

Cada 8 de marzo, en el marco del Día Internacional de la Mujer, las calles se llenan de consignas y demandas que exigen justicia e igualdad para las mujeres. Sin embargo, entre estas voces, a menudo queda opacada una de las poblaciones más vulnerables: las niñas. La Dra. Beatriz Alcubierre, historiadora e investigadora especializada en la historia de la infancia, ha dedicado su trabajo a evidenciar la subalternidad infantil y, dentro de ella, la situación específica de las niñas, quienes enfrentan una violencia sistemática que, muchas veces, queda invisibilizada.
Desde una perspectiva histórica, Alcubierre ha analizado cómo la infancia ha sido utilizada como un proyecto en la construcción de los Estados nacionales. Este enfoque ha estado marcado por una cultura adulto-céntrica que no reconoce a los niños y las niñas como sujetos autónomos con agencia propia. En este contexto, las niñas sufren una doble subordinación: por edad y por género. “No es lo mismo ser niño que ser niña. A lo largo de la historia, el lenguaje mismo ha invisibilizado a las niñas. Si se hablaba de ‘niños’, solo se pensaba en varones, y esto tenía consecuencias tangibles, como la exclusión de las niñas en campañas de vacunación del siglo XIX”, explica la historiadora.
También es importante considerar otras diferencias, como las culturales o aquellas relacionadas con la discapacidad. Por ejemplo, las niñas sordas o con otras condiciones específicas requieren una atención particular. “Hay infancias que quedan fuera del modelo infantil clásico, aquel que asocia la niñez con la inocencia y con un ideal donde los niños van a la escuela, regresan a casa y son protegidos. La realidad es que muchos niños y niñas no tienen esa experiencia y es crucial visibilizar esa diferencia.
La situación de las infancias en México
Según cifras del INEGI y la Secretaría de Salud (2023) indican que más niñas y adolescentes mujeres, en un rango de 1 a 17 años, han requerido atención hospitalaria debido a violencia sexual, familiar y física. Estas estadísticas evidencian la urgencia de implementar políticas públicas efectivas para prevenir la violencia de género y garantizar la protección de la niñez y la adolescencia en el país. Según estos datos oficiales, las niñas enfrentan mayores niveles de violencia intrafamiliar y tienen menor acceso a la educación y la salud en comparación con los niños. Además, en 2024, México cerró con alrededor de 829 feminicidios, de los cuales 80 correspondieron a niñas y adolescentes. “Si una niña de ocho años es víctima de un crimen por razones de género, es fundamental reconocerlo como un feminicidio infantil, porque implica distintas capas de vulnerabilidad”, afirma Alcubierre.
Los derechos de ellas

Desde 1989, México se adhirió a la Convención sobre los Derechos del Niño, marcando un avance en el reconocimiento de los derechos infantiles. Sin embargo, la brecha entre el reconocimiento legal y la realidad es amplia. La violencia estructural, la falta de acceso a la justicia y la desprotección estatal han hecho que muchas niñas sean relegadas a un silencio forzado. Para la Dra. Alcubierre, la clave para un verdadero cambio está en escuchar las voces de la infancia, desde la manera en que las que las tratamos, hasta las palabras que usamos para referirnos a ellas: “La infantilización es una forma de opresión. Así como se ha infantilizado a las mujeres y a los pueblos indígenas, también ocurre con los propios niños y niñas, cuando no se les permite expresarse con autonomía. Incluso el término infantil suele usarse de manera peyorativa”. El uso de la palabra infante también resulta problemático, explica la historiadora que la palabra Infante proviene del latín infans, que significa “sin voz”, y se refiere a los niños que aún no hablan, es decir, recién nacidos hasta aproximadamente los dos años. Una vez que empiezan a hablar, ya no deberían ser considerados infantes. “Desde el análisis del discurso, emplear esta palabra para referirse a todos los niños implica simbólicamente negarles su voz, su capacidad de expresarse y representarse a sí mismos”. “La lengua está a nuestro servicio, y nombrar las problemáticas de manera precisa es un primer paso para atenderlas. No podemos seguir llamando infantes o menores a nuestros niños y niñas”. Concluye.
En este 8M, reconocer la vulnerabilidad de las niñas y su lucha por ser visibilizadas es fundamental. La historia ha demostrado que cuando se omite su presencia en el discurso, se les niega también su derecho a un futuro digno. La demanda de justicia, equidad y seguridad no solo es para las mujeres adultas, sino también para aquellas que, desde la infancia, enfrentan un sistema que las margina. Nombrarlas es un acto de resistencia; escuchar sus voces, una responsabilidad colectiva.

Pintura “Niña con moños rojos” de Olga Costa

