

Algo que debe revisarse, frente al aumento de adolescentes que participan en la comisión de delitos en Morelos, es lo que ha ocurrido en la sociedad para que muchachas y muchachos que deberían estar soñando con el mejor futuro para ellos mismos, sus familias y sus comunidades; estudiando en aulas motivadoras y seguras; jugando en canchas y en sus hogares; paseando por calles seguras para apropiarse de los espacios públicos con arte, ciencia, deportes; tomando helados en las neverías; y hasta probablemente jugando a ser adultos en trabajos de medio tiempo, se conviertan en infractores de la ley o en el peor de los casos en pequeños delincuentes provocando el dolor de sus familias, la sociedad y ellos mismos.
La respuesta parece estar en la pregunta porque la sociedad les ha negado la esperanza de un mejor futuro; aulas motivadoras y seguras; canchas y hogares donde puedan jugar; calles y espacios públicos seguros para desarrollar sus talentos. Ya tampoco hay casi neverías, y los trabajos de medio tiempo resultan ambientes inseguros y, a menudo, de explotación. La sociedad ha fallado permitiendo la desaparición de esos espacios seguros que la adolescencia requiere para vivir, desarrollarse, convertirse en adultas y adultos responsables y funcionales; también ha fallado permitiendo gobiernos omisos en sus deberes con la juventud, familias que abandonan a sus adolescentes, escuelas que no representan un ambiente seguro y retador para las capacidades. La juventud en Morelos está abandonada pese a la cantidad de instituciones, municipales y estatales, que presumen atenderla.
El proverbio africano de “se necesita una aldea para criar un niño” ha sido ignorado en Morelos donde, al parecer, nadie sabe hacerse responsable de los menores que son olvidados, abandonados o maltratados por sus padres. En las escuelas, los maestros “modernos” limitan su función a enseñar, ya no a educar, lo que permite que el abandono de los menores en sus casas se convierta también en un olvido social. A ello habría que sumar la falta de espacios donde la adolescencia se desarrolle, la ausencia de guías de comportamientos sanos y deseables, la proliferación de discursos sociales que centran el éxito en lo material y en el camino fácil para conseguirlo, la evidente y grosera injusticia de la que todos los días hay ejemplos en las calles, en las casas, en los medios de comunicación; y pasados de violencia impune sufridos por la niñez de manos de quienes se supone estarían para cuidarlos. El resultado es el aumento de menores infractores y la comisión de infracciones cada vez más graves.
Así que cuando la magistrada presidenta del Tribunal Unitario de Justicia Penal para Adolescentes habla de la necesidad de un pacto por la juventud, éste tendría que darse devolviendo a la juventud esos espacios seguros de los que requiere. No se trata de regresar la sociedad a como era en los años cincuenta del siglo pasado, pero sí de recuperarle a los jóvenes los lugares que hemos permitido desaparezcan, la familia, la escuela, la calle, la plaza y, sobre todo, la esperanza de que tienen un futuro. Y nadie creerá la promesa de un futuro si se le niega hasta el presente.

