

«Ellos me dijeron que estaba protegida. Pero no es protección lo que siento.
Lo que siento es cautiverio.»
M. Atwood
Lo que estamos presenciando hoy en la política mundial no es solo una amenaza al avance de los derechos humanos, sino un retroceso cultural y social que anuncia un futuro ya no tan distópico.
Las figuras de Donald Trump y Javier Milei, con su retórica incendiaria y su nula comprensión de los procesos históricos, encarnan un pensamiento retrógrado que se erige como una amenaza directa a las luchas por la igualdad, la libertad y el respeto a los derechos de todas las personas.
A pesar de que ambos parecen personajes con una intelectualidad mínima para entender los procesos históricos, son precisamente este tipo de figuras las que ocupan el poder, lo cual es profundamente peligroso. Son hombres que sostienen un sistema que solo beneficia a unos pocos —muy pocos—, mientras que las mujeres y los hombres que no encajan en el estatus quo de la heterosexualidad y la masculinidad tóxica son abandonados. En este contexto, el «estado de guerra» que estas figuras proponen se refuerza mediante la amenaza constante de la violencia, tanto simbólica como física.

Lo más peligroso de este pensamiento oscurantista es que no solo busca limitar nuestras libertades, sino que también ataca la esencia misma de lo que significa ser persona.
Es fundamental que comprendamos que el feminismo es, ante todo, una lucha por la humanidad, por el reconocimiento de las mujeres (y de todas las personas) como seres humanos completos, con derechos, dignidad y autonomía.
El feminismo no se basa en atacar a los hombres, sino en cuestionar un sistema de opresión que ha funcionado durante siglos, donde las mujeres han sido consideradas propiedad, esclavas sexuales y reproductivas de un patriarcado injusto y violentamente jerárquico.
Los discursos de Trump y Milei son una manifestación de un feudalismo intelectual y digital que intenta perpetuar un sistema de dominación y exclusión. Aunque las herramientas sean distintas —la política tradicional en el caso de Trump, y el populismo económico en el caso de Milei—, ambos comparten un mismo anhelo de hegemonía. Son hombres que sueñan con una sociedad heteronormativa, donde todo aquel que no se ajuste a esa visión rígida de lo que debe ser «normal» quede relegado, no solo a los márgenes, sino a la invisibilidad, la violencia o la subordinación.
Si no me cree, le invito a leer, o a ver la serie El cuento de la criada de Margaret Atwood (1985), en la que se describe una sociedad distópica donde las mujeres son reducidas a simples «úteros con piernas». En la República de Gilead, las mujeres son forzadas a gestar los hijos de los poderosos, en una jerarquía teocrática que suprime sus derechos y les niega su humanidad. Aunque la novela fue escrita hace décadas, los problemas que aborda siguen vigentes y son cada vez más evidentes, no solo en los Estados Unidos, sino también en muchas otras partes del mundo. La obra de Atwood, a pesar de ser una ficción, refleja las advertencias que la realidad parece confirmar: el abuso de tecnologías en la gestación, la contaminación del medio ambiente, el fanatismo religioso y los movimientos políticos de extrema derecha.
Si algo nos enseñó El cuento de la criada, es que frente personajes como los antes mencionados: el retroceso nunca es abstracto; es algo muy concreto, peligroso y real.
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