Declaración

 

Radio pasillo comenta insistentemente entre susurros de ambas partes del muro – el cual por cierto se seguirá extendiendo – que Claudia y Donald andan en una insospechada luna miel conversacional que se prolonga, dicen algunas voces bien o mal intencionadas, más allá del ámbito diplomático. Cabe resaltar aquí un hecho insospechado sucedido cuando se reportó el avistamiento de Melania portando gafas oscuras en un salón de belleza latino, pidiendo lucir una cola de caballo perfectamente alisada como, bueno, ya saben, nuestra presidenta de fama mundial con tal de llamar la atención de su marido de copete anaranjado. Del lado de la frontera opuesta, Jesús observa una reserva total ante el asunto, imitando el temple ya legendario de su esposa.

Ahora bien, regresemos al tema de la conversación telefónica de la que por supuesto no se tiene conocimiento del contenido genuino. Sin embargo, las licencias narrativas y la imaginación nos permiten acceder a ella sin recurrir al espionaje telefónico. Veamos entonces qué matices y giros pudo haber tomado aquella llamada trasfronteriza cuyo resultado principal consistió en ganar tiempo.

Imaginemos entonces la escena en la que el ocupante actual de la Oficina Oval de la Casa Blanca habla con la locataria de Palacio Nacional. Monolingüismo contra un intimidante bilingüismo femenino, la plática se dio en inglés, incluyendo los silencios referentes a lo que realmente cada uno hubiera querido decirle a su homólogo. Donald, reprimiendo su machismo desbordante saludó a Claudia con varios superlativos para luego entablar el diálogo virtual. Claudia se aseguró en primer lugar de la ausencia de su gran amigo Elon a quien sugirió más adelante en la plática, mandar en un vuelo sin regreso a Marte. Mientras conversan, Claudia toma a sorbos una limonada en vaso con popote orgánico. Donald por su parte consume una lata roja que contiene una bebida de un color tan oscuro como el petróleo con un popote de plástico destinado recobrar su hegemonía en Estados Unidos, lo que también pretende lograr el mandatario renombrando al golfo de México y probablemente quedándose con la refinería de Texas.

“Eres una mujer maravillosa, Claudia” le contestó Donald, reacomodando su mechón para no entorpecer el flujo del sonido acústico al escuchar sus recomendaciones con miras del fentanilo. “Voy a llamar a mis amigos publicistas para que ganen millones en el lanzamiento de mi campaña para prevenir el consumo de drogas. América será grande otra vez o dejaré de ser presidente”. Bueno, Donald rectificó enseguida lo último pronunciado ante una Claudia quien se encontraba a punto de pestañear. De común acuerdo tácito, ambos jefes de estado eludieron referirse a las sombras: las de violencia que aquejan las calles mexicanas y las sombras fascistas que brotan en las ciudades estadounidenses.

Quisiera pensar que Claudia además de recordarle que la soberanía no es negociable, le murmuró con delicadeza a Donald que a México le tiene que ir bien porque de otro modo, bien podría llamarle al colega asiático para pedir su apoyo o recordarle que podría abrir sorpresivamente la frontera de par en par, así nomás.

Sus voces entrelazadas en un baile eterno cuarenta y cinco minutos fuera del tiempo mediático dejó más de un periodista en estado extremo de confusión o de perplejidad, esperando en el fondo, se vuelvan a repetir una y otra vez las conversaciones bilaterales en aras de mantener la paz entre los dos países vecinos sin llevar al baile a ninguno de sus habitantes, que no sea envuelto en un enternecedor vals. En medio de la proclamación absoluta del individualismo, amar es hoy día es un gesto casi revolucionario. “No sabían que era imposible entonces lo hicieron” dijo Mark Twain en su momento. Llegamos ahora al final del comunicado emitido por radio pasillo, el medio de comunicación más efectivo de la historia mundial.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX