

Farid Barquet Climent.
A Alejandro Anaya Huertas
Pasa por erudito en futbol quien es capaz de recitar de corrido los apellidos y/o los apodos de una alineación mítica. Para efectuar tal ostentación, a veces ni siquiera es necesario declamar como retahíla toda una oncena. Basta con enumerar —con la entonación sin pausa de quien se manda un en-el nombre-del-padre-del-hijo-y-del-espíritu-santo cuando se santigua— a los miembros de una delantera instalada en la posteridad.
En Argentina, todo hincha de River Plate que se respete pronuncia sin respirar Muñoz-Moreno-Pedernera-Labruna-y-Loustau cuando se le pregunta por La Máquina de River, celebérrima ofensiva del club de la banda roja en la década de 1940. Tostao-Jairzinho-Gerson-Pelé-y-Rivelino es la cantinela que brota de sólo pensar en la selección brasileña campeona del mundo en México 70. Mientras que los chivahermanos, la secta de aficionados de las Chivas del Guadalajara, repiten como un mantra el ataque del Campeonísimo que dominó el futbol mexicano desde mediados de los cincuenta hasta mediados de los sesenta: Díaz-Reyes-Hernández-Ponce-y-Arellano.
Entre los seguidores del Real Madrid suelen proferirse dos estribillos del tipo apuntado. El que remite a la lejana cosecha de las primeras copas de Europa del equipo merengue —Di Stéfano-Puskas-Rial-Kopa-y-Gento— y el que nos transporta a los tiempos de la ochentera Quinta del Buitre. Pero ocurre que la mayoría de los que intentan dictar al hilo la integración de esta última, no lo consigue porque se atora al momento de nombrar al que completa el retrato grupal. El esfuerzo por eslabonar sus apócopes futbolísticas empieza con la mención de Butragueño —cuyo apodo, “Buitre”, da nombre al quinteto—, continúa con Michel, prosigue con Sanchís, al que le sigue Martín Vázquez. Y hasta ahí. Porque las más de las veces llegado ese punto la oración se detiene. Salvo que se trate de un auténtico docto en madridismo, quien la formula no alcanza a culminarla, toda vez que… ¡le falta uno!
¿Quién ese ese uno que colma La Quinta del Buitre? ¿Por qué a tantos les resulta tan huidizo? ¿Qué puede explicar que la memoria de la afición no lo conserve con la misma frescura que a sus otros cuatro compañeros de aquella generación magnífica?

Con la intención de dispersar la nebulosidad que injustamente rodea su registro en amplios segmentos de la fanaticada, hoy, en su cumpleaños número sesenta, en FutboLeo.net recordamos a Miguel Pardeza.
Único de La Quinta no nacido en Madrid, Pardeza se mudó a los trece años a la capital española para jugar en las fuerzas inferiores de la Casa Blanca. Procedente de su natal Huelva, se instaló en la pensión del club, “un inmueble poco apto para acoger a deportistas”, según lo describe el propio Pardeza en un ensayo autobiográfico, publicado en forma de libro con el título Torneo por el sello editorial Malpaso en 2016.
Cuánto ha cambiado el futbol en menos de medio siglo. Ningún parecido guardan las condiciones bajo las cuales la familia Pardeza Pichardo consintió hace nueve lustros que su hijo Miguel se incorporara a los juveniles del conjunto de Chamartín, con el acuerdo alcanzado en 2022 por los parientes del brasileño Endrick, entonces de 15 años, para que se sumara a la entidad una vez que cumpliera, como cumplió, la mayoría de edad de cara a la temporada en curso. Mientras el precontrato del ex Palmeiras —de acuerdo con información de ESPN— rondó los 75 millones de dólares, el onubense arribó a Madrid en 1979 con la única seguridad de un precario alojamiento que, a sus padres, gente sencilla, les dejó “un mohín de disgusto e inquietud”. A la llegada del adolescente Pardeza, el Real Madrid era presidido por Luis de Carlos, sucesor en el cargo de Santiago Bernabéu, de quien fue tesorero. Sabedor de la necesidad de cuidar las pesetas, sentado ya en la silla de la máxima responsabilidad dirigencial tras la muerte de Bernabéu en junio de 1978 de Carlos aplicó políticas de austeridad de gasto menos en la contratación de figuras extranjeras —fichó al inglés Laurie Cunningham por un monto jamás pagado hasta entonces por el club— que en la inversión en la cantera. Pero de aquello Pardeza no se queja. De los jóvenes que con él habitaron la modesta pensión, a la distancia de casi cuatro décadas afirmó: “recibimos un cuidado irreprochable y un trato cariñoso de las personas que estuvieron a cargo de nosotros”.
Estoy seguro de que, más que con “disgusto e inquietud” por el estado de la pensión en la que dejaron a su vástago, los padres de Pardeza volvieron a Andalucía con preocupación. Porque si bien el año anterior, 1978, luego de treinta y cinco años de dictadura España se había dado la Constitución democrática que hoy continúa rigiéndola, en mayo de aquel 1979 hubo un bombazo en la cafetería California 47, en la madrileña calle Goya, atribuido a grupos de resistencia antifascista, que dejó nueve muertos. En julio la organización independentista vasca Euskadi ta Askatasuna (Euskadi y Libertad, por sus siglas ETA) cometió atentados con bombas en el aeropuerto madrileño de Barajas y en las estaciones Chamartín y Atocha del Metro. En noviembre ETA secuestró al secretario de relaciones exteriores del entonces gobernante partido Unión de Centro Democrático (UCD), el diputado Javier Rupérez, al que liberaron luego de transcurrido más de un mes. En diciembre, durante una manifestación convocada por centrales sindicales contra la aprobación del Estatuto de los Trabajadores —legislación laboral de avanzada que retomó el talante social de la Constitución republicana de 1931, pero que en aquel 1979 despertó oposición— dos jóvenes estudiantes, Emilio Martínez Menéndez, de veinte años, y José Luis Montañés Gil, de veintitrés, murieron por disparos de la Policía.
Un Madrid de “ambiente tenso”, como sintetizaba el diario El País el día después de Navidad.
Al arribar a Madrid, Pardeza dejaba atrás una región que en absoluto carecía de prosapia futbolera. Huelva tenía entonces un club en Primera División, el Recreativo, el más antiguo de España, que debe su nombre a la transliteración de Huelva Recreation Club, denominación con la que lo creó el médico escocés William Alexander Mackay en 1889. Pero la solera balompédica de la que presumía como presume la ciudad radica en que en su cuenca minera se jugó el primer partido de futbol en suelo español del que se tenga noticia. Ocurrió en agosto de 1887, en las minas de Riotinto, a 55 kilómetros de La Palma del Condado, el barrio en el que Pardeza nació y creció. De acuerdo con investigaciones del periodista angloespañol Jimmy Burns Marañón —biógrafo “maldito” de Maradona, autor de un libro no autorizado sobre la vida del genio argentino intitulado La mano de Dios, y nieto del insigne médico, filósofo y académico de la lengua Gregorio Marañón— fue un capitalista escocés, Hugh M. Matheson, el introductor del futbol en España. Ya decía yo que el nombre Hugh, Hugo, iba a quedar imbricado en la historia del futbol ibérico.
Matheson, empresario del té y los textiles, compró en 1873 las “moribundas minas de cobre de Riotinto” y para conectarlas con el mar —por aquello de la que, para Alejandro Álvarez Reyes Retana, flamante miembro titular de la Academia de Ingeniería México, es la “vocación extractiva” inherente a la industria de los trenes— mandó construir la línea ferroviaria que desemboca en los embarcaderos de Huelva, cuyos trabajadores él supo congregar mediante la financiación de clubes que dejaron la huella de su labor filantrópica, tal como lo subraya la historiadora Consuelo Domínguez en su libro sobre Matheson, publicado por la Universidad de Huelva (UHU).
Fruto de la semilla asociacionista sembrada por Matheson en Huelva es La Palma Club de Fútbol, el equipo en el que Pardeza tuvo sus inicios. Fundado en 1915, hoy compite en la quinta categoría dentro de las divisiones del futbol español. Fue en la casa del conjunto palmerino, el pequeño estadio municipal de La Zarcilla, donde Pardeza disputó su primer partido en un campo de futbol “de verdad”. Primero en encuentros escolares entre equipos conformados por alumnos de diferentes cursos. Luego con un equipo con amigos, al que pusieron por nombre Palmeiras porque habían visto por tv las participaciones del equipo paulista en los torneos veraniegos que solían organizar equipos españoles para presentar a sus plantillas. “(La Zarcilla) —escribe Pardeza— a mí me parecía el mejor estadio del planeta. (…) No había pisado ningún otro”.
Fue en La Zarcilla donde sus cualidades futbolísticas empezaron a llamar la atención. Miguel recuerda que, una tarde, un visor del Real Betis Balompié, un veterano bético ampliamente reconocido, se apersonó en el taller mecánico propiedad de su padre en La Palma. Quería llevarse a Miguel a probarse en el albiverde de la capital andaluza. A ese emisario, como a otros autorizados de otros clubes que mostraban interés, el señor Pardeza “se enfrentó como un monolito de adustez, cuando no de desdén”. El principal involucrado en aquellas conversaciones explica así la actitud de su progenitor: “Su ética profesional presentaba alergias a toda forma de ganarse el porvenir que no depe ndiera del trabajo o del estudio. Y el fútbol estaba en las antípodas de ese ideario”.
Pero de repente ocurrió algo que venció la reticencia paterna. Bajo la modalidad de un programa de concursos, la televisora pública —Televisión Española (TVE)— organizó un campeonato de futbol infantil a nivel nacional cuyos partidos de instancias superiores serían transmitidos. La ilusión del niño Pardeza y sus coetáneos se disparó. La emisión les provocaba “el hormigueo de vernos corretear por televisión y de que La Palma se dejara de conocer exclusivamente por sus vinos”. El representativo de El Condado superó las eliminatorias provinciales y, para su fortuna, Huelva fue elegida como sede del siguiente round. En adelante los onubenses no pararon de ganar, gesta que en el pueblo “se tiñó de tonalidades apoteósicas”. Pero aún faltaba una aduana más “antes de comparecer en la ansiada televisión”. Y no iba a dirimirse en condición de localía ni tampoco en alguna población cercana. Había que ir a Madrid.
Miguel dice que fue la suerte. “En una jugada aislada, el balón encontró una red que, gracias a los hados, fue la de ellos”, la del Palencia, el contrincante en la antesala de la televisación. “La misma suerte se repitió tres veces. O no fueron tres, sino dos. Siempre he sido una calamidad para los resultados,” escribió.
Además de significar su primer triunfo en Madrid, mucho hubo de presagio en aquella victoria, pues la camiseta del La Palma era, como es, nada menos que blanca. Limpia y blanca que no empaña. Y digo que fue presagio porque, una vez terminado el torneo organizado por TVE, la revista Corumbel, en una nota de la autoría del periodista Laureano Ramírez Rodríguez, informaba que Miguel Pardeza, tras ser condecorado como el mejor jugador del certamen, era fichado por el Real Madrid.
En 1979, mientras el intelectual de izquierdas Enrique Tierno Galván asumía como alcalde de Madrid inaugurando una época de apertura liberadora; y mientras Pedro Almodóvar lanzaba Arrebato, estelarizada por Helena Fernán Gómez, en los equipos inferiores madridistas Pardeza no hacía sino romperla. Otro de los integrantes de La Quinta del Buitre, Miguel González “Michel”, así lo testimonia en su propio libro: “Tengo amigos que me confirman que (gracias a Pardeza) el campo de ceniza, el de San Cristóbal de Los Ángeles, se llenaba, (Pardeza) metía a 2,000 personas allí, cuando el Real Madrid se enfrentaba al Atlético de Madrid. (…) No había los medios ni las televisiones de hoy en día —escribe en 2003— que sacan todos los movimientos de los jugadores del Real Madrid. Por eso, Pardeza era casi una leyenda en el ambiente futbolero de Madrid”.
Episodio cumbre de sus magníficas exhibiciones canteranas fue la goliza 8-1 que los juveniles merengues les propinaron a los del FC Barcelona. Bien lo recuerda el periodista Tomás Roncero en su libro sobre el Real Madrid. Esa tarde a Pardeza tuvieron que sacarlo de cambio y resguardarlo antes de que los blaugranas vengaran a golpes sus “afrentas”.
En 1982 Pardeza debutaba con el Castilla, filial madridista de Segunda División, en la cancha de Carabanchel, y Almodóvar recibía críticas ensañadas por Laberinto de pasiones, la película icónica de la movida madrileña. “En Laberinto de pasiones me sumergí en las entrañas de un Madrid explosivo y cosmopolita. Lo convertí en el centro neurálgico del mundo, el lugar donde todo sucede, donde todo es posible”, declaró el también director de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Tan todo era posible en Madrid en 1982 que los socialistas Felipe González y Alfonso Guerra llegaban al poder, y Miguel Pardeza, con tan sólo una temporada en el equipo sucursal, era llamado a integrarse al plantel estelar del entonces seis veces campeón de la Champions. En un documental producido por el diario As, Vicente del Bosque, único entrenador campeón mundial varonil de categoría mayor con la selección española, actual interventor de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) designado por el Consejo Superior de Deportes (CSD) para poner algo de orden y decencia tras los desaguisados protagonizados por el impresentable Luis Rubiales y compañía, recuerda que, de entre los de la Quinta, Pardeza era el favorito de Alfredo Di Stéfano, a la sazón director técnico merengue. Y por eso fue el primero del quinteto en ser convocado a entrenarse con el primer equipo.
Si con un jugador madridista Pardeza estaba llamado a entrar en sintonía, era con alguien como él, un futbolista-lector: Jorge Valdano. Así como al argentino se le vio leyendo, en la concentración de su selección en la Copa del Mundo México 86, el libro sobre futbol del antropólogo inglés Desmond Morris (Soccer Tribe, traducido al español por editorial Vergara en 1983 bajo el título El deporte rey, ritual y fascinación del fútbol) Pardeza desde sus años de jugador llevaba adelante sus estudios profesionales de filosofía. Raras avis en un medio en el que el cultivo del intelecto solía ser visto con recelo si no con desconfianza, todo haría suponer que uno necesitaría la compañía del otro. Pero el futbol habría de interponerse para que no fuera así. Les deparó jugar una misma posición: la de extremo. Ambos reclamaban para sí portar la camiseta ‘11’. Sólo uno podía hacerse de la titularidad. Y el que se impuso fue el campeón mundial.
Para la segunda mitad de 1987, Pardeza era cada vez menos requerido por el entrenador madridista Leo Beenhakker. Los puestos de la ofensiva estaban todos ocupados. Hugo Sánchez, Butragueño y Valdano, no le dejaban resquicio a Pardeza para aspirar a tener más minutos de actividad. Tomó entonces la decisión de marcharse. El Real Zaragoza fue su equipo de destino. Se resquebrajó así la Quinta del Buitre, que no volvió a reunirse sino hasta 1989 en la selección. En el Mundial de 1990 en Italia estuvieron juntos, enfundados en La Roja.
Durante el decenio maño de Pardeza (1987-1997) tuvo lugar el que quizá sea el máximo logro de su carrera: conseguir un trofeo continental con un equipo que lejos está de ser sinónimo de triunfos. Fue una noche en París, hace treinta años. Cuando languidecía el primer tiempo de la prórroga del partido final contra el Arsenal de Londres, emulando a un basquetbolista que a la desesperada lanza un tiro de tres puntos y la emboca, Mohamed Alí Amar, mejor conocido como Nayim, sorprendió adelantado a David Seaman —imaginen a Ned Flanders, el vecino de Los Simpson, metido a portero— para anotar el gol que valió la Copa UEFA para la causa aragonesa. Los berridos chirriantes de los relatores —“¡Gol de Nayim! ¡Gol de Nayim!”— aún retumban en mis tímpanos.
El escritor mexicano Andrés Iduarte, durante sus andanzas por Andalucía, desde donde reporteó para publicaciones mexicanas las incidencias de la guerra civil española, describía a Huelva como una localidad “con su región minera y altiva, y con su pobre costa pescadora, que no vive sino del recuerdo del Descubrimiento”. El recuerdo del descubrimiento parece haber estado muy presente en Pardeza. Porque si Colón zarpó del Puerto de Palos, el Puerto de Huelva, para descubrir América, Pardeza habría de viajar con igual destino. En 1997 se enroló en un equipo mexicano, el Puebla, club del Estado del mismo nombre, uno de los de mayor inmigración hispana. Ahí diría adiós al futbol en activo dos años después. Al paso del tiempo, en la escritura encontraría el mejor sucedáneo para transitar, con los menores traumas posibles, a la vida postfutbol.
Debemos al periodista Julio César Iglesias el bautizo de aquella camada de talentosos madridistas como La Quinta del Buitre. Su colaboración del 14 de noviembre de 1983 en las páginas de El País la intituló “Amancio y la quinta de ‘El Buitre’”, etiqueta pegadora que replicaría, ya no en los titulares ni tampoco en las entradas, pero sí en los cuerpos de los textos que bajo su firma aparecieron en las ediciones del 4 de diciembre de 1983 y del 7 de febrero de 1984. En aquella entrega que inauguró tan afortunada fórmula, Iglesias aludía al puñado de jóvenes dirigido por Amancio Amaro, tremendo regateador —cualidad que compartía con Pardeza— dos veces pichichi, que para entonces oficiaba, desde el banquillo del Castilla FC, como mentor de aquellas promesas que se podían contar con una mano: Butragueño-Michel-Sanchís-MartínVázquez-y-Pardeza. Y Pardeza. Y Pardeza.

Credencial que acreditaba a Pardeza como jugador infantil, obtenida de su libro autobiográfico.

Imagen del aeropuerto de Barajas tras el atentado de 1979 que ETA se atribuyó. Foto: ABC- Cortesía del autor

Foto antigua de La Zarcilla. Cortesía del autor

Pedro Almodóvar en los ochenta. Foto: Cortesía del autor
La Quinta en los noventa, con Pardeza en el Zaragoza. Foto: Cortesía del autor

Pardeza levanta la Copa UEFA en París. Su padre reparaba coches en la automotriz francesa Renault. Foto: Getty Images.

