Omar Alcántara Islas*

El ángel exterminador (1965), la última película que Buñuel rodó en México, comienza con la huída de un trabajador doméstico con nombre de evangelista, Lucas, de una mansión donde se lleva a cabo una gran cena, en la calle de la Providencia. Cuando el anfitrión llama a Lucas por segunda vez, nos enteramos de que, gradualmente, estamos ingresando en un bucle, cuya nueva constancia visual es un brindis.

Buñuel es un maestro del surrealismo cinematográfico y sumado a eso, no pone límites a las alusiones bíblicas y simbólicas en esta cinta, aunque él mismo evita hablar de simbolismos en su obra. Al inicio de El ángel exterminador, incluso, hay una leyenda (no en la versión en YouTube), mediante la cual el director pide considerar la puesta en escena que se va a mirar como una obra sin explicación alguna; y acaso «como la vida, sujet[a] a múltiples interpretaciones».

En este filme, Leticia (Silvia Pinal) destaca entre la veintena de invitados. En algún momento es tildada de «virgen» por el chismorreo; la alusión es sexual, pero también religiosa en este contexto; pues será ella la que pida reconstruir el pasado para descubrir en qué momento se cruzó el extraño umbral del absurdo; después, encabezará la marcha hacia el exterior como si fuera, nuevamente, a semejanza de Viridiana, un ángel providencial, que aquí también atiende a los enfermos.

Buñuel, en contrapartida, más con sarcasmo que con ironía, irá más lejos y presentará a Silvia Pinal, en el mediometraje Simón del desierto, como el Diablo mismo, la tentación permanente y alegre que acecha al asceta Simón. Pero regresando a El ángel exterminador, acaso hayan sido las alusiones masónicas, las patas de gallina o una fuerza que se apodera poco a poco del espacio –confiérase «Casa tomada» (1946) de Cortázar–, pero la burguesía se tiene que enfrentar a sus limitaciones, es decir, al hecho de que en circunstancias anómalas su poder es ridículo.

¿O cuál es la llave que abre una puerta invisible? El espectador o el crítico se enfrentan a esta misma pregunta al querer interpretar la película. Las imágenes religiosas en las puertas lo único que permiten es abrirlas para que los invitados puedan liberarse de sus humanas necesidades, esconder a los muertos o practicar la infidelidad. Son puertas custodiadas por ángeles, como si la religión fuera el disfraz o la apariencia detrás de la cual la burguesía esconde lo que no quiere mirar o le repugna, hasta que llega un momento donde incluso el hedor de esto es insoportable. Nadie puede traspasar ese umbral, a menos que uno tenga la inocencia de los niños o de los corderos, como decía el evangelio.

Mas, reconstruyamos un poco la película. En la primerísima toma, mientras aparecen los créditos, vemos la fachada de una iglesia; y una iglesia es el lugar al que se volverá al final de la cinta. La iglesia se convierte en un símbolo circular donde hay que colocar los acontecimientos y es la nueva prisión mientras los borregos balan libres, y hay un ataque de la caballería contra la muchedumbre, ¿qué significa esto? Con Buñuel es inevitable pensar en los años del franquismo, pero en México, a la par, está comenzando un decenio brutal y sangriento para los movimientos populares.

Como ya lo han destacado muchos otros, el tema es, de igual modo, el de los frágiles cimientos de la civilización en circunstancias limítrofes, por ejemplo, una epidemia. Este juego con los límites es uno de los pasatiempos más entretenidos entre los humanos y por eso nos fascinan las historias. Sin embargo, aquí los personajes son superficiales, como si el mundo no empobreciera con su falta.

Y es que en las tres películas comentadas de Buñuel se ponen en tela de juicio los valores religiosos tradicionales y los preceptos de la modernidad burguesa; frente a estos, se erige una reflexión sobre el cristianismo y se coloca a la modernidad artística –las vanguardias y un nuevo instrumento, el cine– como fuente de resistencia y búsqueda de modos de ser alternativos.

Solo un azaroso reacomodo de las piezas del rompecabezas permite concebir a Leticia que hay momentos o experiencias importantes en la realidad que pueden alterar profundamente el futuro. La música y un poco de solidaridad parecen romper el hechizo. De otro modo, hasta que Leticia reconoce el valor de la música para dar orden al mundo, después de haberla interrumpido bruscamente en dos ocasiones –la primera, con el piedrazo a la ventana–, hay una esperanza. Y la Providencia en estas películas de Buñuel, sea la músicla clásica, el rock o el puro tañir de las campanas, suele ser musical.

La Jornada Morelos