Screenshot
Screenshot

 

Morelos inicia 2026 con una de sus expresiones culturales más profundas y reconocibles: la temporada de carnavales. El brinco del chinelo vuelve a tomar calles, plazas y barrios, recordándonos que el turismo no solo se mide en cifras de ocupación hotelera o derrama económica, sino también en identidad, pertenencia y vida comunitaria. En un estado privilegiado por su clima, su cercanía con el centro del país y una diversidad natural y cultural excepcional, los carnavales se confirman como un activo estratégico que debe cuidarse con la misma seriedad con la que se promueve.

Los datos recientes permiten un optimismo prudente. Morelos cerró 2025 con más de 11 millones de visitantes y una derrama superior a los 8 mil 500 millones de pesos; la ocupación hotelera muestra estabilidad y el turismo familiar comienza a recuperarse. Son señales claras de que el sector avanza, aunque todavía lejos de sus mejores años. En ese contexto, la apuesta del gobierno estatal por el turismo comunitario, por una promoción más profesional y por una medición más precisa del fenómeno turístico es un paso en la dirección correcta.

Los carnavales ocupan un lugar central en esta estrategia. No son solo fiestas: son historia viva, memoria colectiva y organización social. El chinelo, con su reciente denominación territorial, se consolida como un símbolo que distingue a Morelos a nivel nacional. Pero esa fortaleza cultural implica una responsabilidad mayor. Convertir estas celebraciones en un simple producto de consumo, dominado por el exceso de alcohol, el desorden o la inseguridad, no solo traicionaría su esencia, peor aún, pondría en riesgo uno de los principales atractivos del estado.

En ese sentido, los operativos de seguridad anunciados, la regulación de la venta de alcohol y la coordinación entre autoridades municipales, estatales y federales no deben verse como medidas restrictivas, sino como acciones necesarias para proteger tanto a las comunidades como a los visitantes. La experiencia demuestra que un turismo ordenado, seguro y respetuoso genera mayor derrama económica, fideliza a los visitantes y fortalece la reputación del destino. Lo contrario, aunque pueda parecer rentable a corto plazo, termina por ahuyentar al turismo.

El debate sobre los impuestos al sector, la preocupación legítima de restauranteros y prestadores de servicios, y las expectativas generadas por eventos internacionales como el Mundial de Futbol 2026, muestran que el turismo en Morelos atraviesa una etapa de transición. Para que esta sea virtuosa, se requiere coordinación real entre autoridades, empresarios y comunidades; inversión en infraestructura, seguridad y limpieza; y una visión de largo plazo que entienda al turismo como un motor de desarrollo social, no solo como fuente de derrama económica, por más importante que ésta sea.

Morelos tiene un abanico turístico amplio pese a su tamaño: bienestar, naturaleza, cultura, gastronomía, turismo comunitario, académico y de aventura. Los carnavales sintetizan esa riqueza, pero también exponen sus fragilidades. Apostar por ellos implica asumir que el crecimiento debe ser compatible con el cuidado del tejido social y cultural. Debemos ser capaces de aprovechar los recursos naturales y culturales del estado sin desvirtuarlos, garantizar que los beneficios lleguen a las comunidades y construir un turismo que genere orgullo local, no desgaste.

Si Morelos logra consolidar sus carnavales como espacios seguros, auténticos y bien gestionados, no solo fortalecerá su economía, sino que demostrará a propios y extraños que el desarrollo turístico es posible cuando se pone a la comunidad en el centro y se entiende que la cultura no es un accesorio, sino el corazón de lo que se ofrece al mundo.

La Jornada Morelos