
Más allá de las oscuras leyendas sobre la supuesta enemistad profunda entre los empresarios y la izquierda (muchas de ellas alimentadas por esquemas y literatura profundamente ideologizada del siglo XX), lo cierto es que el pensamiento de la izquierda moderna, como el laborismo, el ecosocialismo, la socialdemocracia, y las corrientes antiglobalización, no está reñido con las bases científicas de la economía ni con el empresariado.
Las razones para las diferencias con algunos personajes del sector privado están más relacionadas con el enriquecimiento al amparo del poder público, una constante que se presentó históricamente en los países en vías de desarrollo; que con una fobia al empresariado entendido como las personas que ponen su talento y creatividad y arriesgan su capital en emprendimientos productivos reales.
La ciencia económica reconoce que los emprendimientos son fundamentales para el desarrollo de cualquier localidad y región; y a estas alturas sería difícil encontrar alguien que peleara con esa verdad. En todo caso, la relación entre los empresarios y las izquierdas se vuelve compleja porque en los primeros domina el pragmatismo y en las segundas la ideología.
No es extraño incluso por la misión de cada una de las partes; los emprendedores deben centrarse en los resultados concretos, la realidad empírica y la capacidad de adaptar estrategias según lo que funcione porque están enfocados en mantener la viabilidad de sus empresas y generar riqueza.
Los gobiernos en cambio, especialmente los de izquierda, tienen que aportar coherencia de valores, visión de sociedad y legitimidad política: igualdad, justicia social, libertad económica y derechos humanos. Los gobiernos que se olvidan de la guía ideológica toman decisiones cortoplacistas, volátiles o alineadas solo al interés de grupos de poder, en vez de a un proyecto de país; como ocurrió con muchos de los gobiernos de la llamada era neoliberal que más bien deberían llamarse pragmáticos al extremo.
Y si bien para muchos la principal preocupación de la economía morelense debería centrarse en el desarrollo, que consideran se vería potenciado sin filtros ideológicos; para la mayor parte de los morelenses la pregunta clave es ¿para qué queremos el desarrollo? Y entonces se debe hablar de modelos de distribución del ingreso y la riqueza, impulso a los microemprendimientos, justicia laboral, bienestar familiar, y otros elementos que se construyen a partir de los sistemas de valores y proyectos de Estado, los que plantean los gobiernos que tienen ideologías.

Sin embargo, el error más común que se comete desde el análisis es considerar que el pragmatismo y la ideología son mutuamente excluyentes. En la realidad es lo contrario, la ideología necesita del pragmatismo para concretar los proyectos que generan el mayor beneficio; pero, sin la ideología, el pragmatismo es incapaz de construir un desarrollo que cumpla objetivos más allá de la producción.
Por eso es tan buena noticia que el empresariado y el gobierno de Morelos (el primero de izquierda en la entidad) hayan sabido concretar una alianza orientada a impulsar las inversiones y un modelo de desarrollo que alcance para todos. Se trata del diseño y puesta en operación, por primera vez, de una política económica para Morelos. Y eso no es cualquier cosa.


