

Sebastián Salgado, la mirada sensible que implora conciencia
Fernanda Isabel Lara Manríquez
Cuando le preguntaron a Salvador Dalí cuál era la diferencia entre una fotografía y una pintura, respondió que los millones que costaban las obras de arte a pincel era la única distinción que se podría hacer entre ambas expresiones. Es a través de la fotografía, de capturas de realidad seleccionadas desde el corazón de la decepción de un modo de producción capitalista cuya columna vertebral es la acumulación vía el despojo que Sebastián Salgado nos llama urgentemente a reaccionar.
Es un llamado a reaccionar por esos millones de dólares que se generan para la acumulación de la riqueza de los países del norte global sobre el despojo de la mano de obra y de la riqueza biocultural que albergan los países del sur global. Salgado refleja las grietas de la explotación histórica de nuestros países, nuestros pueblos indígenas y nuestros territorios para dar cabida a proyectos cuyo único objetivo es perpetuar un modo de vida que no es vida.
En la exposición fotográfica Amazonia, montada en el Museo de Antropología e Historia en Ciudad de México por su compañera de vida y de lucha, Lélia Wanick Salgado, se sensibiliza la mirada frente a un modo de vida que valora aún más los bienes suntuarios y superfluos sobre aquellos bienes naturales comunes que hacen posible nuestra existencia y, si se profundiza aún más, con ayuda de los testimonios disponibles como recursos audiovisuales de esta conmovedora exposición podemos comprender que aquello que se ha reconocido como “retraso” o “falta de progreso” no habita entre los pueblos indígenas, sino entre quienes nos asumimos como modernos y desarrollados.
Porque, ¿cómo podría haber un buen vivir sin bienes naturales comunes y sin la diversidad cultural que hacen posible nuestros pueblos indígenas? Las fotografías de Salgado son un testimonio visual, sentimental y ontológico de la muerte filosófica y epistémica a la que se quiere someter a los grupos originarios desde los primeros momentos de invasión de occidente.

Los pueblos originarios han escuchado la muerte anunciarse en sus territorios a través de diversos proyectos extractivos, como lo es la minería, ya lo señalaba el Gran jefe Seattle en la famosa carta que dirigió al ex presidente estadounidense Franklin Pierce en 1854 cuando éste último pretendía comprar algunas tierras de la tribu Swamish, ofreciéndoles a cambio la creación de una reserva para su pueblo: “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?, esta idea nos parece extraña. Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿Cómo podrían ustedes comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo, cada aguja brillante de pino, cada grano de arena de las riberas de los ríos, cada gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada claro en la arboleda y el zumbido de cada insecto son sagradas en la memoria y tradiciones de mi pueblo […] Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Tanto le importa un trozo de nuestra tierra como otro cualquiera, pues es un extraño que llega en la noche a arrancar de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada la abandona, y prosigue su camino dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle nada. Tanto la tumba de sus padres como los derechos de sus hijos olvidados. Trata a su madre, la tierra y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos o collares que intercambian por otros objetos. Su hambre insaciable devorará todo lo que hay en la tierra y dejará detrás suyo tan sólo un desierto”.
Este choque cultural sobre la percepción el territorio entre pueblos originarios y Occidente nos habita como humanidad desde las propias invasiones de países imperialistas a inicios del siglo xvi en América Latina, el Caribe, África, y en general, el Sur Global. Las relaciones de colonialidad hicieron metástasis en nuestros territorios y en nuestras epistemologías, tanto que no hace falta ir a documentos como el anterior, escrito hace tantos años y en una latitud lejana.
Hay territorios de explotación para la acumulación a la vuelta de la esquina, me pregunto ¿cómo reflejaría Salgado las grietas de extracción minera en los cerros de Tláhuac e Iztapalapa? Esas minas de las cuales, cuando se hace trabajo de campo y preguntas, la gente prefiere evadir el tema por el temor latente hacia quienes están involucrados en complicidad por el asesinato de dicho espacio -el cual inició desde el siglo xvi-, o que cuando se indaga en la institución designada al acceso a la información, simplemente se niegan los datos y las secretarias a cargo “se pasan la bolita”.
¿Cómo romper con esas relaciones que prometen tantos bienes suntuarios y un modo de vida superfluo que se sostiene a crédito mientras se nos despoja de lo más elemental de la vida? ¿Dónde oferta el modo de producción capitalista la conciencia? Ésta nos ha sido despojada también para así ampliar la acumulación de unos cuantos, recuperarla es la única vía para recordar que, como decía el gran jefe Seattle: “nosotros le pertenecemos a la naturaleza y no ella a nosotros”.

Mujer joven asháninka. Estado de Acre, Brasil, 2016. Sebastián Salgado.

