

Uno de los reproches que a menudo se les hace a los científicos, es estar alejados de los problemas de la sociedad. En la indiferente Torre de Marfil, que supuestamente habitan, los científicos parecen estar lejos del mundo terrenal produciendo conocimientos que no impactan. Pero no es así, como lo señaló Luis Fernández Carril (Nexos, abril 7, 2020), al mostrar el papel de los científicos en acontecimientos recientes. Los científicos advirtieron muchos años antes de que ocurriera la pandemia de COVID, de la posibilidad de una enfermedad viral devastadora.
También han señalado repetidamente que los efectos del calentamiento global y el cambio climático pueden tener consecuencias catastróficas para la humanidad en el futuro próximo. La negación política, falta de coordinación nacional e internacional, y la vuelta al consumo de combustibles fósiles ha sido la respuesta. En el campo de la salud pública, la aparición de bacterias infecciosas multirresistentes a los antibióticos en los hospitales es una amenaza global. Numerosos médicos lo han informado desde al menos hace cincuenta años. Más dramático todavía es contar con el conocimiento para prevenir y controlar la diabetes y, aun así, tener una gran proporción de personas con esta enfermedad crónica en el país, con las consecuencias humanitarias, económicas y sociales que conlleva. El conocimiento científico es de dominio público, pero escasamente se le presta atención.
Hace cinco años, el biólogo Antonio Lazcano se hacía una pregunta, publicada en un artículo de opinión de la revista Science, ¿A dónde va la ciencia en México? (Quo Vadis Mexican Science?). Apuntaba, que el combate a la pobreza y la corrupción en el país –banderas ideológicas del gobierno– no se oponía al desarrollo científico. Argumentaba, que reducir el apoyo financiero a la ciencia y a la educación superior, comprometía el desarrollo de una fuerza de trabajo de alta especialización para competir económicamente con el resto del mundo. No hubo que esperar mucho tiempo para tener una respuesta, pues hoy en día se ha puesto en relieve la necesidad apremiante de científicos e ingenieros para desarrollar tecnologías propias y disminuir la dependencia de tecnologías y patentes extranjeras.
El deterioro del apoyo a la actividad científica y la denostación a los trabajadores de la ciencia en el sexenio pasado causó no solo incertidumbre sino hasta falsas interpretaciones de aspectos fundamentales del quehacer científico. Los tropiezos de la política científica del país de los últimos años han sido discutidos ampliamente en diversos medios, pero aparentemente no han dejado aprendizaje en el nuevo gobierno, que aún no define con precisión cuáles son sus objetivos.
Pero sí son un hecho los recortes presupuestales a los centros públicos de investigación y a las universidades.
La falta de recursos financieros amenaza con dejar a la ciencia del país en los puros huesos. Aun así, la actividad de los científicos mexicanos, a saber por el número y diversidad de artículos que publican, muestra que disponen de conocimiento científico suficiente para poder abordar los problemas del agricultor cuyo plantío esta infestado de hongos y bacterias patógenas, o del médico que necesita un dispositivo electrónico para mejorar la administración de determinados fármacos a sus pacientes, o de aquel gran empresario que requiere usar ciencia de datos e inteligencia artificial para mejorar su atención al cliente.

Solo falta entender que el desarrollo de una aplicación tecnológica requiere inversión y un tiempo razonable de desarrollo. La realidad nos está alcanzando y precisamente cuando más falta hacen acciones decisivas para impulsar el conocimiento científico y la economía, menos apoyo reciben los científicos del país.
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