Valentina Tolentino Sanjuan*

Contar con la primera mujer presidenta en México es un hecho que debe recordarse en cada ocasión posible; no es un asunto aislado en un país donde aumentaron las cifras por feminicidio en 2024 en niñas y adolescentes, por citar un grupo de edad.

Según el Blog de datos e incidencia política de REDIM de enero a octubre de 2023 este delito tuvo una incidencia de 60 casos en mujeres de entre 0 y 17 años, mientras que en 2024 aumentaron a 67 en los mismos meses. Concordemos: lastimosamente, nuestro país es un territorio donde todavía prevalece el odio hacia las mujeres.

La gran mayoría de nosotras hemos vivido diversas formas de violencia en múltiples escenarios. Desde las relaciones interpersonales hasta el ámbito público y profesional. La academia, por ejemplo, no está exenta de ellas y, al contrario, es un lugar donde aparte de otras prácticas que dicen poco de la ética, hay que soportar embates de violencia machista y muchas veces hasta misógina. Tengo una larga lista de anécdotas propias y de colegas al respecto.

Pero también estamos conscientes de los muchos e importantes esfuerzos de las últimas décadas, en donde las mujeres nos hemos dotado cada vez más de herramientas de análisis y conceptos que nos permiten visibilizar esas prácticas; las cuales vienen dadas a partir de una cultura en donde la masculinidad hegemónica ha sido la protagonista de tantas y tan variadas formas de violencia.

Cambios legislativos, modalidades de representación, importantes maneras de nombrar los modos de sojuzgamiento, vituperio y opresión hacia las mujeres hacen parte de un movimiento histórico que comienza a equilibrar la acentuada disparidad en la balanza del acceso a oportunidades. Avance que se puede traducir en el mejoramiento de la calidad de vida, en el encauce del derecho a una plena existencia y, al final, en un contundente mensaje de justicia.

Aunque, quizá debido a esos mismos motivos, queda claro que a los sectores conservadores les viene mal que tanto las mujeres como otros grupos históricamente sobajados y excluidos ganemos más derechos, visibilidad y representación.

El caso de Trump en Estados Unidos y de Milei en Argentina son paradigmáticos al respecto. Donald Trump, por su parte, ha sido señalado en muchas ocasiones por su recurrencia al abuso y maltrato de mujeres y también de la comunidad trans: en 2023 fue declarado culpable por abuso sexual de la escritora Jean Carroll; también fue acusado de pagar una cuantiosa cantidad de dinero a la actriz porno Stormy Daniels para silenciarla por un encuentro sexual y así evitar perjudicar su imagen en las elecciones de 2016; en ese año se dio a conocer un video donde el entonces candidato presume sus dotes de seducción y asegura que a las mujeres les puede hacer cualquier cosa, tocarlas en sus partes íntimas incluso. A Kamala Harris, su última contrincante en las elecciones del año pasado, la calificó de mujer desagradable; añadiendo así su discriminatoria división entre amas de casa o mujeres desagradables.

Si bien en general el trasnochado discurso de la derecha y ultraderecha suele remitir a las mujeres a los lugares de la subordinación, opresión y violencias machistas, las acciones y discurso de Trump alebrestan de una manera sin igual la misoginia. Esto es sumamente peligroso para los derechos ganados por y para las mujeres; ya que, contra la creencia de que solo se trata de un personaje atípico en la historia, su misógino actuar deja la consecuencia y el mensaje ineludible de que, contra todo odio, delito sexual o incluso violación, puede ser líder de una potencia mundial.

Por ello, cerrando la idea inicial: sí, quién detente el poder es importante por la influencia que emana con el ejemplo. En el caso de México, esperemos para este sexenio, resalte la congruencia entre el hecho de tener un gobierno encabezado por una mujer que ejerce con perspectiva de género, a diferencia del odio que está siendo distintivo del gobierno del país del Norte. Es una radical pero sustantiva diferencia.

*Red Mexicana de Mujeres Filósofas/UAM-I

Un grupo de personas posando para la cámara delante de un cartel

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Valentina Tolentino Sanjuan*

Contar con la primera mujer presidenta en México es un hecho que debe recordarse en cada ocasión posible; no es un asunto aislado en un país donde aumentaron las cifras por feminicidio en 2024 en niñas y adolescentes, por citar un grupo de edad.

Según el Blog de datos e incidencia política de REDIM de enero a octubre de 2023 este delito tuvo una incidencia de 60 casos en mujeres de entre 0 y 17 años, mientras que en 2024 aumentaron a 67 en los mismos meses. Concordemos: lastimosamente, nuestro país es un territorio donde todavía prevalece el odio hacia las mujeres.

La gran mayoría de nosotras hemos vivido diversas formas de violencia en múltiples escenarios. Desde las relaciones interpersonales hasta el ámbito público y profesional. La academia, por ejemplo, no está exenta de ellas y, al contrario, es un lugar donde aparte de otras prácticas que dicen poco de la ética, hay que soportar embates de violencia machista y muchas veces hasta misógina. Tengo una larga lista de anécdotas propias y de colegas al respecto.

Pero también estamos conscientes de los muchos e importantes esfuerzos de las últimas décadas, en donde las mujeres nos hemos dotado cada vez más de herramientas de análisis y conceptos que nos permiten visibilizar esas prácticas; las cuales vienen dadas a partir de una cultura en donde la masculinidad hegemónica ha sido la protagonista de tantas y tan variadas formas de violencia.

Cambios legislativos, modalidades de representación, importantes maneras de nombrar los modos de sojuzgamiento, vituperio y opresión hacia las mujeres hacen parte de un movimiento histórico que comienza a equilibrar la acentuada disparidad en la balanza del acceso a oportunidades. Avance que se puede traducir en el mejoramiento de la calidad de vida, en el encauce del derecho a una plena existencia y, al final, en un contundente mensaje de justicia.

Aunque, quizá debido a esos mismos motivos, queda claro que a los sectores conservadores les viene mal que tanto las mujeres como otros grupos históricamente sobajados y excluidos ganemos más derechos, visibilidad y representación.

El caso de Trump en Estados Unidos y de Milei en Argentina son paradigmáticos al respecto. Donald Trump, por su parte, ha sido señalado en muchas ocasiones por su recurrencia al abuso y maltrato de mujeres y también de la comunidad trans: en 2023 fue declarado culpable por abuso sexual de la escritora Jean Carroll; también fue acusado de pagar una cuantiosa cantidad de dinero a la actriz porno Stormy Daniels para silenciarla por un encuentro sexual y así evitar perjudicar su imagen en las elecciones de 2016; en ese año se dio a conocer un video donde el entonces candidato presume sus dotes de seducción y asegura que a las mujeres les puede hacer cualquier cosa, tocarlas en sus partes íntimas incluso. A Kamala Harris, su última contrincante en las elecciones del año pasado, la calificó de mujer desagradable; añadiendo así su discriminatoria división entre amas de casa o mujeres desagradables.

Si bien en general el trasnochado discurso de la derecha y ultraderecha suele remitir a las mujeres a los lugares de la subordinación, opresión y violencias machistas, las acciones y discurso de Trump alebrestan de una manera sin igual la misoginia. Esto es sumamente peligroso para los derechos ganados por y para las mujeres; ya que, contra la creencia de que solo se trata de un personaje atípico en la historia, su misógino actuar deja la consecuencia y el mensaje ineludible de que, contra todo odio, delito sexual o incluso violación, puede ser líder de una potencia mundial.

Por ello, cerrando la idea inicial: sí, quién detente el poder es importante por la influencia que emana con el ejemplo. En el caso de México, esperemos para este sexenio, resalte la congruencia entre el hecho de tener un gobierno encabezado por una mujer que ejerce con perspectiva de género, a diferencia del odio que está siendo distintivo del gobierno del país del Norte. Es una radical pero sustantiva diferencia.

*Red Mexicana de Mujeres Filósofas/UAM-I

Un grupo de personas posando para la cámara delante de un cartel

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La Jornada Morelos