Mario Oliveros, decano de los cronistas cuernavacenses y quien no está lejano a las nueve décadas, mantiene una condición física y mental envidiable. Es dueño de muchas anécdotas y más historias. Ayer me compartió una magnífica cronología alrededor de uno los edificios más icónicos de Cuernavaca, hoy lamentablemente despojado de la dignidad que le debería de corresponder: el antiguo Hotel Bellavista.

Mario hizo un recuento certero, partiendo de la familia de Don Ángel Pérez Palacios, connotado imperialista cuernavacense, quien gozó del favor de Maximiliano de Habsburgo y tuvo su residencia en ese histórico inmueble. De ahí siguió a Rosa E. King, quien lo convirtió en el próspero hotel que vio pasar a Madero, Huerta y Felipe Ángeles y quien interrumpió las operaciones del local, al ser la ciudad tomada por las fuerzas zapatistas en 1914. Posteriormente fue administrado por el afamado español Don Serafín Larrea, los corrillos de provincia atribuyen a que en ese momento, el dueño original fue el General Francisco R. Serrano y que tras su cruento asesinato, Don Serafín se convirtió en el propietario definitivo del sitio. En 1920, cuando Álvaro Obregón se rebeló contra el presidente Carranza, logró huir a Guerrero y en su retorno triunfante a la Ciudad de México, se detuvo en Cuernavaca, ahí arengó a las multitudes desde uno de los balcones del Bellavista. Después el hotel pasó a manos de Jerry Welter, yerno del presidente Portes Gil, alcanzando una época de auge.

La crónica de Mario, remite ineludiblemente a uno de los episodios más dramáticos del siglo XX mexicano, el asesinato del general Francisco R. Serrano, en Huitzilac el 3 de octubre de 1927. Serrano previamente fue un eficaz colaborador de Álvaro Obregón, no solo los unieron lazos de sangre, pues su hermana estuvo casada con un hermano de Obregón, sino que fue también, Jefe de su Estado Mayor, y al amparo del vencedor de la revolución, Gobernador del Distrito Federal y Secretario de Guerra y Marina. Para cuando Obregón lanzó su reelección, Serrano pensó que su carisma lo podría llevar a competir con su jefe, estuvo equivocado, ni Arnulfo R. Gómez ni él, pudieron ser rivales para el Caudillo invicto, el resto de la historia es profusamente conocida. Los sucesos, han sido ampliamente documentados por las plumas de Francisco Santamarina sobreviviente del grupo de Serrano y Martin Luis Guzmán en “La sombra del caudillo” esta última, con su respectiva y polémica versión cinematográfica.

Como es de todos conocido, en la víspera del 3 de octubre de 1927, Serrano fue aprehendido en el Hotel Bellavista. Previamente llegó a Cuernavaca con el pretexto de celebrar su Santo. Aquí, es donde me tomo la licencia de compartir una historia personal, no en aras de los protagonismos a los que suelen ser afectos no pocos de los cronistas locales, sino como una de las tantas historias que vinculan a las familias mexicanas con el periodo de la Revolución Mexicana. Uno de mis bisabuelos paternos, fue Kaichi Abe, el primer inmigrante japonés documentado en Morelos y uno de los fundadores de la vida comercial local durante los inicios del siglo pasado. Kaichi, a quien llamamos el “Abuelo”, fue por cierto buen amigo de Don Serafín Larrea y tuvo uno de los escasos camiones de carga que hubo en Cuernavaca en 1927. Mi otro bisabuelo paterno fue el Coronel de Caballería Roberto J. Almada, de raíces sonorenses y sinaloenses, miembro de las fuerzas de Obregón, hombre valiente que se distinguió en la toma de Culiacán en 1913, misma acción donde murió el legendario Gustavo Garmendia.

Cuando apresaron a Serrano en Cuernavaca, entre sus acompañantes estuvo el Mayor Octavio Almada, apodado “El Chivo”, primo y cuñado del coronel Almada. El “Chivo» fue también asesinado en Huitzilac. Al ser Serrano y sus acompañantes aprehendidos, requisaron el camión de carga de Kaichi Abe para trasladar a Octavio Almada y a otros prisioneros. Debo aclarar, que el camión fue devuelto horas después a su propietario. En ese momento, y en esas rondas del destino, nadie siquiera imaginó que poco más de diez años después, el hijo del japonés dueño del camión de carga, se casaría con una bella muchacha, hija del coronel Almada y sobrina del Mayor Octavio Almada, una de las víctimas de la masacre. La tragedia de Huitzilac entonces no solo marcó la historia de Cuernavaca, sino que también asoció la suerte de familias locales.

*Escritor y cronista morelense.

Coronel Roberto J. Almada Guereña. Fotografía de Yáñez, colección del autor.

Roberto Abe Camil