Editorial

En la Secretaría de las Mujeres Morelos sabemos que la palabra es también territorio de transformación. Cada historia, cada experiencia nombrada, abre una grieta en las estructuras que intentan limitarnos. Por eso este suplemento reúne tres voces poderosas que, desde la memoria, la identidad y la imaginación, nos invitan a mirar de frente lo que a menudo se quiere silenciar.

En “La ficción del olvido”, Bromelia Hernández desmonta con ironía el mito romántico que promete borrar las heridas. Recordar, nos dice, es un acto de soberanía: elegir qué memorias nos habitan para dejar de repetir los guiones que el patriarcado dicta sobre el amor y la pérdida.

En “Visibilidad Bisexual”, Pamela Alvarado comparte su experiencia como madre y mujer bisexuala, recordándonos que nombrarse no es solo un asunto personal, sino un gesto político que abre camino para que las nuevas generaciones crezcan libres, seguras y orgullosas de su identidad.

Y en “El mal de Mademoiselle X”, Denisse B. Castañeda nos conduce a un territorio inquietante, donde el cuerpo y la mente desafían las fronteras de lo posible. Su relato nos recuerda que incluso en la oscuridad se gestan resistencias y nuevas formas de existir.

Tres autoras, tres miradas que dialogan entre sí: la memoria que se niega a borrarse, el amor que no cabe en un solo molde, la vida que insiste aun en medio de la noche. Desde la Secretaría de las Mujeres celebramos estas narrativas como parte de una misma apuesta: construir un Morelos donde todas, todes y todos podamos habitar la diversidad, la dignidad y la libertad.

La ficción del olvido

Nos vendieron el olvido como si fuera una oficina de gobierno: un lugar con ventanilla única donde una se forma, llena un formulario y—¡zas!—sello de “superado”. Como si hubiera un archivo universal donde se depositan los restos del amor romántico, ese Frankenstein cultural que promete plenitud pero entrega ansiedad, dependencias y playlists lloronas. “Tiempo al tiempo”, dicen las tías, como si el tiempo fuera un detergente mágico que borra manchas de cariño mal invertido.

El problema es que el olvido no es un lugar. No hay coordenadas, ni GPS, ni ritual infalible. Lo que existe es el marketing emocional que nos hace creer que, después de la tragedia amorosa, hay una tierra prometida llamada ya no me importa. Spoiler: es un espejismo. Una se despierta, lava los platos, paga la renta y—oh sorpresa—la memoria sigue ahí, reclamando su espacio como una notificación que no se puede silenciar.

El amor romántico, en cambio, sí tiene geografía: se mete en las canciones, en las películas, en las conversaciones de sobremesa. Nos educaron para creer que amar es perder la autonomía y que olvidar es “sanar”, como si el objetivo fuera borrar, no entender. El patriarcado aplaude: una mujer que olvida rápido es una mujer que vuelve a estar “disponible”. Una mujer que recuerda, que nombra, que analiza, resulta peligrosa.

Porque recordar, en su definición más exacta, no es solo traer imágenes al presente; es volver a pasar por el corazón—re-cordis. Cada recuerdo es una relectura, una versión actualizada de lo que fuimos. Recordar no es quedarse atrapada, es atreverse a mirar lo vivido con ojos nuevos, incluso cuando duele. Es un acto de soberanía: yo decido qué memorias me habitan, yo elijo qué aprendizajes se quedan, yo controlo la narrativa de lo que fui y lo que dejo de ser.

Olvidar, en cambio, nos lo venden como higiene emocional: limpia, barre, tira, como si las vivencias fueran basura. Pero la memoria no es un clóset que se desocupa en la primavera. Y, aunque el capitalismo del bienestar te ofrezca retiros espirituales o aplicaciones para “soltar”, lo cierto es que ninguna respiración guiada puede borrar lo que te hizo quien eres. Y eso es bueno. La memoria, bien trabajada, es aliada; no enemiga.

Recordar también es profundamente feminista. Es negarse a la amnesia colectiva que sostiene los mitos del amor romántico. Es mirar de frente los abusos normalizados, las renuncias disfrazadas de “compromiso”, los silencios que nos enseñaron a tragar para no incomodar. Recordar es gritar que sí pasó, que no fue un mal sueño, que hubo gaslighting, que hubo violencia, que hubo también risas y pequeñas victorias que nos rescataron de la sumisión. Recordar es escribir nuestra propia versión de la historia, sin esperar permiso ni perdón.

Tal vez el verdadero triunfo no sea olvidar a quien nos rompió, sino desmontar la ficción que nos prometió que solo en pareja tendríamos final feliz. Tal vez se trata de quedarnos en el territorio incómodo de la memoria, donde el amor no se disfraza de sacrificio y la pérdida no necesita Photoshop. Porque al final, el olvido no libera: lo que libera es la conciencia. Y esa, cuando se nombra y se defiende, no tiene fecha de caducidad.

Así que, si el mundo insiste en invitarte a ese parque temático llamado “superar”, tal vez la mejor rebeldía sea quedarte aquí, entre los restos de lo vivido, recordando con toda la insolencia posible. Recordar no es romanticismo ni castigo: es la certeza de que nadie más escribirá nuestra historia. Y eso, para quienes nos enseñaron a callar, es la verdadera revolución.

Los celos surgen del temor que se tiene a perder aquello que se percibe como una posesión

Visibilidad Bisexual

Por Pamela Alvarado, madre y activista feminista

Nada mejor que el pride month para hablar de bisexualidad, especialmente de lo que significa ser mujer, madre y abiertamente bisexuala como un acto de resistencia. En una sociedad que sigue encadenada a estereotipos y prejuicios, la visibilidad bisexual es crucial para construir un mundo más justo, respetuoso e inclusivo. Nombrarnos transforma vidas y sacude estructuras que aún nos oprimen: es una forma de protesta, un posicionamiento político y un grito de libertad.

La bisexualidad silenciada

Durante décadas, la bisexualidad ha sido cuestionada, reducida a una “fase” o a una rebeldía para llamar la atención. En las mujeres, esta negación es aún más dura: pareciera que solo se nos permite ser heterosexuales o, con suerte, lesbianas. Pero la bisexualidad es una orientación legítima, una experiencia auténtica que merece reconocimiento y respeto.

De niña, sentía que había algo en mí que no encajaba. En los noventa, la bisexualidad era casi invisible. Conocía lesbianas, convivía con heterosexuales, pero no veía espejos donde reconocerme. Pasé por juicios, amistades que se alejaron y rumores absurdos: que a las bisexuales “nos gustan todas las personas, todo el tiempo”. De joven me preguntaba cuántas otras vivirían en silencio, y muchas veces consideré un privilegio poder “medio encajar” en la heteronorma. Hoy, como adulta, me reconcilio con esa niña y con las mujeres que me han acompañado. Les debo a ellas y a todas las niñas, adolescentes y mujeres que buscan referentes, la decisión de nombrarme y existir sin miedo.

Desde una mirada feminista, la visibilidad bisexual es resistencia. El feminismo defiende la autonomía del cuerpo, el derecho a elegir quiénes somos, cómo nos identificamos y cómo nos relacionamos. Invisibilizarnos refuerza estereotipos que pretenden reducir nuestra sexualidad a la devoción por un solo género. Hacer pública nuestra identidad es un desafío directo a las construcciones sociales que buscan controlar a las mujeres.

Lo personal es político

Ser abiertamente bisexuala no es solo una elección íntima: es una postura frente al patriarcado, que históricamente ha intentado mantenernos en sumisión. Al visibilizarnos, cuestionamos los moldes que dictan a quién podemos amar. Habitar nuestra identidad es un acto de transformación colectiva.

Como madre, mi mayor deseo es que mi hija y mi hijo crezcan en un entorno donde puedan amarse plenamente, sin miedo ni prejuicios. Por eso creo que la visibilidad bisexual siembra una semilla poderosa: ofrece a las niñas modelos diversos y reales, les muestra que su orientación no es un problema ni una fase, sino una posibilidad tan válida como cualquier otra. Cuando las mujeres hablamos abiertamente, ayudamos a normalizar algo que siempre ha existido, aunque nos lo hayan querido ocultar.

La representación también salva vidas. En un país donde la violencia y el rechazo hacia las personas LGBTTTQI+ siguen siendo alarmantes, visibilizar la bisexualidad empodera, valida y dignifica nuestras existencias, promoviendo una sociedad donde el respeto y la inclusión sean la norma.

Bi-visibilidad en acción

Para que la visibilidad tenga impacto, necesitamos educación inclusiva, medios de comunicación responsables y espacios comunitarios seguros. La información correcta derriba barreras de ignorancia que todavía prevalecen en nuestro país y en mi estado, Morelos.

El reconocimiento debe ser válido sin importar el género de la pareja que tengamos. En mi caso, comparto mi vida con un hombre heterosexual a quien amo profundamente, y eso no borra ni cambia mi orientación. La bisexualidad no desaparece porque exista una relación estable; nadie modifica su identidad para “encajar” en la expectativa de otros.

Habitar quienes somos, aunque no encajemos en las normas patriarcales, es una forma de transformación social. Necesitamos acompañarnos, escuchar las voces de las mujeres bisexuales y crear espacios donde podamos compartir historias, vivir nuestra sexualidad libremente y resistir a la heteronorma. La visibilidad no solo implica hablar en público: también es validar las experiencias de cada día.

Educar, aceptar, visibilizar

Como madre bisexuala y feminista, sé que visibilizar es un acto de honestidad con nosotras mismas y con las demás. Recuerdo a una compañera de teatro que me confesó su tristeza durante su proceso de reconocerse bisexual; su valentía me impulsó a alzar mi voz. Es momento de desafiar prejuicios, celebrar nuestras identidades y construir un entorno donde ninguna mujer tenga que esconder quién es por miedo o vergüenza.

La lucha por la igualdad y la libertad sexual es también una lucha por la dignidad. En Morelos, un estado lleno de historia y diversidad, la visibilidad bisexual puede ser motor de cambio: una herramienta para que todas las voces sean escuchadas y respetadas.

Hoy, desde mi trabajo en la Secretaría de las Mujeres de Morelos, camino con mi bandera bisexuala. Sé que el cambio no se logra solo desde las instituciones, pero cada paso cuenta. Si queremos que las niñas crezcan libres, seguras y plenas, debemos reconocer y valorar la diversidad sexual en todas sus formas. Solo así avanzaremos hacia un futuro donde la igualdad, el respeto y la inclusión dejen de ser aspiraciones para convertirse en realidad.

El mal de Mademoiselle X

Esa sensación de tratar de despertar de una pesadilla, te alcanzar la luz de la lámpara cuando el alma en el pecho comienza a mordernos, así de oscuro y de pronto Elena comenzó a despedazarse. Se limitaba a caminar como un gusano de una esquina a otra dentro de la casa, como si sus huesos flotaran dentro de un cuerpo equivocado.

La encontramos una noche en el invernadero, con los labios partidos y una nota clavada en su esquelético muslo con un alfiler de perlas: “Síndrome de Cotard”, decía con letra temblorosa, casi infantil.

Había empezado a decir que estaba hueca, que un ejército de cucarachas hacía una danza muda debajo de su piel, – ¡por eso huelo a muerte!, estoy vacía de la vagina al cuello, murmuraba, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier escenario imaginario que habitara dentro de su piel.

Al principio pensamos que deliraba. El doctor explicó que se trataba de un brote psicótico, tal vez inducido por la soledad o la muerte de su hija. Pero Elena insistía. Se abría la blusa y nos pedía mirar; -“no me vean a los ojos, vean lo que se desliza debajo de la piel-.

Y sí, algo se movía. Un estremecimiento subcutáneo, como si larvas diminutas recorrieran la dermis en líneas invocados por el viento. Por las noches, escuchábamos cómo se rascaba hasta sangrar. Dejaba huellas de uñas y carne en las paredes. En el pasillo, aparecían a veces, sin explicación, huellas diminutas de manos ensangrentadas, como de recién nacido. Elena decía que afuera todos estaban muertos. Que sólo quedaba un bebé pegado a la ventana, con las encías afiladas, lamiendo el vidrio como si pudiera traspasarlo. —Es el último —susurraba—. Quiere comerse a sí mismo, pero aún no puede, no tiene dientes —.

La primera vez que lo dijo, creímos que se refería a su hija, que hablaba en código. Pero luego, empezamos a verla también, justo cuando el sol aún no se decidía a entrar, aparecía una figura pequeña, encorvada, que emitía un chillido grave, animal, como de rata recién nacida. Su silueta deforme se escurría entre las cortinas. Ninguno de nosotras se atrevió a alzar la cortina y verla de frente.

Una madrugada encontré a Elena frente al espejo del baño. Se había abierto el pecho con un bisturí quirúrgico que mi padre guardaba desde la guerra. Se había extraído los pulmones y los colgaba en los hombros con alfileres de costura, como alas de mariposa mal disecadas. Me miró con los ojos húmedos. “Seré mi propio ángel de la guarda”, dijo.

Su cuerpo resistió la mutilación, inexplicablemente. Elena no sangraba como debía, los bordes de la herida estaban secos, como cuero viejo, aun así, seguía caminando por la casa, respirando con un silbido asimétrico que se colaba en las rendijas de las puertas. No dormía. Le daba miedo morir mientras todo estaba en silencio. A veces se sentaba en la cuna vacía del desván y murmuraba canciones. Decía que lo hacía para que el bebé no la olvidara; “va a necesitarme cuando crezcan sus dientes.”

Hoy la casa está en silencio. En el ventanal quedó una marca pequeña, ovalada, como la presión de una boca sin dientes. Y cerca del jardín, colgando del huamúchil, estaban sus pulmones extendidos como alas, como una bandera de carne, una piel llena de premoniciones que anunciaban la muerte de una rojainfancia. La nota que dejó en el suelo decía: «Quizá ya esté muerta, pero esta vez, al menos, he aprendido a volar”.

La Jornada Morelos