

BIOGRAFÍA
Griselda conoció a Anselmo en el zócalo bailando danzón al atardecer. Fue durante los primeros días de noviembre, recuerda ella, pero el año, qué importa, dice tarareando la música de Arturo Márquez y dejándose transportar a aquel tiempo feliz. Llevaba sombrero para esconder el mechón de pelo color salpimienta que pretendía quedarse íntegro en su cráneo pese a los ataques previos de calvicie. El sol se había retirado detrás del cerro, pero él seguía portando sus gafas solares. Conocí el color de sus ojos una semana después cuando me invitó a cenar pan de muerto con un chocolate ligeramente amargo. Se rio, no se burló, pero si soltó una risa melodiosa cuando observó que tenía en la comisura de los labios unos granos de azúcar pegados. Se acercó a mí para quitármelos con un beso. Anselmo era romántico nato, no como estos hombres que fingen caballerosidad con tal de seducir a su dulcinea, no, él era el hombre de mis sueños aterrizado en esta tierra. Pasaron algunos meses, los suficientes para estar seguros de que queríamos estar juntos muchos domingos de danzón más, a los que, por cierto, seguíamos asistiendo un poco por los aplausos del público, y yo para lucir mi vestido negro de encaje ajustado a mi silueta. Él siguió viajando por sus negocios y yo a veces lo acompañaba. Me dediqué a mi huerto donde cultivaba hortalizas, frutas y la flor de veinte pétalos que perfuma delicadamente los hogares y plazas desde tiempos prehispánicos.
Cuando Anselmo se fijó por primera vez en Griselda, tenía que reconocer que habían sido varios años de ardua búsqueda de una pareja afín después de haber por fin superado su estado de viudez. Supo desde el primer baile que era ella la mujer gracias a quien iba a recobrar la sonrisa y la esperanza de una vida amorosa. Yo nada más la veía a ella, flores entre las flores. Me dediqué a mis negocios, sin duda alguna, pero ella fue el centro de mis atenciones. No me pesaba, puedo incluso afirmar que era algo natural regalarle un detalle, un momento o más. Nuestros gustos se fueron fusionando hasta llegar a no saber con certeza a quien le gustaba este libro o lugar campestre. A ella le fascinaba caminar descalza los fines de semana y yo me aficioné a hacer contacto con las texturas que mis pies descubrían a cada paso. Un atardecer, sentados ambos frente al mar o queriendo atrapar el calor de la fogata con nuestras manos era inconmensurable.
Sebastián y Alexis terminaron su altar, convencidos de la originalidad de su obra para recibir a las ánimas en su misteriosa visita anual. Llamaron a sus padres con la esperanza de cosechar cumplidos y agradecimientos que los harían acreedores a un apetitoso chocolate para sopear el pan de muerto que su madre había horneado esa mañana. Su padre exclamó unas palabras confusas frente a la ofrenda anaranjada de cempasúchil. En medio de la pirámide floral se encontraban sembrados artísticamente calaveritas de amaranto, velas blancas, platitos de cerámica servidos y bebidas minúsculas. “Pusieron sus fotos tan cerca que parece que están conversando o que se van a dar un beso. ¿Te acuerdas de esta historia que nos contaban cada primero de noviembre los abuelos de cómo se conocieron?”
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM


