

Delia Ramírez Castellanos, originaria del municipio indígena de Hueyapan, ha dedicado su vida a preservar y fortalecer su cultura nahua a través de la docencia, la música y el activismo comunitario. Con 44 años, es maestra de educación primaria y una firme defensora de las tradiciones y derechos de su pueblo.
Hueyapan, ubicado en las faldas del volcán Popocatépetl, está situado a 99.7 kilómetros de Cuernavaca, la capital de Morelos, en 2017 fue declarado municipio indígena y actualmente tiene una población de alrededor 23 mil habitantes.
Desde pequeña, Delia entendió la importancia de la educación, aunque su camino académico no fue lineal. Completó la primaria a los 11 años y, tras una pausa, retomó sus estudios de secundaria a los 16 mediante el sistema abierto del INEA. Sin embargo, en su comunidad no había muchas opciones para continuar estudiando. “Cuando llegó el Colegio de Bachilleres a Hueyapan, lo hizo sin instalaciones propias y con la advertencia de que, si no se reunía un número suficiente de alumnos, lo cerrarían o lo trasladarían a otro municipio”, recuerda.
A pesar de que sentía que ya no estaba en edad de estudiar, una amiga la convenció de inscribirse. “Me dijo: ‘Métete a estudiar, porque si no, se van a llevar la escuela y no es justo’. Ella ya lo estaba cursando de manera abierta en otro lugar, así que decidí entrar, aunque fuera solo para sumar matrícula”, cuenta. Así, a los 23 o 24 años, Delia se convirtió en parte de la primera generación del Colegio de Bachilleres en Hueyapan. “Al inicio, las condiciones eran muy rústicas. No había un edificio propio, las bancas eran largas y no teníamos mesas individuales. Después, habilitaron algunas oficinas del agua potable para que funcionaran como dirección y aulas”, explica.
Durante esos años, no solo avanzó en su educación, sino que también comenzó a involucrarse más en la vida comunitaria. Al concluir el bachillerato, su interés por la música la llevó a estudiar en el Centro Morelense de las Artes, donde aprendió a tocar el violín. Sin embargo, las dificultades económicas y la lejanía de su comunidad le impidieron continuar. “Me encantaba la música, pero era complicado costearlo y viajar constantemente. Entonces decidí buscar otra opción que me permitiera seguir aprendiendo y, al mismo tiempo, aportar a mi comunidad”, comenta.
Fue así como ingresó a la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), donde obtuvo la licenciatura en Pedagogía con enfoque en Educación Preescolar y Primaria en el Medio Indígena. “Elegí esa carrera porque, además de estudiar, siempre he participado en temas políticos comunitarios y culturales. Desde joven asistía a las asambleas del pueblo y sentía la necesidad de aportar y participar activamente”, explica.

“Queríamos que la gentes se volviera a apropiar de su lengua y su historia”
Además de su labor como docente, Delia ha sido una promotora activa del náhuatl y la oralidad en su comunidad. “Nos dimos cuenta de que cada vez menos niños hablaban nuestra lengua, así que organizamos círculos de conversación en náhuatl”, cuenta. En estos espacios, los ancianos compartían historias sobre cómo en las escuelas se les prohibía hablar su idioma. “Nos decían que, cuando eran niños, los maestros los castigaban si los escuchaban hablando náhuatl. Eso hizo que muchos lo dejaran de usar y que ahora las nuevas generaciones lo vean como algo ajeno”, explica.
Como parte de este esfuerzo, Delia y un grupo de jóvenes comenzaron a organizar actividades culturales, como obras de teatro comunitario bilingüe y recitales de poesía en náhuatl. “Queríamos que la gente se volviera a apropiar de su lengua y su historia. Así nació la Feria de Hueyapan, un espacio donde podíamos compartir nuestra música, poesía y teatro”, cuenta.
El primer recital se llevó a cabo en 1996 o 1997, en la fecha en la que tradicionalmente se hacía una comida en la Casa del Mayordomo en honor a Santo Domingo de Guzmán. “No había nada más en esa fecha, así que pensamos: ‘Aprovechémosla para hacer algo cultural’. Empezamos con un recital de poesía y poco a poco fuimos sumando más actividades”, recuerda.
Lo que inició como un pequeño evento local pronto creció hasta convertirse en un festival con participantes de otras comunidades indígenas y estados. “Al principio, solo éramos nosotros, la gente del colectivo. Luego empezamos a invitar a otros municipios, después a nivel estatal y, finalmente, llegaron participantes de Michoacán, Puebla, Guerrero y el Estado de México”, relata. Durante cinco años consecutivos, lograron sostener el evento con apoyo de la comunidad y algunas instituciones.
La fiesta popular se convierte en evento municipal
Sin embargo, la falta de recursos hizo difícil mantener la feria. “Había que atender a los invitados, darles hospedaje y comida. En ese proceso, trabajamos de cerca con Culturas Populares y recibimos apoyo de personas como Norma Zamarrón, quien nos ayudó en la elaboración de obras de teatro y en la formación de actores comunitarios”, explica.
Con el tiempo, las autoridades municipales tomaron el control del evento. “Un día llegaron y nos dijeron: ‘Descansen, nosotros nos encargaremos de la fiesta’. Y pues, efectivamente, se quedaron con el evento”, dice con cierta nostalgia.
Más allá de la Feria de Hueyapan, Delia ha seguido promoviendo la educación y la defensa del territorio. Ha trabajado en proyectos para preservar la memoria histórica de su comunidad, documentando testimonios sobre la lucha por el acceso al agua y la autonomía del municipio indígena. “Siempre hemos defendido lo nuestro, porque sabemos que si no lo hacemos nosotros, nadie más lo hará”, afirma.
Cambiar a la música fue la opción
A través de la enseñanza, la música y el activismo, Delia Ramírez Castellanos sigue sembrando semillas para que las nuevas generaciones reconozcan y defiendan su herencia cultural en Hueyapan. “Mi lucha es para que los niños y jóvenes de mi comunidad sepan quiénes son, de dónde vienen y no tengan miedo de hablar su lengua ni de defender su identidad”, concluye.
Luego de que el municipio asumió el control de la feria que ella y su colectivo habían impulsado, cambiando el propósito original del evento, que buscaba difundir la música local y la poesía.
A pesar de ello, continuó promoviendo la identidad cultural a través de talleres para niños, recopilando cuentos y leyendas de Hueyapan y participando en la traducción del libro Oye, Yasepa. “Fue un trabajo muy especial porque permitió rescatar relatos que forman parte de nuestra identidad”, explica.
Su amor por la música la llevó a ser parte del proyecto Yankuik Kuikamatilistli, con el que recorrió diversos espacios, llevando la música tradicional nahua a escenarios importantes. «Nos presentamos en lugares como Nikan Lizli, el Festival Cervantino en Cuernavaca y el Olinca», comenta con entusiasmo.
Una vida entre la música, la poesía y la identidad
En el transcurso de su vida, Delia ha tejido un camino lleno de arte, cultura e identidad. Su pasión por la música la llevó a grabar un disco titulado Noashka, en el que recopiló algunas canciones del señor Lino Valderas Pedraza, originario de Hueyapan. Este proyecto no solo representa un tributo a la música tradicional, sino también una manifestación de su arraigo a las raíces de su comunidad.
Pero la expresión artística de Delia no se limita a la música. La poesía también ha sido una parte fundamental de su vida. Sus versos han encontrado espacio en diversas publicaciones, y además ha logrado consolidar su propio libro, también nombrado Noashka, en el que explora la identidad y el sentido de pertenencia al lugar donde vive.
Su trayectoria la ha llevado a participar en distintos proyectos culturales. Ha formado parte de la TGC, aunque reconoce entre risas que a veces los nombres pueden escurrirse de la memoria. Asimismo, colaboró en el proyecto Yankuikui Kamatilisi y en Tu trator en el cuello, iniciativas que han sido significativas dentro de su desarrollo artístico y comunitario.
Con cada paso que da, Delia reafirma su compromiso con la cultura, la memoria y la expresión creativa. Su trabajo resuena en quienes la conocen y en aquellos que han seguido su trayectoria. «Ahí están mis colaboraciones; unos años después, saben que hemos trabajado», concluye con orgullo.
La educación y la identidad cultural
Con más de una década como docente, Delia enfrenta los desafíos de un sistema educativo que no siempre valora la riqueza cultural de los pueblos indígenas.
—¿Cómo vives ahora esta carrera que decidiste y que ejerces desde hace 10 años?
—Híjole… sí siento que estoy en dos estaciones. Trabajo en una escuela general, donde no se enfatiza mucho el contexto social y cultural de los niños en su aprendizaje. Pero, de manera independiente, sigo dando talleres en mi casa.
Con la implementación de la Nueva Escuela Mexicana, Delia ha encontrado puntos de coincidencia con su formación. “El modelo se acerca más a lo que nos enseñaron en la licenciatura, porque ahora se consideran las lenguas indígenas, las comunidades y sus prácticas. Para mí no es difícil porque mi preparación coincide con esta nueva forma de educar”.
—¿Consideras que la Nueva Escuela Mexicana es viable para el aprendizaje de las nuevas generaciones?
—No en su totalidad, porque nada está completo. Pero al menos ahora se toma en cuenta la cultura del niño, algo que antes no existía. Solo importaban las matemáticas, la historia y demás conocimientos. Hoy se habla de identidad y cultura en los libros de texto y en los planes de estudio. Se promueve la investigación de leyendas, canciones y tradiciones en la lengua de cada comunidad.
Para Delia, la educación va más allá de las aulas. Su trabajo con la música le ha permitido fortalecer la identidad de su comunidad, algo esencial en un contexto donde los territorios indígenas están en constante riesgo. “Si alguien ama su territorio, lo defenderá. Y hoy vivimos en un sistema capitalista que busca apropiarse de los recursos de los pueblos: el agua, los bosques, la naturaleza”.
El turismo es uno de los principales retos para las comunidades indígenas. “Mucho se habla de proyectos turísticos, pero en realidad las comunidades no son las beneficiadas. Quizás vendan algo, pero no tienen el capital para construir hoteles o restaurantes. Ahí es donde otros se aprovechan. Por eso es clave que los niños amen el lugar donde viven”, apuntó.
—Con esta apropiación de la cultura y la lengua, ¿ves frutos en tu esfuerzo y en la Nueva Escuela Mexicana?
—Sí, aunque luchamos contra gigantes. Desde el Estado se habla de la importancia de los pueblos indígenas, pero muchas veces solo es un discurso para evitar que las comunidades exijan sus derechos. En la práctica, no siempre es así.
Según Delia, el respaldo gubernamental suele estar condicionado. “Los indígenas cercanos al gobierno sí son beneficiados, pero en general seguimos viendo cómo los partidos llegan con despensas y dinero a cambio de votos. Es difícil, porque para muchos lo más fácil es aceptar lo inmediato, en vez de apostar por un futuro más seguro”.
A pesar de todo, no se rinde. “Aunque solo tres o cuatro semillas queden sembradas, vale la pena. Es lo que nos toca hacer”.
Difícil mantener el equilibrio
La vida de Delia está marcada por la enseñanza, la música y la lucha por la preservación de su cultura, un equilibrio difícil de mantener.
—Tienes múltiples roles: maestra, tallerista, música y defensora. ¿Cómo equilibras todo esto?
—No es fácil, pero creo que todo está conectado. Cuando doy clases, transmito algo más que conocimientos; comparto una identidad. Cuando hago música, también estoy contando una historia de nuestro pueblo. Y cuando defiendo nuestro territorio, lo hago porque sé que todo lo que hacemos está ligado a la tierra en la que vivimos.
Para Delia, la educación es el camino para fortalecer las raíces y garantizar que las futuras generaciones de Hueyapan crezcan con orgullo de su herencia nahua. “Si un niño aprende quién es y de dónde viene, nadie podrá decirle que su cultura no vale”, concluye.
La radio comunitaria una vía de difusión y preservación
Como activista, Delia ha tenido un papel fundamental en la preservación de la lengua, la cultura y el territorio de Hueyapan. “Nuestra meta era informar. Informar por todos los medios: la música, la poesía y la lucha directa. La lucha directa era necesaria”, expresa, refiriéndose a los años en que impulsaron la radio comunitaria en su municipio. “Comenzamos a hacer radio junto con una organización llamada Centro de Encuentros y Diálogos, y logramos alianzas con lo que antes fue el Sistema Morelense de Radio y Televisión. Eso nos permitió que nuestra voz se escuchara en todo el estado”, señala con orgullo. A pesar de los avances, la lucha no ha sido fácil. “Hoy son otros temas, pero seguimos defendiendo el territorio, el agua, el bosque. Hay muchos intereses detrás”, comenta, haciendo referencia a la amenaza constante de proyectos como la termoeléctrica, situada en Huexca, Yecapixtla, que forma parte del Proyecto Integral Morelos (PIM) que comprende de un gasoducto que cruza por Tlaxcala, Puebla y Morelos, así como un acueducto, que se conecta a la termoeléctrica.
Gracias a todas las luchas que se han dado, hoy podemos hacerlo mejor
La resiliencia de Delia se ve también en su postura frente a los críticos dentro de la comunidad. “Dentro de la comunidad hay de todo. Están los vendepatrias, los vendepueblos, que distorsionan la información para favorecer su versión de los hechos. Dicen que no sirve ser autónomo, que como municipio no sabemos gobernar. Pero eso no es así. Gracias a todas las luchas que se han dado, hoy tenemos un espacio para participar y demostrar que podemos hacerlo mejor”, enfatiza con firmeza.
El activismo de Delia no es solo una defensa de su tierra y cultura, sino también una lucha por el futuro de las nuevas generaciones. A pesar de los obstáculos, su compromiso con la educación y la identidad sigue siendo el motor que la impulsa. Al final, Delia reflexiona sobre su camino y los proyectos por venir. “En este caminar, hemos conocido a muchas mujeres y hombres. Ahora estamos por iniciar un proyecto en redes sociales, para seguir fortaleciendo nuestra voz. Todo lo que hemos hecho, no ha sido en vano”, concluye con la mirada puesta en el futuro.

La música es inseparable de Delia; Foto: Cortesía

Delia Ramírez, profesora


