En virtud de que México está clasificado al Mundial de 2026 por ser anfitrión parcial del certamen, su representativo nacional se ve en la necesidad de concertar amistosos con clubes porque las selecciones de prácticamente todos los países se encuentran en la lucha por un lugar en la fase final de la justa mundialista. Y por eso hoy los dirigidos por Javier Aguirre se medirán con una de las dos escuadras (la otra es la Unión Deportiva Levante) que se reparten las simpatías de los habitantes de la ciudad de Valencia, capital de la Comunidad Autónoma del mismo nombre.
Fundado en 1919 en el céntrico Bar Torino —que fue también su primera sede social— el Valencia VCF presume de ser el primer equipo en ganar un partido en el estadio Azteca. Porque junto con el Torino de Italia el VCF fue el otro equipo extranjero invitado a participar en el cuadrangular inaugural del Coloso de Santa Úrsula, como lo bautizara el locutor Ángel Fernández. El 31 de mayo de 1966 los granates del Piamonte empataron con los cremas del América el primer encuentro disputado en la cancha de la Calzada de Tlalpan, mientras que en el segundo cotejo los naranjeros valencianistas se impusieron 0-3 a los Potros de Hierro del Atlante el 2 de junio.
Tal como lo refieren los historiadores valencianos Josep Andreu Bosch Valero y José Ricardo March Arnao, la presencia del VCF en el minitorneo de apertura del Azteca fue noticia no tanto porque fuera en estricto una novedad —el conjunto naranjero había jugado cuatro partidos en México en los tres años previos— sino más bien por su significación extradeportiva. Las relaciones diplomáticas entre México y España llevaban rotas más de dos decenios, luego de que el presidente mexicano Lázaro Cárdenas desconociera en 1940 al régimen usurpador del general Francisco Franco, quien dio un golpe de Estado al gobierno legítimo de la República española y desató la guerra civil en aquel país en 1936.

El VCF no habría venido a México en los sesenta si no hubiera sido por la iniciativa de exiliados republicanos originarios de Valencia, subrayadamente uno que dejó su arte plasmado en los murales del Casino de la Selva de Cuernavaca: el pintor Josep Renau.
Nacido en 1907 en Valencia, Renau estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de esa ciudad. De acuerdo con el historiador del periodismo Juan Carlos Sánchez Illán, cuando estalló la guerra civil el gobierno de la República designó a Renau director general de Bellas Artes asignándole la encomienda de salvaguardar el patrimonio artístico nacional durante la conflagración. Renau fue, además, quien encargó a Pablo Picasso que pintara una obra para que fuera exhibida en la Exposición Internacional de París. Esa obra es el Guernica.
Renau llegó a México en mayo de 1939 y casi de inmediato obtuvo la nacionalidad mexicana, Según Dulze María Pérez Aguirre, experta en el trabajo pictórico de Renau, en 1944 el muralista entró en contacto con el empresario asturiano Manuel Suárez, quien le ofreció volcar su talento plástico en las paredes del Casino de la Selva. De la aceptación de Renau surgió la que Pérez Aguirre considera “la obra mural más importante de Renau en México”: España hacia América, que pintó en el salón de fiestas del magno hotel. Y para hacerlo se mudó con su familia a vivir en sus habitaciones.
Al tiempo que la mano de Renau dibujaba a lápiz los bocetos de los futuros murales su mente pergeñaba cómo hacer posible otro empeño: traer a su país de acogida al equipo de futbol de su ciudad natal. La idea empezó a cobrar forma y a entreverse como factible en la década siguiente a la de su incursión muralística en suelo morelense. En los cincuenta Renau se sumó a los esfuerzos emprendidos por la Casa Regional Valenciana —organización con sede en el entonces Distrito Federal que agrupaba a los exiliados republicanos originarios del Levante español— para conseguir que la oncena ché hiciera una gira por canchas mexicanas a pesar de que relación bilateral entre las dos naciones se encontraba degradada a nivel de encargados de negocios, tal como lo narra Luis Rius Caso en su magnífica novela histórica El espía de Franco, en la que Renau y el Casino de la Selva tienen un protagonismo y una centralidad escénica primordiales.
Las investigaciones hemerográficas de Bosch y March arrojan que en el tercer número de la revista Senyera —órgano de difusión de la Casa Regional Valenciana—, publicado en febrero de 1952, se consigna “el envío de banderines y fotografías del Valencia y su equipo filial a la Casa Regional”. Por la vía del futbol se empezaba a trazar un acercamiento entre una auténtica institución social de la metrópoli atravesada por el río Turia como lo es el VCF y sus hijos radicados al otro lado del Atlántico.
Así como en los sesenta el VCF tuvo presencia en México, en los ochenta México se hizo presente en el VCF. Tras salir campeón de goleo de la Primera División Mexicana en la temporada 1987-88, el atacante Luis Flores, surgido de los Pumas de la UNAM que cuenta con domicilio en Cuernavaca desde sus años de futbolista activo, fue contratado por el equipo levantino de cara al ciclo 1988-89. Fue el primer mexicano en ponerse su camiseta. Después lo haría Andrés Guardado.
Entrevistado en exclusiva por La Jornada Morelos, Flores recuerda haber recibido tres ofertas para regresar al futbol español luego de su primera estancia en la península ibérica durante el torneo 1986-87, en el que jugó para el Sporting de Gijón. En aquel 1988 se acercaron al representante de “Lucho” el FC Barcelona B, el Celta de Vigo y el VCF. Se decantó por este último, a pesar de que la entidad recién estaba de vuelta en el máximo circuito. Fue para él una motivación encontrar en la propuesta valencianista “la intención de “pelear arriba”, el objetivo de instalar y mantener al equipo en la parte alta de la tabla de clasificación. Le atrajo que los directivos del VCF “querían armar un equipo competitivo”. Y vaya que lo consiguieron. No obstante que ese año futbolístico fue el benjamín de la categoría, el conjunto dirigido por el uruguayo Víctor Espárrago logró llegar tercero en la clasificación, tan sólo detrás del campeón Real Madrid de Hugo Sánchez y del subcampeón FC Barcelona, en la que fue primera campaña en que estuvo Johan Cruyff en el banquillo culé.
De haber estado vigentes entonces las reglas de competencia que actualmente rigen la UEFA Champions League, aquel VCF se habría ganado el derecho de participar en la edición 1989-90 de la máxima competición europea de clubes. Pero en aquel tiempo sólo acudía a la cita continental el ganador de cada liga nacional.
A Flores no sólo lo convenció el proyecto de los directivos valencianistas. También fueron factor la ciudad y la tranquilidad de sus alrededores. “Vivía en La Eliana, a veinte minutos de Valencia, camino de las canchas de Paterna, donde entrena el equipo”. El mundialista en México 86 recuerda que fue por sus caseros de ese barrio entonces periférico que degustó el platillo típico de la región valenciana. “Para generar buena convivencia entre vecinos los dueños del condominio horizontal organizaban paellas”.
Como si de cocinar una sabrosa paella se tratara, el VCF en los años siguientes supo mezclar con muy buena sazón los mejores ingredientes como para ofrecer un futbol a la altura de los paladares más exigentes. Sobre la cancha de su estadio de Mestalla se pudo ver a cracks del calibre del argentino Claudio “Piojo” López, que en los dos mil viniera a México a salir campeón con el América bajo las órdenes de Mario Carrillo; goleadores poderosos como el búlgaro Luboslav Penev o el “Guaje” David Villa; mediocampistas de clase excepcional como Gaizka Mendieta y Pablo Aimar, el ídolo de Messi; o gambeteros de leyenda como Ariel “Burrito” Ortega. Enfundado en la camiseta y los shorts blancos tradicionales de su equipación —como le llaman en España al uniforme, cuya tonalidad, en el caso del VCF, bien puede tener sus raíces en las incoloras indumentarias empleadas por los pelotaris que practicaban con las mano el juego de pelota en la ribera valenciana, como testimonia Juan Bautista Climent Beltrán, otro valenciano del exilio republicano que se quedó de por vida en México— disfrutamos de Romário en su Last Dance en el futbol europeo y fuimos testigos de las últimas veces que Jorge Valdano dio instrucciones desde el perímetro del campo antes de convertirse en directivo y de seguir prolongando, como afortunadamente ocurre hasta la fecha, su fructífera tarea en los medios de comunicación.
En un artículo académico publicado por el Instituto Mora en 2022, Dulze María Pérez Aguirre afirma que, tras la compra en 2001 de los terrenos del Casino de la Selva para construir en ellos una tienda departamental, se “dañó la obra España hacia América de Renau —junto con otras pinturas murales— con barretas y cincel provocando la pérdida parcial de la pintura”, además de que “destruyeron el conjunto arquitectónico que resguardaba las obras de la cantina, quedando solamente algunos bocetos y documentos de este proyecto que están bajo el respaldo de un familiar del pintor en México”. Severamente dañado al igual que el mural de Renau, así se encuentra hoy su querido VCF, luego de que hace diez años adquiriera la mayor parte de sus acciones sociales el inversionista singapurense Peter Lim. A diferencia de su paisano más célebre, Lee Kuan Yeu, el gobernante que convirtió a Singapur en una de las economías más prósperas del mundo, Lim ha llevado al VCF a la inestabilidad financiera y a la bancarrota deportiva. Ha incumplido la promesa de avanzar y concluir la construcción de un nuevo estadio —Nou Mestalla— y recién el mes pasado trascendió que las autoridades españolas lo investigan por la probable comisión de los delitos de falsedad documental y blanqueo de fondos, tal como lo informó el periódico El País el 27 de septiembre. Y en lo futbolístico, la campaña antepasada, tras el cese intempestivo del entrenador italiano Genaro Gatusso, el equipo se salvó por los pelos de caer a la Segunda División, mientras que en la que se encuentra en curso marcha en el antepenúltimo lugar, es decir, si hoy concluyera la Liga estaría descendido.
En lo que sí se parece el asiático mandamás valencianista al líder mano-dura que sacó de la miseria a Singapur es en que a ambos tienen por característica personal ignorar el parecer de la opinión pública acera de cómo gestionan los asuntos colectivos. Según el abogado y biógrafo mexicano Gerardo Laveaga, autor de un perfil de Lee incluido en su libro Hombres de gobierno, éste declaró en alguna ocasión: “Nosotros —es decir, el régimen que encabezó— decidimos lo que es correcto, independientemente de lo que piense la gente”. Lim en el Valencia replica la misma actitud de desdén hacia los valencianistas. Por eso las concentraciones en las inmediaciones del estadio valencianista exigiendo la salida de Lim han sido multitudinarias. Mientras Lee, fallecido en 2015, “prefirió ser temido que amado” —como apunta Laveaga— Lim en cambio ya está visto que para los hinchas del VCF no es ya lo primero y jamás será lo segundo.
Pero a pesar de lo mal que lleva la conducción del VCF Lim se da el lujo de mandar a jugar contra México a un grupo de jugadores que no incluye a ninguno de sus titulares habituales, sino que se trata de una alineación alternativa que equivale, digamos, a un “equipo B”. El esparrin de México como parte de su supuesta preparación mundialista estará conformado por juveniles. No veremos hoy contra el Tri al canterano madridista Hugo Duro ni al delantero asturiano Diego López, como tampoco al guardameta macedonio Stole Dimitrievski ni al centrocampista oriundo de la Comunidad, Javi Guerra. En una de esas tampoco viajó el murciélago del escudo.
A propósito del encuentro de esta noche, Luis Flores afirma que los contendientes “llegan en condiciones similares, de capa caída”. Para el también ex jugador de Cruz Azul y Atlas “la competitividad del futbol mexicano es cada vez menor”. A su juicio, “todas las decisiones (de los directivos del futbol nacional) se basan en el beneficio económico, no en el deportivo”. Celebra que la afición mexicana, tanto la que radica en Estados Unidos como la que vive en México, ya no siga consumiendo acríticamente el pobre espectáculo que se le ofrece y proteste a su modo por los desatinos dirigenciales que han llevado a tener tres técnicos nacionales en menos de dos años. “Me da gusto que haya reacción de la gente”, declara a este diario el destacado integrante de la única selección mexicana que ha llegado a cuartos de final de un Mundial: el tan anhelado quinto partido que hoy se ve más lejos que nunca.
Si, Renau, fallecido en 1982 muy lejos de Cuernavaca, en Berlín Oriental, tuviera hoy que ilustrar el presente por el que atraviesan respectivamente la selección mexicana y el Valencia, seguro le llamaría de nuevo a Picasso y le pediría otro Guernica.

