
Hacia un ochismo reconsiderado
Alma Karla Sandoval*
Se equivocó la paloma, se equivocaba. No hablamos de un poema de Rafael Alberti, sino de la mujer dentro de la mujer, no sólo constituida como sujeto político subalterno, sino como una existente gustosa de sí misma, de su condición cis, de su deseo de ella, en ella, por ella; la mujer que se sintió amenazada, ¡quién lo diría!, por el feminismo de la cuarta ola transincluyente y, por esa razón, cualquier hija de Eva le reprocha al movimiento que le exija demasiado porque nadie puede ser “buena feminista” si le gusta atender a su marido, consentir al novio, ser coqueta, maquillarse, jugar a ser una femme fatale.
Así como existen procederes pseudoideológicos que “rebasan por la izquierda”, rebelarse contra el feminismo en la actualidad en aras parecer muy críticas, muy intelectuales, muy de veras de avanzada, implica “rebasar por la ultraderecha” para llegar a un territorio donde los derechos ganados, siempre en peligro, desaparecen de un plumazo, con el poder de la firma de un candidato a dictador ya sea en una otrora república bananera o una potencia venida a menos que busca, por todos los medios posibles, recobrar el brillo imperial, la percha colonizadora que asusta al mundo entero.
¿Liberarse del feminismo implica una verdadera emancipación? Lo pregunto sin ironía ni dobles intenciones. Se trata de un cuestionamiento válido de cara al ataque a la cultura woke del que sin darse cuenta son cómplices muchas mujeres en un momento pendular de la historia cuando más nos necesitaremos todas juntas, no divididas o conformes porque ya tenemos gobernadoras y hasta presidenta. Mientras eso sucede se producen retrocesos no sólo en la opinión pública que, como bien se sabe, no entiende de opinión ni de verdad. Vamos para atrás en el sustrato de la lucha, en las reivindicaciones que damos por resueltas. Nada más lejos de suceder.
Hemos repetido, por ejemplo, que cumplir con las cuotas de género siempre será necesario, que no venga ningún macho resentido con banda presidencial o melena de león a erradicarlas. No obstante, esas cuotas no deben centrarse en lo biológico ni distraernos porque no son garante de agendas feministas. Otra vez se equivocó la paloma si creemos que con eso es suficiente. Como equivocadas estamos al creer que todos los tiempos son aptos para negociaciones pacíficas porque no podemos pedir por favor, con dulzura y de buen modo, que nos dejen de matar o nos paguen lo mismo que a los hombres.

Para eso son las marchas, dirán, para eso tienen los ochos de marzo, para que griten lo que quieran, para que salgan enojadas a denunciar a sus abusadores, para que se desahoguen un poco y hasta rompan cristales o ensucien monumentos con sus pintas horribles, vandálicas, después de todo, nada cambiará y quien esté en el poder, con vagina o sin ella, condenará, encapsulará, castigará.
Para eso son las marchas, sí, pero peor que no existieran, recordarán otras más sensibles e informadas. Digo otras porque nunca he escuchado a más de dos hombres aplaudiendo o en verdad celebrando las mareas violetas o verdes. A lo sumo, los más educados y miedosos, callan. Aseguran que respetan la lucha, que como hombre con privilegios no se meten porque esas protestas les corresponden a las mujeres y a nadie más. Entonces guardan distancia traducida en frialdad, en irresponsabilidad, en un cómodo lavado de manos que sí, es lo único que los representa: “Pero ya viste cómo les va a los que quieren acompañarlas en los contingentes de sus manifestaciones, los sacan de las filas con mucha violencia, todas se ponen bien locas, peor que hombres”, se quejan alegrándose de contar con la argumentación perfecta que los disculpa incluso convirtiéndolos en víctimas, en señores en peligro que mejor ni se acerquen a una de esas marchas que además huelen muy mal, como dijo Valeria Luiselli.
Hedionda o no, el derecho a la manifestación también es sagrado como el decidir sobre nuestros cuerpos y úteros que, si no quieren, no deben ser gestantes. He ahí una de las asignaturas pendientes en Morelos donde la implementación de programas con nombres más cursis que todo lo cursi de este planeta: “Corazón de mujer”, logran comprar el silencio a costa de la necesidad y de que de paso nadie diga que no se está haciendo nada por el bienestar de las mujeres cuando esos apoyos son obligación y no dádiva divina. Nuestro pasado colonial nos vuelve proclives a arrodillarnos, a agradecer lo que sea, a estar conformes con muy poco, ya que la capacidad crítica es apaciguada cuando la angustia económica disminuye, cuando muy pocas están dispuestas a no tener precio. De ese modo el sistema prostituye a las mujeres de por sí precarizadas por una sociedad misógina que perdona a los hombres que abandonan a sus hijos, que no castiga a los jefes acosadores, que no revisa a fondo el gap salarial, que no reconoce a las mujeres sobresalientes, que se las ingenia para maquillar cifras, para no bajar los índices de femicidio y otras injusticias alarmantes.
Lo anterior porque la opresión femenina no importa, sólo el endiosamiento de la maternidad, del sacrificio, de los cuidados asimétricos, de la renuncia de los sueños de las mujeres que, si no son para los otros, si no se dejan captura, no son eso, mujeres, sino quién sabe qué cosa. Citado por Linda Nochlin, John Stewart Mill señaló hace más de un siglo: “Todo lo que es usual aparenta ser natural. El sometimiento de las mujeres por los hombres es una costumbre universal, naturalmente cualquier desviación de esto no parecería aceptable”. En pleno 2025 ese recordatorio sigue vigente y por más que se amplíe el espectro de los diferentes feminismos, por más metacrítica que hagamos, seguirá siendo urgente salir a las calles y reproducir la lucha en el espacio privado. Vivimos en perpetua emergencia, en alerta constante.
Por ende, a una reflexión activa ante esa situación la entiendo como la oportunidad de reconsiderar cada 8 de marzo, no verlo como otra fecha de desahogo o memoria de las violencias que no cesan, sino como posicionamiento ético ante una realidad que por más siglos que pasan no consigue romper los gruesos techos de cristal que nos impiden el vuelo o la fuga de un patriarcado que sí sabe volver con esteroides, igualito a Donald Trump. Ni hablar, de facto, de igualdad sustantiva.
Y sí, a las feministas nos gusta nombrar, inventar palabras, tratar de explicarnos desde el lenguaje, la casa del ser, lo que vivimos o necesitamos que se concrete porque sabemos que, si tocan a una, nos tocan a todas; porque hemos entendido que, o luchamos juntas o nos siguen matando por separado (ojalá esto fuera sólo retórica). Sí, las feministas escribimos glosarios que les duelen a los machos como Chumel Torres o Adrián Marcelo, típicos misóginos triunfadores gracias al bullying mediático. Sí, las feministas señalamos, denunciamos, pensamos, cantamos y muchas veces logramos bailar sin que nos quemen. Por eso dejo acá otro término para esos diccionarios malditos, que les parecen del diablo como el de Ambrose Bierce, ahí va: ochismo reconsiderado con vitaminas para este tercer mes y leche dorada, con todo el hierro feminista de la sangre que corre en nuestras venas.
*Escritora

