
Denisse B Castañeda
Alguna vez leí que la historia del 8 de marzo está marcada por el fuego. Nos recuerda la tragedia en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York, donde más de cien mujeres, muchas de ellas migrantes, murieron atrapadas por la explotación y la indiferencia. Se les negó la posibilidad de salir, se les cerraron las puertas, se les arrebató la vida. No fue un accidente, fue consecuencia de un sistema que ve a las mujeres como piezas prescindibles en la maquinaria de la producción.
Años después, en 1917, las trabajadoras textiles de Petrogrado se levantaron en huelga exigiendo pan y paz, marcando un punto de inflexión en la historia de la lucha feminista. Desde entonces, el 8 de marzo no es un día de celebración, sino de memoria y acción. Nos sigue recordando que la igualdad es una batalla inacabada.
Las deudas históricas con nosotras son muchas. Nos han despojado del derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nos han impuesto un destino basado en la reproducción y el cuidado, como si nuestra existencia estuviera al servicio de otros. Margaret Atwood, en El cuento de la criada, imaginó un mundo donde las mujeres son meros vientres al servicio de una estructura patriarcal brutal. Pero, ¿es realmente ficción? En muchos lugares, esa distopía ya es una realidad, con gobiernos que buscan arrebatarnos derechos conquistados con décadas de lucha.
Las mujeres seguimos exigiendo justicia, igualdad, pero sobre todo que dejen de asesinarnos. Nos arrebataron el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nos impusieron una función reproductiva por encima del goce y la autonomía, nos confinaron a la maternidad como destino único. ¿Acaso nos han convertido en las June de nuestra propia historia, como en la distopía de Margaret Atwood, donde la oligarquía patriarcal diseña cada aspecto de nuestras vidas?, donde las mujeres son meros vientres al servicio de una estructura patriarcal brutal. Pero, ¿es realmente ficción? ¿O acaso hoy la emboscada del pensamiento es más sutil, disfrazada de discursos «en favor de la familia», promovida por líderes misóginos que quieren retroceder las conquistas logradas? No, en muchos lugares, esa distopía ya es una realidad, con gobiernos que buscan arrebatarnos derechos conquistados con décadas de lucha.
Y si la memoria se pierde, si nos arrebatan también el derecho a recordar, ¿qué nos queda? Hace poco, el servicio de calendario inteligente de Google eliminó de sus eventos automáticos fechas clave como el Mes del Orgullo, el Mes de los Pueblos Indígenas, la Historia Negra, la Herencia Hispana y el Día del Recuerdo del Holocausto. Nos preocupa el presente, pero también el futuro.

¿Qué pasaría si la tecnología decide borrar también nuestras luchas históricas? Si la historia se reescribe sin nosotras, ¿nos borrará también la memoria colectiva? No podemos permitirlo. Nuestra resistencia también está en la palabra, en la memoria, en la transmisión de nuestras luchas de generación en generación.
Este 8 de marzo, las mujeres alzamos la voz por la libertad, la empatía y el cuidado mutuo. No sólo entre nosotras, sino también por la tierra, por el ambiente y por la memoria. Porque resistir también es recordar. Porque seguimos aquí y no nos van a borrar, Todas nosotras merecemos una vida plena, en libertad y con autonomía, una vida donde la valentía no sea volver a casa con vida, sino alcanzar nuestras metas sin miedo. Que ser valientes signifique practicar la sororidad y el affidamento, no resistir ante la impunidad de quienes asesinan a nuestras amigas. Que nuestra fuerza se mida en la construcción de manadas violetas y sueños colectivos, no en el acompañamiento de madres que buscan a sus desaparecidos. Que llevemos el amor como bandera, pero nunca más en relaciones donde el peligro sea la propia pareja.
Este 8 de marzo debe ser un recordatorio de que ser mujer no puede seguir siendo sinónimo de precarización o muerte.
Denisse B Castañeda
Alguna vez leí que la historia del 8 de marzo está marcada por el fuego. Nos recuerda la tragedia en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York, donde más de cien mujeres, muchas de ellas migrantes, murieron atrapadas por la explotación y la indiferencia. Se les negó la posibilidad de salir, se les cerraron las puertas, se les arrebató la vida. No fue un accidente, fue consecuencia de un sistema que ve a las mujeres como piezas prescindibles en la maquinaria de la producción.
Años después, en 1917, las trabajadoras textiles de Petrogrado se levantaron en huelga exigiendo pan y paz, marcando un punto de inflexión en la historia de la lucha feminista. Desde entonces, el 8 de marzo no es un día de celebración, sino de memoria y acción. Nos sigue recordando que la igualdad es una batalla inacabada.
Las deudas históricas con nosotras son muchas. Nos han despojado del derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nos han impuesto un destino basado en la reproducción y el cuidado, como si nuestra existencia estuviera al servicio de otros. Margaret Atwood, en El cuento de la criada, imaginó un mundo donde las mujeres son meros vientres al servicio de una estructura patriarcal brutal. Pero, ¿es realmente ficción? En muchos lugares, esa distopía ya es una realidad, con gobiernos que buscan arrebatarnos derechos conquistados con décadas de lucha.
Las mujeres seguimos exigiendo justicia, igualdad, pero sobre todo que dejen de asesinarnos. Nos arrebataron el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nos impusieron una función reproductiva por encima del goce y la autonomía, nos confinaron a la maternidad como destino único. ¿Acaso nos han convertido en las June de nuestra propia historia, como en la distopía de Margaret Atwood, donde la oligarquía patriarcal diseña cada aspecto de nuestras vidas?, donde las mujeres son meros vientres al servicio de una estructura patriarcal brutal. Pero, ¿es realmente ficción? ¿O acaso hoy la emboscada del pensamiento es más sutil, disfrazada de discursos «en favor de la familia», promovida por líderes misóginos que quieren retroceder las conquistas logradas? No, en muchos lugares, esa distopía ya es una realidad, con gobiernos que buscan arrebatarnos derechos conquistados con décadas de lucha.
Y si la memoria se pierde, si nos arrebatan también el derecho a recordar, ¿qué nos queda? Hace poco, el servicio de calendario inteligente de Google eliminó de sus eventos automáticos fechas clave como el Mes del Orgullo, el Mes de los Pueblos Indígenas, la Historia Negra, la Herencia Hispana y el Día del Recuerdo del Holocausto. Nos preocupa el presente, pero también el futuro.
¿Qué pasaría si la tecnología decide borrar también nuestras luchas históricas? Si la historia se reescribe sin nosotras, ¿nos borrará también la memoria colectiva? No podemos permitirlo. Nuestra resistencia también está en la palabra, en la memoria, en la transmisión de nuestras luchas de generación en generación.
Este 8 de marzo, las mujeres alzamos la voz por la libertad, la empatía y el cuidado mutuo. No sólo entre nosotras, sino también por la tierra, por el ambiente y por la memoria. Porque resistir también es recordar. Porque seguimos aquí y no nos van a borrar, Todas nosotras merecemos una vida plena, en libertad y con autonomía, una vida donde la valentía no sea volver a casa con vida, sino alcanzar nuestras metas sin miedo. Que ser valientes signifique practicar la sororidad y el affidamento, no resistir ante la impunidad de quienes asesinan a nuestras amigas. Que nuestra fuerza se mida en la construcción de manadas violetas y sueños colectivos, no en el acompañamiento de madres que buscan a sus desaparecidos. Que llevemos el amor como bandera, pero nunca más en relaciones donde el peligro sea la propia pareja.
Este 8 de marzo debe ser un recordatorio de que ser mujer no puede seguir siendo sinónimo de precarización o muerte.

