

Morelos recibió este fin se semana a quienes “se nos adelantaron” porque dice la doxa popular que “hay muertos que no olvido y vivos que para mí ya murieron”. Se muere no de olvido, pero sí en la desmemoria, y en Morelos, cargamos una enorme carreta con los recuerdos de esos que pelaron gallo, a los que se llevó la huesuda o los que simplemente colgaron los tenis porque “vida nada te debo, vida estamos en paz”.
En Morelos, como en otras partes de México, “sobre el muerto las coronas” o las victorias, o las dosequis, cualquiera que sea el pretexto para abrir una fría y sacar a los muertos del cajón para traerlos al fiestón. Y dónde que ahora se puso en grande y de lujo en las casas, plazas y calles de todos los pueblitos y pueblotes locales, que al fin todo es provincia y ahí siempre saben más las tradiciones.
Los que chuparon faros o se felparon antes que uno, dice la tradición, nos acompañaron por las noches, se estacionaron un ratito en cada ofrenda para ellos, y algunas otras de las que fueron invitados genéricos, y disfrutaron nuevamente del jolgorio. Y aunque para muchos observadores extranjeros el planteamiento es fantástico o en extremo mórbido para su estética, lo cierto es que nadie que viva en el territorio nacional podría negar que algo místico ocurre cuando la mayoría comparte la misma sabiduría y practica los mismos rituales.
Claro que para los que habitamos en esta tierra tan llena de vida y de muerte, la tradición es parte de nuestros saberes, de eso que somos cada uno y todos juntos. Así que lo que cualquiera otro opine puede merecer el lapidario silencio. En cambio, que siga la fiesta porque “de muertos y tragones están llenos los panteones”, y nada de hacerse “como la mamá del muerto que hace que llora para no dar ni café”.
Muchos ignoran fuera de nuestra cultura es la importancia que tienen las fiestas de los muertos para una mejor vida, porque “en esta vida matraca, nadie de morir escapa”, y esa convicción despierta el anhelo de bienvivir hasta que nos pongan “la pijama de madera” para irnos “a platicar con San Pedro”.
Antes de que “nos lleve el chahuistle”, rescatamos el amor que los mexicanos tenemos por la vida, ese que se muestra en la enorme pasión con que vivimos, reímos y lloramos; en cada una de nuestras tradiciones, el sabor fuerte de la gastronomía, la sonoridad de la música, el color y la fuerza de nuestro arte, nuestros floridos barroquismos en el lenguaje popular.

Nadie más que los mexicanos con esa plena conciencia de que “ya viene la parca chiflando por la nopalera”; así que a nosotros nadie “nos asusta con el petate del muerto”. “Nos mata la vida y mejor que le sepa”, al fin que “como muere la cigarra” lo haremos cantando, sin que nos espante el muerto y bien abrazados de la mortaja.
Cada una de las celebraciones por los Días de Muertos es un grito que dice lo mismo, somos uno porque compartimos la misma historia, los innegables saberes. La identidad morelense está más viva que nunca gracias a nuestros muertos porque “al vivo todo le falta y al muerto todo le sobra”, y en esa generosidad nos siguen enseñando todo eso que somos, y lo mucho más que podemos ser pero hemos olvidado.

