Omar Alcántara Islas*

En 1925, Chaplin, uno de los creadores de la comedia cinematográfica, rodó La quimera del oro (The Gold Rush), que fue, junto con El acorazado Potemkin de Eisenstein, una de las películas más memorables de ese año. Al cumplirse el primer cuarto del siglo XXI, vale recordar uno de los filmes que estaba construyendo la historia del cine hace un siglo; además de ser la película por la cual el cómico hubiera querido ser recordado, según sus propias palabras.

La historia se ubica en Alaska, a finales del siglo XIX, cuando la fiebre por el mencionado metal lleva a grupos de ilusionados exploradores hacia esos gélidos terrenos. Hoy, algunos estadounidenses, ávidos de otros metales, quieren conquistar Groenlandia, pero hace cien años, además de mirar hacia Alaska, muchos de ellos le daban forma a Nueva York, que se estaba perfilando como la gran urbe del mundo moderno. En la otra costa, en la tan lastimada California de estos días, crecía, a la vez, el prestigio fílmico de Estados Unidos entre las colinas de Hollywood. Se trataba de un país distinto al de nuestro presente, donde aún había héroes de carne y hueso, uno de estos, aunque de origen británico, era Charles Chaplin.

Filmada en la misma California, la cinta comienza con tomas generales de largas filas de exploradores como hormigas en la nieve, a manera de documental, donde se introduce súbitamente a su importante personaje, quien camina por las orillas de un acantilado, totalmente ajeno al desenfadado oso negro que en algún momento está a sus espaldas. Pero en sus 72 minutos el filme, además de comedia contiene drama y aventura, junto con algunas de las escenas más importantes de la carrera de Chaplin y que pertenecen al imaginario visual del siglo XX.

En esta fiebre áurea, el solitario minero será inesperado galán romántico e inconsciente héroe, pues a partir de su ingenio y su buena suerte logra sobrevivir a todas las tragedias que acechan la vida común de los buscadores de oro. No sabremos de dónde viene, pero sabremos que como hombre moderno se habrá forjado un destino, después de haber sido considerado, por este mismo sino, como un pollo gigante que alguien más, en su desesperación, pretende comer; repetidamente, el riesgo mortal se convierte en circunstancia hilarante y aún en la melancólica soledad de su fallida fiesta de año nuevo la apesadumbrada figura nos entretiene con un baile original.

Estamos, en aquel momento, a dos años del final del período silente, pero el cine ya ha dado bastantes muestras de madurez. Esa mayoría de edad artística también se refleja en la película hecha por Chaplin, cuando el director, guionista, productor, editor y actor de esta contaba con 36 años. Con su talento consigue llevarnos de la sensación de anonimato, de los grandes grupos que vimos al inicio de la cinta, a la peculiaridad del individuo que ha triunfado en su empeño económico, pero que, en la última toma es mostrado, una vez más, vestido con el traje de la pobreza.

El filme pareciera bastante consciente de sí mismo, a tal punto que, en su conclusión, el personaje no solamente rechaza una fotografía sino que aún quiere ser considerado como parte de los desposeídos. De este modo, no solamente somos llevados a considerar una trascendencia de la soledad mediante el enamoramiento, sino que también hay una invitación a la solidaridad mediante uno de los actos más sociales entre los humanos: la risa –aspecto público de la psique humana que ya examinaba el filósofo francés Henri Bergson en su libro de 1900 con este título, La risa–.

La película fue reeditada por Chaplin en 1942, añadiendo la música y su propia voz en off como narrador de los acontecimientos, mas su primera versión es ya centenaria, tiempo suficiente para evaluar su rango de clásico, a partir de la pregunta sobre si todavía tiene algo qué decir a este nuevo siglo que vivimos en la hiperdispersión de los gustos y las identidades.

Aquí se considera, sin dudarlo, que sí, por la sencillez de la historia, por la inventiva de sus recursos, pero, sobre todo, por su buen humor accesible a todo mundo, tan necesario en todos los tiempos y lugares.

La esperanza también es lo suyo, y en esa perseverancia solo Chaplin puede improvisar un cinturón con la correa de un perro sin dejar de bailar con una mujer, al tiempo que empieza a bailar en simultáneo con el perro, y después se une un gato; y en su arraigado buen talante está listo para lidiar con todo lo que acontezca. Aún mejor es que actualmente se puede mirar la película, con los intertítulos en español, en varias páginas de video en internet.

*Doctor en literatura comparada

Fotograma de “The Gold Rush”, Charlie Chaplin. britannica.com

La Jornada Morelos