

(Tercera y última parte)
La descentralización del modelo cultural de Estado ha sido impulsada desde la agenda política de la ciudadanía. Desde el surgimiento del Instituto de Cultura de Morelos en 1988, atravesando por los proyectos de secretarías de Cultura (2012), Turismo y Cultura (2018), Cultura (2024), pero sobre todo en los últimos años, luego de la Reforma constitucional en materia de derechos humanos en 2009 y de la reforma del 4º y 73º que introdujo el derecho de acceso a la cultura dentro de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos ese mismo, integrantes del sector cultural han denunciado que la administración cultural esté centralizada desde siempre a Cuernavaca.
El sector cultural ha sido un agente de cambio para concretar una suerte de reforma cultural a base de ensayo y error, hasta un puerto incierto luego de la aprobación y publicación de la Ley de Cultura y Derechos culturales del Estado de Morelos, pues toca ver si la actual administración va a revolucionar el modelo cultural necesario para una entidad que tiene en lo cultural un pilar de desarrollo negado, reconocido, pero ignorado durante décadas pues pocos, muy pocos gobernantes han puesto empeño en reconocer que desde lo cultural hay un camino para sustituir el modelo económico de capitalismo salvaje que ha contribuido a ensanchar las desigualdades sociales.
Cultura 33+3 fue una irrupción en la exigencia progresiva para la legislación cultural estatal y para el ejercicio de los derechos culturales, más allá de las negaciones y desaires actuales de la Secretaría de Cultura. Esto último no es extraño, corresponde a una larga tradición de desdén en donde el ogro filantrópico casi siempre ha utilizado la aparente necesidad de descentralización como discurso para legitimar la diseminación de su poder, pero no necesariamente para el equilibrio de su ejercicio entre los órdenes de gobierno, el Municipio, el Estado. A este último será la federación la que históricamente le marque el paso, en tanto que no haya una verdadera política cultural que se sostenga democráticamente en un proyecto colectivo e incluyente, y no en un proyecto de ocasión, es decir de escritorio y no de territorio.
Se dice que la cultura es importante, pero nunca urgente, y mucho menos capitalizable políticamente, ni siquiera en el contexto de las llamadas políticas de bienestar. Se hace todo aquello que no conlleve costos, ni económicos, ni sociales, lo cual hace de los proyectos de cultura simples agendas de eventos, es decir de pan y circo, que a la postre, al final de los periodos de gobierno, lo cultural solo fue ornamento para la exhibición de la ignorancia o de la arrogancia. Usted juzgue por periodo y por el estilo personal de administrar y de gobernar.
Sería muy lamentable que, a finales de septiembre de 2027 o de 2030, nos encontráramos con que vivimos un episodio de más de lo mismo. El gobierno actual tiene que ir más allá de sembrar esperanza de transformación como lo hizo con el sector cultural

Pocas veces las administraciones estatales, y menos los ayuntamientos, han sido capaces de impulsar auténticas políticas culturales signadas de manera sustantiva en un presupuesto que vaya más allá de la nómina de quienes muchas veces quieren que los demás hagan gratis lo que ellos hacen cobrando.
Es necesario observar con detenimiento las agendas, sus contenidos, ¿a quiénes se les contrata o a quiénes se les invita? quiénes conforman el incipiente modelo de gestión de la administración de las áreas de cultura en los municipios y en dentro de la administración estatal ¿es palpable el cambio o solo escuchamos la tensa respiración de quienes ocupan los cargos públicos al no tener claridad ni de proyecto ni de rumbo? ¿Existe un proyecto cultural o solo una retórica para salir del paso?
Ganó turismo, ahí hay un proyecto, bastante cuestionable por endeble por su modelo de turismización y disneylización al sostenerse en los llamados pueblos trágicos, pero lo hay. Lo que parece diluirse en el gobierno estatal es la autocrítica y el rigor intelectual para el diseño de proyectos, por ejemplo, la atropellada encendida del árbol de navidad, una pieza bastante rara, la develación de la escultura de Morelos, una obra fea, considerando la calidad diversos escultores morelenses. Del presupuesto ya he hablado. No hay dinero que alcance, y menos si la administración se cierra a la cooperación. Obras son amores y no palabras. ¿hay gestión de recursos más allá del dinero etiquetado por el gobierno estatal y federal? Son minucias de principiante, sí pero así se comienza a pavimentar el camino que ya anda una administración sobre la que hay altísimas expectativas. Yo aún las tengo. Apenas vamos para el medio año. Quedan 5 años.
No advierto, por ejemplo, una política de desarrollo de la infraestructura cultural en las comunidades. En el contexto actual bien vale preguntarnos: ¿Tiene el mismo valor un museo en municipio que el MMAPO o el MAC?, ¿disponen de presupuestos equitativos?, ¿los directores tienen salarios justos o hay distinción y discriminación? Y de fondo: ¿Cuáles son las acciones sustantivas que ha realizado la Secretaría de Cultura del gobierno de Morelos? ¿Cuáles serán las bases del proyecto cultural estatal? ¿Cómo se aterrizarán de manera programática dentro del programa sectorial? ¿Qué papel desempeñarán los consejeros del Consejo Consultivo de Cultura frente a iniciativas propias y ciudadanas? ¿Cómo se van a garantizar los derechos culturales de la población si parece haber temor a la escucha?
La mayor de las veces ha sido la demagogia la que ha privado, por eso es importante vigilar el proceso de transformación de la Secretaría de Cultura de Morelos, y también de las instancias culturales municipales. Estas últimas son una verdadera calamidad, tanto en el diseño de su misión y visión, como en sus procesos de financiamiento operación y gestión.
Hay que tener cuidado, porque como decía Erasmo: «Cuanto menor es el talento, mayor es el orgullo, la vanidad y la arrogancia que se exhiben”.
Seguiremos pensando que, si no es colectiva, y cultural, no es transformación.

