Se llama Ibiza y no es la isla de las baleares que está en el Mediterráneo a 282 kilómetros de la ciudad de Barcelona, donde la conocen como Eivissa porque los catalanes hablan y escriben en catalán. En Tepoztlán la conocen como Ibi porque los tepoztecos se quedan atónitos cuando les dice su nombre de isla, en cambio los tepostizos como Pascal -que no solo es extranjero sino vivió en Ibiza-, le dice Ibiza como si fuera un mantra que le regresa sus años de juventud.

– A mis 82 años, me dice Pascal, me he vuelto a enamorar.

Pascal es un colega francés que conocí hace media vida en la ciudad de Puebla cuando él estaba enamorado de una joven cantante que parecía gitana por el color de la piel, el garbo de su cuerpo y la intensidad de su canto. Hace unos meses lo hallé de casualidad en un café de la calle Revolución de Tepoztlán, escribiendo una carta tras otra para Ibiza, es decir, garabateando hojas en blanco que enseguida arrancaba del cuaderno para comenzar otra. Cómo tenía al menos una década de no verlo me detuve un momento para asegurarme que era él y en el lapso de 67 segundos exactos conté 15 borradores arrugados y tirados en la mesa donde se enfriaba su café (1).

– ¡Carájo, Fernando, ¿eres tú?

Era yo. Y era él. Y así me convertí en parte de un ménage a trois literario porque Pascal jamás le confesó su amor a Ibiza y yo sólo fui el escucha de la pasión singular de un hombre mayor por una mujer 40 años menor que él. Esa media mañana en el café de Tepoztlán Pascal me tuvo tomando café 77 minutos exactos (2), y como aquello apenas comenzaba le pregunté de pronto si traía euros, me dijo que sí y lo llevé jalando a un comidero costeño, tan extraño en Tepoztlán (donde privilegian el menú prehispánico y todo lo que se prepara con esa fruta sagrada de la meseta mexicana; la mazorca), al que me llevó Rodolfo Obregón. Ahí pasamos entre cinco y seis horas hablando de Ibiza con la que yo ya me había identificado plenamente porque ahora tomábamos mezcal con cerveza pacífico, que es de la costa norte de México.

Habría que escribir un tratado sobre la forma que un viejo se enamora ya no de una ninfa sino de una mujer de 43 años con cuatro hijos y un estar en el mundo que dejó a Pascal sin otra posibilidad que prolongar su estancia en Tepoztlán indefinidamente. Como Ibiza se encarga de una bodega de comestibles en las afueras de Tepoztlán, Pascal cruzó casi a diario el pueblo desde el extremo opuesto que es la llegada de México y Cuernavaca, y lo que sería un simple gesto de amor en otro pueblo, en Tepoztlán es un acto heroico porque todas las calles del centro están empedradas – lo que hace feliz a las mulas pero no a los autos -, y las que no tienen piedra están en un estado tan lamentable como el mandato del presidente saliente, el ciudadano David Demesa Barragán.

En suma, Pascal sintió un sobresalto interior la primera vez que vio a Ibiza

en el fondo de la bodega y le costó un esfuerzo mayor pedirle 150 gramos de tocino. Cuenta mi amigo que se tardó una semana en preguntarle su nombre a la mujer que lo había dejado soñando con ella pero en el día porque en la noche veía un poco de porno para dormir a pierna suelta luego de haber soltado el estrés que le causaba haberse enamorado a primera vista. Como buen francés Pascal era una mescla de romanticismo y raciocinio, del poeta y el “pienso luego existo”. Sabía perfectamente que enamorarse de Ibiza sería el mayor error de su vida por la diferencia de edades, pero cuando se atrevió a preguntarle su nombre, y escuchó: Ibiza, algo en él se entregó a ella como esos pecadores de la edad media que luego de un mes de juerga veían a Dios en la cruda.

Rescato la parte medular de las reflexiones de Pascal sobre la edad y el amor a destiempo porque las comparto, y sólo entrecomillo aquellas que recuerdo literalmente. Primero: “viejos los cerros”, decía Pascal arrastrando las erres. A mis 82 años ya no tengo la ansiedad sexual de comerme a Ibiza pero me pasa algo peor, estoy lleno de sensualidad por ella. La miro mientras atiende a los de la coca cola o yendo de aquí para allá y solo con verla tengo ganas de sacarla de trabajar ponerle casa y darle mil euros mensuales. ¿Para qué? Por mi edad no me interesa ser su esposo, su novio, su amante, su detalle, no. Ya pasé por todos esos estados y paso.

CÓMO AMAR A UNA MUJER SIN DESTRUIRLA

Hay tres Tepoztlanes en Tepoztlán: El de los tepoztecos, el de los turistas y el de los tepostizos, la gente que como Pascal y como yo llegamos aquí literalmente por obra del destino. El primer Tepoztlán es notoriamente tepozteco y aquí se hincan los que no están de acuerdo, salvo los turistas, porque vivimos de ellos. Pragmatismo racial. Tratándose de Ibiza, que evoca a Barcelona en donde los habitantes de la ciudad apedrean a los turistas, aquí los aman hasta el punto de convertir las calles en cantinas. De ahí que los tepostizos como Pascal solo bajen al centro entre semana, o como mi amigo Rodolfo que en un año de venir a ver a sus amores a Tepoz sólo bajó al centro una vez en 12 meses.

Los martes yo veía a Pascal en un comedero costeño para escucharlo decir que Ibiza le infundía algo que un viejo atesora como un don divino: el deseo, que para un viejo es un premio y un castigo, porque socialmente los viejos que aún tienen inhiesto el miembro todo el día son despreciables. Unos sátiros, en el caso de que alguien haya leído a los griegos. Unos perversos para la moral dominante. Por eso no se atrevió Pascal a confesarle su deseo a Ibiza cuando pudo ser el amor preciso para ambos porque Pascal habría recibido las mieles de Ibiza y ella habría dejado de trabajar siete días a la semana ocho horas diarias sin hora de comida y sin los asientos de reposo que exige la nueva ley laboral.

– Pascal, le dije, no te vayas sin decirle a Ibiza que es el gran amor de tu vida porque será el último.

Pascal se fue atormentado no por Ibiza que lo hizo feliz con solo verla e imaginarla suya sino porque él había destrozado en su larga vida a varias mujeres con toda esa carga de ser hombre que nos heredó el machismo de nuestros ancestros. Su gran gesto amoroso fue renunciar al último gran deseo de su vida para no lastimar a su objeto del deseo.

Pascal nunca me describió a Ibiza voluptuosamente, solo me dijo que era una mujer hermosa, ligera, misteriosa, que había sufrido en la vida pero se había sobrepuesto a su pesar aunque con cierta melancolía, ese velo del sentimiento que deja ver la parte del dolor de vivir que no ha sanado del todo. Me dijo Pascal que el rostro y la mirada de Ibiza le entraron directamente al núcleo del ser que no está en el corazón ni en el hígado ni en el cerebro sino en la percepción del otro como un todo, en esa corriente hormonal que hace que un ser quiera devorar al otro con solo mirarlo a los ojos. Por eso cuando me dijo en su abrazo de despedida, socarronamente:

– Fernando, ¿quieres conocer a Ibiza?

– Respondí: Ni loco.

  1. El celular tiene a veces usos muy prácticos.
  2. De nuevo el móvil.
Fernando de Ita