

La zona metropolitana de Cuernavaca se extiende en por lo menos 708 kilómetros cuadrados, el 14.3% del territorio estatal, y en ella cohabitan poco más de un millón de personas, lo que significa la mitad de la población de Morelos. El último reconocimiento oficial, la firma de un convenio de colaboración para la zona metropolitana ayer, ubica en esta área a los municipios de Huitzilac, Cuernavaca, Temixco, Xochitepec, Jiutepec y Emiliano Zapata, aunque hay autores que la extienden también a Tepoztlán y Tlaltizapán.
Los seis municipios que realmente forman una mancha urbana continua no presentan fronteras geográficas visibles más allá de las impuestas por la división política. Si uno transita por las calles y avenidas de Cuernavaca hacia el oriente, pronto estará en Jiutepec, una desviación mínima lo llevará a Emiliano Zapata de donde se puede trasladar casi sin notarlo a Temixco y Xochitepec. Hacia el norte, la división con Huitzilac, hace décadas bastante marcada, ahora solo existe en función del clima. Lo mismo ocurre al sur donde las muchas rutas que comunican a la capital con Temixco no permiten una distinción clara entre las demarcaciones.
La zona comparte población, vocaciones productivas, recursos naturales, y sobre todo, los problemas asociados con la alta densidad de población, a los que se suman una mala planeación del crecimiento urbano, y la ausencia histórica de coordinación entre los ayuntamientos, salvo por episodios muy aislados y específicos.
Porque si la zona metropolitana de Cuernavaca existía de facto, en términos de administración y de política pública no parecía entenderse. Acaso algunos mensajes en diferentes administraciones gubernamentales reconocían que los problemas de la capital del estado no podían entenderse sin estudiar también a sus municipios vecinos, pero en general, la falta de coordinación y el abandono desde el gobierno estatal sumados a la escasa voluntad de muchos alcaldes, provocaron que como se dice popularmente, “cada quien se rascara con sus propias uñas”, aunque esa comezón fuera síntoma de un mal sistémico, extendido, compartido por todos.
La firma del convenio marco de coordinación para la zona metropolitana de Cuernavaca, entonces, no es poca cosa. Se trata de un acuerdo para diseñar estrategias conjuntas de atención a los problemas que son comunes, desde la obvia necesidad de reforzar y coordinar la seguridad pública, hasta las áreas de oportunidad que representan el cuidado del medio ambiente, pasando por el impulso al turismo, el desarrollo económico, la mejora de vialidades y del transporte público; todos ellos tratables a través de mesas que planteen políticas públicas claras que sean susceptibles de lograr financiamientos locales, federales y hasta internacionales.
También habrá mesas que se ocupen de los derechos humanos y el bienestar social, la atención de grupos vulnerables, el acceso equitativo a servicios de salud y el reordenamiento territorial desde una perspectiva de conservación de recursos tan importantes como el bosque de agua, los ríos y las barrancas.

Y aunque los morelenses suelen creer poco en las firmas de convenios, después de experiencias muy tristes las pasadas administraciones; todo indica que esta vez se trata de un asunto muy serio, de ahí la presencia no solo de la gobernadora, Margarita González Saravia, y los alcaldes de Cuernavaca, José Luis Urióstegui, Jiutepec, Éder Rodríguez, Xochitepec, Gonzalo Flores, Temixco, Israel Piña, y Zapata, Santos Tavarez; sino también de los secretarios de Gobierno, Juan Salgado Brito, seguridad, Miguel Ángel Urrutia, Desarrollo Económico, Víctor Sánchez Trujillo, Infraestructura, Adolfo Barragán Cena, y Desarrollo Sustentable, Alan Dupré. Cada uno con sus planteamientos para mejorar la convivencia y las posibilidades de futuro de la que, ahora sí, puede reconocerse y llamarse zona metropolitana de Cuernavaca.

