Bienvenidos a un número más de Una-O-Varias

En un mundo atravesado por múltiples crisis, las miradas feministas emergen como prismas capaces de leer, nombrar y resistir lo que sucede simultáneamente en todas partes.

No hay una sola voz ni un solo relato: hay una constelación de perspectivas que, desde el desacuerdo y la diversidad, nos permiten comprender las violencias, pero también imaginar otras formas de existencia.

Frente al avance de regímenes autoritarios y decisiones políticas que atentan contra los derechos humanos fundamentales —como las recientes medidas regresivas en Argentina o Estados Unidos—, levantamos una declaratoria clara: no aceptamos retrocesos. Nos posicionamos desde el compromiso inquebrantable con la dignidad, la igualdad y la justicia social.

En este número, las voces que nos acompañan tejen un mapa de resistencias y reflexiones. En «Nasty», Frida Gaytán desmonta el uso despectivo de este término por parte de Donald Trump contra la obispa Mariann Edgar Budde, para evidenciar cómo el autoritarismo teme a la dignidad y la ternura radical.

Yunuen Díaz, en «Ecofeminismos y prácticas artísticas desde el estómago», nos invita a pensar la cocina como un acto político, donde el alimento conecta el pensamiento con el territorio y la resistencia cotidiana.

«La separación de las que se aman» nos conduce por un viaje simbólico hacia la autonomía, cuestionando los mandatos patriarcales sobre la maternidad y la individuación.

Mientras que la pieza poética visual de Marissa Delmar Marín, «¡Con el género no se juega!», confronta los discursos de odio contra la diversidad sexual que persisten en contextos conservadores.

Cada texto es un gesto de insubordinación, un acto de memoria y un llamado a la acción. Porque no estamos solas, porque pensar Una-O-Varias, juntas también es una forma de lucha

!CON EL GÉNERO NO SE JUEGA! • MARISSA DEL MAR MARÍN

Nasty

Frida Gaytán

Existen palabras en inglés cuya traducción se complica porque dependen del contexto en el que son mencionadas. NASTY es una palabra que tiene varios significados que no se alejan mucho entre sí, puede significar desagradable, grosera, insultante, cruel, peligrosa, violenta, ofensiva, asquerosa, vulgar, brutal. En fin, ninguna acepción es halagadora y me importa porque esa es la palabra que Donald Trump usó para referirse al tono del discurso de la Obispa Mariann Edgar Budde en el servicio religioso que se ofició por la toma de posesión de la presidencia, en la Catedral Nacional de Washington.

Al terminar la ceremonia, Trump declaró que el discurso de la obispa había sido aburrido, inapropiado y la mostraba como una izquierdista radical hater de Trump de línea dura, que Budde y su iglesia debían disculparse con el público.

Porque para Trump, sus seguidores y quienes habitan Estados Unidos no son pueblo ni ciudadanía, son público, audiencia para su reality show político que le dará mayores o menores ganancias según el rating semanal.

Mariann Budd es la primera mujer al frente de la Iglesia Episcopal de Estados Unidos, así que sus palabras todas, su discurso está basado en la biblia y las enseñanzas de Jesucristo, palabras que ofenden y contradicen el discurso fascista de Trump, sus aliados nacionales, los internacionales y algunos de sus opositores comerciales.

Mariann Budd dijo que rezaba por la unidad que sirva al bien común (nasty, ofensiva); que no es ingenua y que esta unidad no es fácil pero es necesaria para mantener la dignidad y la igualdad en su país (nasty, grosera); que el desprecio es una forma peligrosa para dirigir un país (nasty, insultante); que hace falta dignidad, honestidad y humildad para construir una nación (nasty, vulgar, violenta). Finalmente pidió misericordia para aquellas personas que se sienten amenazadas por sus acciones, por las familias y las infancias gays, lesbianas, transexuales, por las familias migrantes sin documentos que son buenas vecinas y pagan impuestos, por los refugiados que huyen de las zonas de guerra (nasty, cruel, brutal, asquerosa y peligrosa).

El desprecio de Trump hacia las palabras de Budd reflejan la postura fascista, sin cortapisas ni disimulos, de este nuevo régimen que se posiciona en la cabeza del imperio y se fortalece en los gobiernos de ultraderecha que se esparcen por el mundo. Milei, Netanyahu, Bukele, Ortega, el mismo Putin, se muestran desacomplejadamente machistas, misóginos, racistas, homofóbicos, clasistas, fascistas, pues. Todos tienen grandes razones para su ser y hacer depredador, por eso, el discurso de una mujer sobre el afecto, la dignidad, solidaridad, humanidad, les ofenden profundamente.

Frente a este embate de ejecución de la crueldad y la injusticia, tenemos las muestras de que existen otras maneras de ser y hacer política en el mundo, desde el affidamento y el reconocimiento de la diversidad de personas. Apostamos a Claudia, nuestra Claudia, a Xiomara, Lula, Petro pero la historia nos ha enseñado -una y otra vez- que el fascismo no se derrota en las urnas, hay que enfrentarlo entre todas, continuar haciendo lo que hacemos hace tanto, evidenciar cualquier forma de dominación, recuperar el discurso que nos arrebatan y articularnos cada vez más, de manera urgente, desde la ternura radical, la historia compartida, las utopías transformadoras y el amor a la tierra.

Ecofeminismos y prácticas artísticas desde el estómago

Yunuen Díaz

Silvia Rivera Cusicanqui es una pensadora que ama la cocina. Para ella la comida despierta el pensamiento y forma parte fundamental de la concepción del mundo. Aunque el racionalismo de Descartes proponía: “Pienso, luego existo”, las pensadoras contemporáneas feministas comprenden que no hay pensamiento sin una corporalidad y esta necesita de alimento para mantener y animar la vida. Sin embargo, la alimentación, al ser una actividad ligada a los sentidos, y por haber sido encargada a las mujeres como rol de género, no ha recibido la suficiente atención hasta hace poco tiempo.

Fue apenas a finales del siglo XX cuando comenzaron a desarrollarse los Estudios Feministas sobre la comida. A través de ellos se ha reflexionado sobre los imaginarios, prácticas sociales, problemáticas económicas, ambientales y expectativas de género que confluyen en las prácticas alimentarias. Ejemplo de ello sería el libro “A Tortilla Is Like Life” donde Carole Counihan documenta la vida de mujeres mexicanas establecidas en Estados Unidos quienes a través de preparar conservas de alimentos, cocinar y alimentar a familiares, amigos y vecinos, contribuyen a la manutención económica, social y anímica de sus comunidades; enseñando con su actuar cotidiano, prácticas como la generosidad. Algo muy necesario en un entorno hostil para las comunidades migrantes.

La comida es un tema central para los ecofeminismos pues estos se centran en la valoración de todas aquellas prácticas de cuidado designadas a las mujeres que sostienen el día a día.

La vida hiperproductiva del capitalismo global obliga a las personas a comer de manera apresurada comidas ultraprocesadas que no nutren y alteran nuestra salud, además de dañar la biodiversidad. En la cultura capitalista la alimentación es vista de manera utilitaria, valorada únicamente por sus contenidos calóricos, la comida es expulsada de su relación con el entorno, las comunidades que la producen y las manos de las cocineras que la preparan.

Para Maristella Svampa, una de las principales luchas ecoterritoriales (como prefiere nombrar a los ecofeminismos latinoamericanos desarrollados contra los extractivismos), se centra en la defensa de la soberanía alimentaria, pues ella constituye la defensa del autosustento para muchas comunidades. Por otro lado, la defensa de la comida local es importante porque impulsa una cultura ligada al territorio donde se cuidan las relaciones ecosistémicas.

Frente a este panorama muchas trabajadoras del arte han puesto a la comida como eje poético, creativo y pedagógico de su trabajo, buscando con ello expandir nuestros imaginarios y politizar nuestras prácticas alimentarias. En México, la artista y curadora Dea López, concibió para el Museo de Arte de Zapopan la exposición: “La escuela del fogón”, un horno y un archivo de movimientos sociales que han nutrido su política a través de organizar cocinas comunitarias. Se puede citar como ejemplo de ello las cocinas comunitarias en el levantamiento de Cherán o los panaderos anarquistas en Argentina, documentadas en la exposición.

Por otro lado, la colectiva Amasijo trabaja desde 2019 con campesinas y cocineras en la preservación de los alimentos y las culturas alimentarias locales. Organizando mercados, cocinas colectivas, mapeos e intervenciones, retoman a la cocina como espacio de colectividad, saberes y resistencia.

Pienso también en el trabajo de Guadalupe Aguilar quien en la pieza: “El pan nuestro”, construyó un horno de barro en el patio del Museo de Arte de Mazatlán y lo activó en sesiones de preparación y horneado de pan, acompañadas por la poesía de Ernestina Yepiz y el intercambio de saberes, experiencias y sabores de las participantes. Una experiencia sensible donde, como dice Cusicanqui: poesía y ciencia se vinculan al cocinar.

Por mi parte he trabajado con proyectos como la exposición y el libro “Barro y Arroz: tierra, cocina y resistencia”, el cual nació al darme cuenta de que el arroz etiquetado con la palabra Morelos, no es de la región de Morelos sino de Estados Unidos. Eso me llevó a buscar a los productores locales y a pensar en cómo religar el estómago con el territorio. También he trabajado en la identificación de amarantáceas ruderales, nombradas como bledos por los conquistadores durante la época colonial para degradar sus usos alimentarios en la dieta prehispánica; igualmente, he impartido talleres de creación literaria en torno a las poéticas de la comida y el territorio. Actualmente trabajo en la recuperación de la chía en Chíamilpan, un poblado donde se cultivaba esta semilla durante la época prehispánica.

Estos son sólo algunos ejemplos de la labor que se está desarrollando desde la alimentación y las artes. Aunque conozco muchos otros proyectos, el espacio no me alcanza aquí para nombrarlos; sin embargo, me encuentro desarrollando un mapeo de prácticas artísticas alimentarias en América Latina. Creo firmemente que necesitamos revoluciones caldosas, pensamientos sabrosos y futuros suculentos. Si tu obra trabaja con estos temas, comunícate conmigo al correo: yunuen.diaz@uaem.mx.

La separación de las que se aman

¨Yo he optado por sustituir el apego infantil a la madre por el saber-amarla y considerar la lengua aprendida de ella como la forma primera (arquetípica) de este saber.¨ Luisa Muraro.

Xochiquetzal Salazar

La creación de un mundo propio debe producirse.

Un corte, un punto y aparte, un distanciamiento. Una deviene autónoma. Pero una se individua para tejerse en la colectividad. En dicho proceso hay un claro ¨pasaje¨ de la simbiosis materna a otro estado del ser. Y siempre hay reminiscencias de ese lugar materno, al que volvemos cíclicamente (o compulsivamente), al que como Alicia o Coraline, entre más te alejas, más cerca estás. El lado representado como siniestro de lo materno, una fuerza centrípeta, un hoyo negro, Madre-imán. ¿No es acaso la tumba, el cofre, la mar o la tierra el abrazo mortífero de la Gran Madre? Nuestras madres encarnan la potencia que las desborda, pero no hay un reconocimiento genuino, ni lugares sociales que le otorguen legitimidad (ni en la ciencia, ni en las religiones hegemónicas, ni en el orden social). Hay que transitar un desgarramiento para la autopoyesis, para encarnar la individuación, el encuentro con los límites yoicos, para experimentar su integración (para después poder ritualizar su disolución). Vivir la consciencia de la finitud.

Cuerpo materno, hogar, refugio del caos. La separación está labrada por palabras, la Lengua produce los límites de la piel. Transcurre la infancia en el conflicto producido entre la función paterna y la materna, y prima el Orden Paterno/Patriarcal. La herida se produce por la Ley Paterna. Así, accedemos a este mundo – y su principio de realidad-, que es un mundo misógino, de individuos rotos. (¿Cómo serían otros mundos?, mejor dicho: ¿cómo estamos produciendo otros mundos desde otros registros simbólicos antipatriarcales?). Junto con Muraro, pienso que hay que cuestionar la narrativa psicológica de la oposición rígida entre dependencia y autonomía, no un desgarramiento trágico en donde la devaluación materna es el imperativo. Hay que desprenderse y reencontrarse con la Madre, no para acceder al orden fálico, que sostiene/reproduce la cultura misógina, sino para crear otro orden social en donde el mandato de la masculinidad no sea la violación ni el feminicidio.

Creemos otra mitología descolonizadora de Coatlicue/Coyolxauhqui, rearticulemos la fragmentación. Que la separación de Core (que se convierte en Perséfone) y Démeter no sea causada por un rapto y una violación, que no sea el engaño la razón de su estancia en el inframundo. Que muera y renazca la tierra sin ser mancillada. Que nuestras hijas no nos sean arrebatadas, que emprendan el descenso porque les da la gana, porque lo desean.

Muraro, entre otras feministas de la diferencia, encuentran la salida del laberinto, en dar traducción social a la potencia materna, es decir, en el reconocimiento de la madre como autoridad simbólica.

Para descubrir la necesidad simbólica de la madre, parafraseando a Muraro, hay que escuchar la enormidad de nuestros deseos y de nuestros miedos, que irrumpa el desequilibrio y la desproporción (para volver al equilibrio). No lo podemos hacer fragmentadas, lo estamos haciendo urdidas a otras, desestabilicemos la falocracia en colectivo, soñemos y materialicemos ese nuevo orden entre todas. Ahí está la travesía.

Feliz viaje hija.

La Jornada Morelos