Vivir en la ciudad, ¿vivir sin raíces?

 

Viví parte de mi juventud en los departamentos conocidos como “Las Torres” en la entrada a la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca, en el municipio de Jiutepec. En aquel entonces, me pasaba desapercibido que, un predio de aproximadamente 500 metros cuadrados rodeado de calles y casas, cubierto de polvo y arena, sería el lugar ideal para desarrollar el intelecto, el amor al país y a su naturaleza.

Gracias a la práctica del escultismo, en este espacio se abrió una nueva realidad para mí y para decenas de niños y jóvenes. Ahí conocí personas maravillosas que forjaron parte de mi carácter e inculcaron en mí el amor por la naturaleza, un sentimiento que perdura hasta hoy. Lamentablemente, con los años, el uso de este pequeño predio cambió. Lo que antes era un espacio de formación para las infancias y las juventudes, ahora resguarda automóviles como estacionamiento privado.

Ante la degradación mundial de los ecosistemas, en el año 2000 las Naciones Unidas impulsaron la construcción de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, que tuvo como objetivo evaluar las consecuencias de los cambios en los ecosistemas en el bienestar humano y generar las bases científicas para mejorar la conservación y el uso sostenible de los mismos. A raíz de dicha evaluación se identificaron los servicios ecosistémicos de soporte (formación de suelos, fotosíntesis, etc.); provisión (producción de materias primas, agua, etc.); regulación (purificación del agua, mantenimiento de temperaturas, etc.) y los servicios culturales (valores simbólicos, estéticos, espirituales, creatividad, salud y bienestar, entre otros).

Los servicios ecosistémicos culturales son resultado de relaciones dinámicas y complejas entre los ecosistemas y los seres humanos, forjadas a lo largo del tiempo. Sin embargo, una vez degradados, es poco probable que puedan ser reemplazados. Como bien escuché de un joven expositor durante la celebración del Río Cuautla 2024: «Cuando el agua desaparece, también desaparecen las relaciones culturales y espirituales construidas en ese sitio«.

Según el INEGI, en 1950, en México 43% de la población vivía en localidades urbanas; en 1990 el porcentaje era de 71%, para 2020 era ya de 79%. Es decir, la mayoría de la población vive ahora en localidades urbanas. Ese traslado ha demandado grandes extensiones de territorios y de manera general, se ha desarrollado bajo escasos niveles de planeación territorial, dando como resultado, la liberación de contaminantes urbanos, industriales y agrícolas, propiciando la destrucción y la disminución de la calidad de los ecosistemas circundantes. En esta realidad crece la ciudad y crecen sus habitantes, sin tener bien a bien una idea de cómo sería desarrollarse en una ciudad saludable, arbolada, con espacios que detonen la espiritualidad y la creatividad, que sea un escape de la contaminación auditiva, visual y la competencia de la ciudad.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, se requieren de al menos 16 metros cuadrados de áreas verdes por habitante para garantizar su bienestar (https://www.gob.mx/conanp/articulos/ciudades-verdes-y-sustentables). Sin embargo, esto pocas veces se cumple, como es el caso de Cuernavaca, donde según la tesis “Los parques públicos de Cuernavaca: historia, política y organización territorial”, se cuenta con aproximadamente 3.13 metros cuadrados de área verde por habitante, condición que es mitigada por la presencia de las barrancas urbanas y los jardines privados.

En este contexto, ¿de qué manera podríamos fomentar la conservación de la biodiversidad si la mayoría de la población, en particular la menos privilegiada, no recibe los beneficios de los parques públicos ni de las áreas verdes? ¿Cómo podríamos generar un sentido de arraigo hacia la naturaleza si la experiencia cotidiana de muchas personas está marcada por la ausencia de estos espacios y sus interacciones? La respuesta es evidente: esta desconexión nos esta llevado a la crisis ambiental que enfrentamos hoy.

Aún estamos a tiempo de corregir el rumbo, especialmente ante la inminencia del cambio climático. Es responsabilidad de los municipios crear parques públicos que reparen esta deuda con la población, así como del gobierno estatal fortalecer y expandir las áreas naturales protegidas. Ambos niveles de gobierno deben incluir en sus programas de ordenamiento territorial esquemas de protección a la naturaleza, tanto dentro como fuera de las ciudades. Estas acciones no solo garantizarán la provisión de servicios ecosistémicos, sino que también serán fuente de inspiración, espiritualidad, creatividad, salud, bienestar y esperanza.

El humano sin esperanzas es fácil de controlar, y aquel que tenga el control, tendrá el poder”. Gmork, La Historia Interminable.

* Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, por invitación de Gabriel Millán. @victor.bios

Imagen cortesía del autor

Víctor Hugo Flores-Armillas