Raúl Francisco González Quezada*

José de la Borda, nacido en Oloron, Francia, y su hermano mayor, Francisco, cuatro o cinco años mayor que él, se trasladaron hacia América: primero el mayor y luego José. Llegaron a Nueva España para involucrarse en un modo de trabajo íntimamente relacionado con la forma socioeconómica capitalista de la minería. José arribó a los 17 años, hacia 1716 (Vargas, 1999, pp. 25, 28-29).

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José de la Borda

La fuerza de trabajo de la minería virreinal se componía, en gran parte, por coerción extraeconómica, es decir, no se trataba, en todos los casos, de trabajadores libres que eligieran un salario correspondiente a un jornal. Las comunidades estaban obligadas a participar con tributos en fuerza de trabajo que enviaban a los reales mineros. Los españoles peninsulares se colocaban en el pináculo de la clase explotadora y tenían acceso a la acumulación de la riqueza que esa fuerza de trabajo, implicada en un territorio determinado, producía. Muchos mineros, desde el siglo XVI, en Nueva España, solían destinar una parte de la riqueza acumulada a la obra pública y religiosa; se trataba de un proceso de consolidación y negociación de vínculos políticos religiosos y de ostentación que les permitía asegurar una red de complicidades en muchos niveles tanto con las autoridades políticas como con las religiosas.

También empataban con las pretensiones de la cosmovisión de las comunidades que observaban con buenos ojos los apoyos para los templos de sus comunidades. José de la Borda se vio involucrado directamente en la construcción de un trío de templos católicos de grandes dimensiones —el de Tlalpujahua en Michoacán, el de Santa Prisca en Taxco y el de Guadalupe en Cuernavaca (cfr. Staples, 2000, p. 288)—, así como en muchas otras obras en templos menores, como el de Tehuilotepec, todas estas financiadas con la riqueza que generaba el trabajo obligado, la gañanería y la esclavitud en las minas.

José de la Borda, al arribar a Taxco, se hizo cargo de una mina que le asignó su hermano mayor, justo al este de la cabecera, en la comunidad de Tehuilotepec. Más tarde, en 1743, ya se encontraba vinculado con el minero Manuel Aldaco para explotar a la gente en la mina de Tlalpujahua.

Décadas después, estuvo involucrado en Real del Monte, de donde no regresó con gran riqueza acumulada a Taxco. En 1772, tras negarle apoyo la iglesia que él había financiado tomó el préstamo que le otorgaba la catedral metropolitana por una custodia que empeñó a la misma institución para continuar con sus proyectos mineros, ahora, en Zacatecas, donde volvió a amasar una gran fortuna (Benítez, 1996, p. 99).

José de la Borda construyó, además, su casa en la Ciudad de México y algunos elementos arquitectónicos en Cuernavaca, que era puesto de paso entre Taxco y la capital del país; habría adquirido dicho espacio en Cuernavaca desde 1763. Fue su hijo, el presbítero Manuel de la Borda y Verdugo, quien, en 1777, llegó desde Taxco a Cuernavaca. Comenzó la construcción del jardín anexo a tal casa quizá a partir de 1778 y, de manera intensa, hacia 1783 culminó tal proceso (Martínez, 2011, p. 64).

La herencia que recibió Manuel de la Borda de su padre, que murió en 1778, ascendía a 1 400 000 pesos de plata. Con una parte de ella, quizá, decidió realizar la construcción del jardín, la cual encargó al arquitecto Manuel de Arrieta, hijo de don Pedro de Arrieta, arquitecto del barroco novohispano, maestro mayor de la catedral de México. La obra resultó magna e incluyó, según sus propias palabras, un tanque de más de 150 varas de longitud; sería estrenada en día de San Carlos, estaría dedicada al rey y, en fin, quedaría “una pieza a todo gusto” (González, 2015, pp. 21-22).

El 4 de noviembre de 1783, día de San Carlos Borromeo y del rey Carlos III, el maestro en artes y postulante a doctor en Filosofía, presbítero Manuel de la Borda y Verdugo, realizó la fastuosa inauguración del jardín, justo al terminar el estanque (Vargas, 1999, p. 40). En diciembre de ese mismo año, visitó el jardín el propio virrey de Nueva España, Matías de Gálvez (cfr. González, 2016, p. 40). De hecho, justo en la carta que envió al conde de Xala sobre la visita del virrey, Manuel de la Borda menciona que este podrá ver el “jardín y huerto” (cfr. Romero de Terreros, 1919, p. 22); también lo visitó ese mes el arzobispo de México, Alonso Núñez de Haro y Peralta. La relación de Haro con el virrey impactó al grado de que, incluso, en 1790, este favoreció a un sobrino de Manuel de la Borda en un informe sobre personal de la Iglesia, indicando que “Don Martín José Verdugo… relator de la curia eclesiástica. Es de arreglada conducta, de buen genio y merece una prebenda” (Aguirre, 2003, p. 199).

El mismo Manuel de la Borda decidió que su sobrino fungiera como patrono en la capellanía de misas en la parroquia adjunta al proyectado oratorio de San Felipe Neri, no sin antes también hacerse cargo de la supervisión de las obras de construcción, para lo cual, don Martín dependió del repartimiento de indios. De hecho, don Martín José Verdugo de la Rocha se puede considerar como el depositario del jardín de la familia de la Borda hacia 1792, un año después de la muerte de don Manuel de la Borda y, en realidad, es él quien se encargó de recibir las reliquias de los mártires romanos San Vicente y San Justino, que fueron regaladas a la familia de la Borda por el papa Clemente XIII, quizá en 1768, pero que, finalmente, las haría llegar a América el papa Pío IV en la última década del siglo XVIII (González, 2016, pp. 44, 47-48).

La formación de Manuel de la Borda configuró el jardín y, probablemente, en el diseño general de su proyecto estuvieron presentes las ideas que aprendió en la Real y Pontificia Universidad de México, a través de las investigaciones, por ejemplo, de don José Antonio Alzate y Ramírez, que integró en su conocimiento la botánica e impartía clases en esta institución (Cruz, 2011, p. 52).

El gozo que se procuró Manuel de la Borda de su obra en Cuernavaca fue efímero, pues, con la salud menguada, cambió su residencia, hacia 1784, a una casa en San Jacinto, al sur de la Ciudad de México, donde finalmente murió en diciembre de 1791. No sabemos si logró visitar Cuernavaca constantemente en ese período, pero sí estuvo al tanto de algunos asuntos importantes; por un lado, tuvo el proyecto del oratorio de San Felipe Neri y la parroquia de Guadalupe, que se construían bajo su cuenta y riesgo en esta ciudad, ambos proyectos íntimamente ligados a su casa y jardín. Por otro lado, en ese período, logró resolver, frente al recientemente nombrado rey de España, Carlos IV, la situación de sus dos herederos varones, a quienes su majestad otorgó, previo recibimiento de cuarenta mil pesos fuertes, la calidad de ser instruidos como herederos de la fortuna de Manuel, quitándoles toda mácula de ilegitimidad (Vargas. 1999, p. 43).

Ellos habían sido bautizados prácticamente al nacer como hijos de padres no conocidos, debido a la condición de Manuel y su ministerio (cfr. González, 2016, p. 40) y solo con el documento real pudo salvar este inconveniente. Esta suerte, al parecer, no alcanzó a su otra hija, llamada Manuelita (Vargas, 1999, p. 41), la cual es probable que se tratara de la esposa de Marcelo José de Anza, quien, junto con su familia, era minero en Zacatecas, todos cercanos a Manuel de la Borda; ambas familias, junto con la Compañía de Accionistas de Vetagrande, de la familia Fagoaga, hicieron reflorecer la minería zacatecana después de que, en 1773, se encontraran las minas semiabandonadas. Estos tres grupos de mineros concentraban un porcentaje enorme del total de la minería de la localidad, lo cual lograron con financiamiento y apoyos fiscales que obtuvieron tras presionar a las autoridades. Un año después de la muerte de Manuel de la Borda, hacia 1792, Zacatecas contaba con 103 minas funcionando, veintitrés más que en 1773 (Pérez, 2003, pp. 83-90).

Manuel de la Borda fue un hombre vinculado con la hegemonía ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII. Continuó vinculado directamente con la administración de las heredades mineras de su padre hasta su muerte; incluso su administrador, Ventura de Arteaga, y su apoderado, Bernabé Villa, estaban registrados, hacia 1792, como miembros de la Real Sociedad de los Amigos del País, institución vasca fundada hacia 1764 con fines ilustrados en el área de las ciencias y las bellas artes en primera instancia, pero cuya manifestación virreinal en Nueva España se orientó hacia las áreas intelectuales, las económicas de la agricultura y la minería, los asuntos mercantiles, el fisco y el ejército. Coincidentemente, en Cuernavaca, el alcalde mayor en ese momento, Domingo Vitórica y Otaola, era un vasco nacido en la provincia de Ávala (Torales, 2001, pp. 8, 222, 421). Eventualmente, este conoció bien a un personaje como Manuel de la Borda, cuyo peso económico y religioso era incuestionable en ese momento.

Manuel de la Borda siempre mantuvo relaciones fundamentales con sujetos de la clase hegemónica, como la familia Fagoaga, dueños de Vetagrande y la familia Anza, que eran mineros de Zacatecas. Incluso ya viviendo en San Jacinto con su salud menguada, decidió, en 1787, desocupar su casa de Zacatecas para dejársela al intendente de aquella ciudad, Felipe Cleere, y a su familia, quienes finalmente tomaron posesión de la misma. De hecho, el poder de la familia de la Borda en Zacatecas solo decreció varios años después de la muerte de Manuel, hacia 1794, cuando el grupo Apezechea ganó la concesión de dos grandes minas de los de la Borda: La Quebradilla y Cabras; la última ya la había vendido un año antes a la Compañía Vetagrande (Pérez, 2003, pp. 96-97, 172, 173-174).

La verdadera vocación de Manuel de la Borda era, quizá, impropia del sacerdocio, que se vio orientado a practicar por las “ataduras psicológico-religiosas” impuestas por su padre, quien tenía un carácter severo y al que, incluso, se le ha calificado de recalcitrante puritano y “enemigo de las diversiones frívolas” (Vargas, 1994, p. 43).

Su vocación era, quizá, más mundana y liberal. Manuel Joseph Ignacio Vicente de la Borda y Verdugo tenía cuarenta y siete años cuando tuvo a su primer hijo y cincuenta y tres cuando tuvo al segundo con María Matiana Velázquez, al parecer, originaria de Taxco. Supuestamente, ya había tenido con una mujer desconocida a su hija Manuela, quien se casó con Marcelo José de Anza, como hemos visto, y con quien, de alguna manera, aseguró su buena fortuna, pues este pertenecía a una familia minera de carácter hegemónico. José de la Borda incluso confió la administración de minas tan importantes como La Quebradilla a Marcelo de Anza, hasta 1769; aunque no podemos afirmar que José de la Borda tenía conocimiento de que Manuela era su nieta o que tuviera alguna relación con Marcelo José de Anza, pues desconocemos la edad de ella en ese momento. La cuestión es que, al parecer, existe una correlación fundamental entre el momento de la liberación de Manuel de la Borda de una vida apegada al sacerdocio y su cambio por una ligada a su familia y otras actividades, como la propia proyección y construcción del jardín, huerto y estanque en la casa de Cuernavaca, con todas las actividades dispendiosas y de ostentación que siguieron por cerca de un año hasta que se mudó a San Jacinto. A Cuernavaca, llegó Manuel con su familia seguramente en 1777, entre los nacimientos de sus dos hijos (1774 y 1780), mientras que la muerte de su severo padre acaeció en 1778 (cfr. Vargas, 1999, p. 40 y ss.).

Existe una versión de la suerte que tiene la casa de Cuernavaca de la familia de la Borda a la muerte de Manuel, más allá de la presencia de su sobrino Martín José Verdugo, del que se tiene noticia en el lugar al menos hasta 1792 y quien, quizá, estuvo a cargo de la casa hasta finales de la segunda década del siglo XIX. Se argumenta que José de la Borda tuvo una hija llamada Agustina Paz de la Borda, a quien se le adjudicó la propiedad de la casa de Cuernavaca hacia 1819. Agustina nació posteriormente a la temprana muerte de la esposa de don José, fruto de su único matrimonio que duró solamente siete años, de 1720 a 1727. Agustina Paz, al morir, heredó la casa a su hija María de Jesús de la Borda (Vargas, 1999, p. 33). Para que esto último tuviera sentido cronológico y considerando que don José de la Borda murió hacia 1778, Vargas Lugo (1999, p. 33) argumenta que debió concebirla alrededor de sus treinta años, pero quizá fue un poco después, pues esta hija natural no solo recibió la casa de Cuernavaca en 1819; existe una declaración, de 1824, 209 de un magistrado sobre la aclaración de que ella es hermana política de Manuel de la Borda y no su mujer, como se había registrado erróneamente ante un asunto minero en Zacatecas; quizá, ella estaba aún con vida para este caso.

Finalmente, sabemos que María de Jesús de la Borda vendió la propiedad a Anselmo Zurutuza hacia 1840 (Staples, 2004, p. 288). Este proceso es interesante porque, al parecer, la línea de descendientes de la familia de la Borda que no estaba ligada a los hijos legítimos, como Manuel de la Borda, fue la beneficiaria al final del proceso asignación de la herencia, pues a la nieta de José de la Borda le fue asignada una propiedad lejana al proceso productivo minero, como lo es la casa de Cuernavaca. Por el contrario, Manuel de la Borda no solo nombró albacea de sus bienes a su mujer, sino que logró reparar el defecto de ilegitimidad para poder heredar a sus hijos (Vargas, 1999, pp. 41-43), fundamentalmente, los espacios de producción minera.

Guillermo Prieto y Paradilla dio un paseo por Cuernavaca en 1845 e hizo declarar a su seudónimo, Fidel, su apreciación sobre las impresiones que le causó su visita al Jardín de Borda, en el tiempo en que el propio Anselmo Zurutuza era propietario del lugar. En estas indicó que, pese a su abandono, se ha repuesto este “lindísimo jardín” (Prieto, 1845, p. 116).

Zurutuza tenía destacada presencia en dos espacios en el partido de Cuernavaca. Por un lado, se hizo del otrora espacio de ornamentación y poder simbólico que fue el jardín para Manuel de la Borda, lo transformó para sus fines comerciales y, hacia 1841, colocó ahí su negocio de diligencias entre Cuernavaca y la Ciudad de México. Por otro lado, junto con otro socio arrendaba la hacienda azucarera de Atlacomulco, unos cinco kilómetros al sureste de la cabecera de Cuernavaca, habiendo negociado esto nada más que con don Lucas Alamán, a la guisa, agente del dueño de la hacienda, el duque de Monteleone, heredero de Hernán Cortés (Ruiz de Gordejuela, 2013; cfr. Erskin, 1843, p. 47 y ss.).

Zurutuza murió en 1852; pero resulta ampliamente probable que el espacio de la casa y jardín que perteneció a la familia de la Borda siguiera destinado al negocio de las diligencias y el hospedaje regularmente asociado a estas terminales de transporte.

Una banca junto a un árbol

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Un nuevo episodio se desarrolló dentro de las constantes pugnas imperialistas por el control de México por parte de las naciones europeas al haberse consumado el proceso independentista respecto de la Corona española. Fernando Maximiliano José de Habsburgo, segundo al trono del Imperio austrohúngaro, con tan solo doce años, observó a su hermano asumir tal cargo, con lo que se selló su destino dinástico. Esto lo llevó a aceptar, el 10 de abril de 1864, el nombramiento de Maximiliano I del Segundo Imperio mexicano, el cual, tras una larga reflexión, terminó por ajustarse en torno a su Estatuto Provisional del Imperio Mexicano, publicado el 10 de abril de 1865. En este periodo —de escasos tres años, casi justos, de 1864 a 1867—, junto con la emperatriz Carlota de Habsburgo, Maximiliano lideró el poder político a contrapelo frente al gobierno en funciones parciales de Benito Juárez (cfr. Zamora, 2012, pp. 1-17, 93-105). En ese entonces, la pareja imperial estuvo involucrada con la ciudad de Cuernavaca de manera relevante y con el Jardín de Borda de manera muy particular.

A finales de 1865, la pareja pisó por primera vez Cuernavaca. Sobre la elección de Maximiliano del Jardín de Borda como un espacio para vivir por “primera vez una verdadera vida tropical” (González, 2016, p. 62), comenta su secretario, José Luis Blasio, que “Vístola el Emperador… quedó prendado verdaderamente de esta finca tan hermosa, que con sus inmensos jardines, sus amplios departamentos y sus estanques es todavía una verdadera mansión imperial” (Blasio, 1905, pp. 8, 11-12). La decisión sobre la adquisición de la casa y jardín de la Borda o, incluso, el propio Palacio de Cortés en Cuernavaca fue un proceso que implicó actividades de gestión y adecuación, al parecer, en ambos inmuebles (cfr. Drewes, 2000); finalmente, se optó por la renta del primero.

A Juan de Dios Peza le fue conferida, a principios de diciembre de 1865, la posible compra de la casa y jardín que perteneció a la familia de la Borda. Casimiro Collado advirtió a Peza que los actuales dueños de la propiedad intentaban vender muy caro el lugar. De lo anterior, podemos entender que, después de la muerte de Zurutuza en 1852, fue Collado quien compró la propiedad alrededor de 1855, quizá a los herederos de don Anselmo, los cuales aún cumplían con las actividades del negocio de diligencias en el lugar, transacción que alcanzó la suma de diez mil pesos. Tiempo después, la compró don Agustín Cruz Manjarrez, a quien finalmente le fue arrebatada por sus acreedores en venta judicial hacia 1859: solamente habría alcanzado conseguir la cantidad de cuatro mil pesos por la casa y tres mil por el jardín.

Al parecer, uno de los acreedores era la señora Torres de Carmona, quien la rentó a los emperadores y su corte (Barreto, 2007, pp. 12-13). La adecuación de la propiedad que rentaba Torres de Carmona fue concebida, quizá de manera preponderante, por el arquitecto Carl Gangolf Kaiser, de la corte del emperador Maximiliano, quien fue designado desde 1864 para participar en el diseño, ejecución y administración de las adecuaciones para los palacios imperiales en la Ciudad de México —como el de Chapultepec— y, ahora bien sabemos, para el propio Palacio de Cortés —al que este arquitecto designó como un castillo— y, claro está, para la Casa Borda de Cuernavaca (Drewes, 2000).

Imagen que contiene edificio, exterior, agua, parado

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Al concluir las adecuaciones iniciales, el propio emperador escribió estas líneas en una carta enviada a la baronesa de Binzer:

En este feliz valle, pocas horas alejado de la capital, vivimos en medio de un jardín frondoso en una apacible quinta sin pretensiones. El jardín de viejo estilo está atravesado por magníficas enramadas oscuras cubiertas de rosas en té siempre en flor. Innumerables fuentes, bajo las espesas copas de los naranjos y de los mangos seculares, refrescan el ambiente. Sobre la terraza que corre a lo largo de nuestros cuartos y que cubre el mirador, están nuestras cómodas hamacas y mientras pintados pajarillos nos cantan canciones, nos mecemos en nuestros sueños. (González, 2016, pp. 61-62)

Al espacio ganado en Cuernavaca se agregó otro proyecto que quedó frustrado: la construcción de la finca Olindo en el pueblo de San Miguel Acapantzingo, proyectado por el arquitecto Julius Hoffman, lo ejecutó y supervisó Wilhelm Knechtel. Derivado de su informe sobre los avances de los tres proyectos en la ciudad ―la finca Olindo, el inmueble Miravalle (Palacio de Cortés) y la Casa Borda―, podemos entender que hasta mayo de 1866, antes de las lluvias, avanzaban aún las obras en los tres casos, y ninguno se pudo finalizar completamente. De hecho, Carlota parte a Europa a pedir ayuda para el Imperio mexicano cuando aún no se ha finalizado la casa de Olindo. Seguramente, las mediciones y cálculos, así como cualquier otra estrategia para rehabilitar el Palacio de Cortés, se habían detenido 211 e, incluso, aún se trabaja en empedrar la calle frente a la Casa Borda en agosto de 1866, mes en que Maximiliano pisó por última vez Cuernavaca antes de partir a la Ciudad de México el 6 de septiembre de ese año. Pocos días después, la casa quedó deshabitada y se entregaron las llaves al prefecto de la misma; es probable que los pagos de la renta hubieran cesado para entonces (Knechtel, 2012, pp. 161-183).

Posteriormente, el Jardín Borda fue abandonado. El poco mobiliario que la corte del Imperio pudo haber dejado fue saqueado, quizá por los propios acreedores de don Agustín Cruz. Después de esto, no tenemos noticias precisas de sus dueños y destino general, más que se convirtió en sitio para la parafernalia y la lisonja de la hegemonía política nacional. Ahí, por ejemplo, sabemos que el general Francisco Leyva, durante su segundo período como gobernador del recién nombrado estado de Morelos, decidió brindarle al presidente Sebastián Lerdo de Tejada un banquete en febrero de 1874. Con motivo de la inauguración del ferrocarril entre México y Cuernavaca en diciembre de 1897, el presidente Porfirio Díaz fue convidado a una comida en el Jardín de Borda, después de una apoteósica bienvenida seguramente organizada por la clase política local al mando del gobernador Manuel Alarcón (López, 1994, p. 57-58).

En los albores del siglo XX, el licenciado Francisco Rodríguez compró el inmueble, en remate por parte del gobierno federal, lo cual significa que los acreedores fueron compensados de alguna manera por el gobierno a cambio de la propiedad o que existió algún tipo de extinción de dominio sobre la misma. El caso es que el licenciado Rodríguez murió en 1909 y heredó la propiedad a su esposa e hijas, estas últimas de nombre Elisa y María Eugenia Rodríguez. Ellas alquilaron el espacio, de 1910 a 1914, a un pastor protestante de apellido Woods, quien, con su esposa, decidió colocar una tienda de artesanías en la casa principal. Es en este contexto que el espacio se utilizó para una recepción organizada por el gobernador Carreón, un banquete ofrecido a Madero en 1911 y al que fue invitado Zapata (Brunk, 1995, p. 42; López, 1994, p. 58). El mismo Zapata, durante su estancia en Cuernavaca, realizó banquetes entre 1915 y 1916. (cfr. Martínez, 2011, p. 63).

Alberca con agua

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De 1930 a 1946, María Eugenia Rodríguez alquiló el lugar, que fue utilizado como hotel por diversos actores durante ese periodo. Posteriormente, en 1950, vendió la propiedad en tres millones de pesos al empresario Elmer Ray Jones, quien pretendía demoler el edificio para colocar ahí una gran edificación hotelera. Esto fue impedido por actores locales, de hecho, catorce años después, en 1964, a tres años de la muerte de Ray Jones, el ayuntamiento de Cuernavaca, presidido por Valentín López González, logró un acuerdo con los herederos para evitar que se perdieran los jardines y finalmente, en enero de 1971, compró la propiedad. El predio de 27 677 metros cuadrados fue catastralmente valuado en 1 200 000 pesos. En dicho espacio, ya se localizaban una serie de instancias gubernamentales locales; pero, finalmente, se le asignó a la Secretaría de Turismo sin un buen fin inmediato (López, 1994, pp. 58-59). En la década de 1970, ya en manos del sector gubernamental turístico, se permitió la instalación de un discoteca llamada Mamá Carlota.

Durante el sexenio del gobernador Lauro Ortega, se decidió intervenir el Jardín de Borda y resolvió que fuera el ingeniero Jesús Sánchez quien realizara el trabajo. Este ingeniero es aún conocido en Cuernavaca por la ejecución de proyectos inmobiliarios que llegaron a denominarse casas estilo Cuernavaca o casas estilo Jesús Sánchez, las cuales son una interpretación de un estilo neovirreinal con uso de materiales industriales mezclados con algunos tradicionales regionales. De esa intervención, no nos queda ni memoria escrita ni fotografía alguna, a pesar de haberse realizado entre 1984 y 1987, tiempo en que el edificio fue desincorporado de la Secretaría de Turismo y pasó a ser gestionado directamente por el gobierno del estado (López, 1994, p. 59), de manera que habría sido ampliamente factible realizar una bitácora de la obra. Durante esta intervención, se tomaron medidas que no se apegaron a las cartas del restauro internacionales.

Posteriormente, durante el gobierno de Antonio Riva Palacio, se comisionó a la arquitecta restauradora Eulalia Silva de Becerril la ejecución de un proyecto que duró cerca de un año y medio en la llamada, desde entonces, Sala Juárez. De dicha intervención, solamente contamos con un conjunto de alrededor de setenta fotografías en blanco y negro, aunque sí se realizó un informe completo que ahora se encuentra perdido.

El proyecto arquitectónico de Manuel de la Borda estuvo dedicado al placer privado: limitado, con gruesos muros, el interior de un mundo ajeno a la comunidad y, sin embargo, también levantó sendos miradores que permitían la observación de la vecindad. La historia escrita nos dejó con claridad el tipo de actividades a las que se destinó el espacio. Aunque se hubiera destinado un huerto para la propagación, necesario en todo jardín de estas dimensiones, no hay prueba escrita de que funcionara como centro de investigación botánico, es decir, no fue un jardín botánico. De hecho, las actividades claras que realizó su creador —durante el poco tiempo que pudo— estuvieron declaradamente dedicadas al recreo y al vínculo con la hegemonía política y religiosa que pasó por el lugar.

Conoce el tradicional Jardín Borda en Cuernavaca Morelos | Experiencias

La historia de este inmueble (el cual llegó prácticamente completo hasta nuestros días) después de la muerte de Manuel de la Borda no podría ser ajena a los múltiples momentos de asociación a grupos hegemónicos que eran, quizá, los únicos que pudieron otorgarle unidad y evitar su total ruina y que, en la mayoría de los momentos, lo convirtieron prácticamente en una mercancía: hostal, estación de diligencias, hotel, restaurante, discoteca. Por otro lado, cuando estuvo en manos del poder político, se hizo sede de instituciones gubernamentales, incluyendo el despacho intermitente del Segundo Imperio mexicano. Al llegar el capitalismo como formación social consolidada para el Estado nacional mexicano, solo la sensibilidad de los morelenses lo salvó de sufrir la misma suerte que decenas de edificios históricos del centro de nuestra ciudad, cuando se evitó que Elmer Ray Jones lo convirtiera en un hotel moderno.

Al alcance de la comunidad cuernavacense ahora, la casa y el jardín siguen siendo ventanas al pasado que conviven con nosotros y nos enseñan a situarnos en la historia local y en procesos sociales que no le son ajenos a ningún grupo humano.

*El texto fue publicado en el libro Primavera Eterna. De historia y Crónica de Cuernavaca. Coordinado por Lourdes Bejarano Almada y editado por Carlos Barreto Zamudio. Impreso por el Ayuntamiento de Cuernavaca.

La Jornada Morelos