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San Silvestre el Joven
Del auténtico San Silvestre el Joven no queda otra memoria que la de un encuentro que tuvo con el falso San Silvestre el Joven, o el Seudo Silvestre,
como lo llamaron. Dicha entrevista fue un motivo frecuente para los pintores de retablos de la selva chiclera en el primer tercio del siglo pasado, pero muy pocas de tales obras sobreviven, ya sea, como dicen algunos, porque las condiciones naturales de la región hacen improbable la conservación de estas pinturas en madera; o bien, como quieren otros, debido a que, en realidad, los pintores de retablos de la selva chiclera fueron más bien escasos, y aún hay quien duda de su existencia.
Como quiera que sea, una tarde de verano, mientras veíamos pasar las aguas mansas del San Pedro, una mujer de piel encendida y pechos rotundos, llamada por sus rumbos la Chanata, me contó que un día, en algún tiempo remoto, en algún lugar de la selva –de esa selva del san Pedro, decía ella, mientras el viento iba acumulando nubes, porque ella creía o sabía que todo cuanto ha acontecido en el mundo sucedió a orillas de su río–, se encontraron el falso y el auténtico santos Silvestres los Jóvenes, cada cual seguido por mujeres, hombres y niños que recogían asombrados sus milagros y que al descubrirse unos a otros enarbolaron garrotes y machetes con frenética devoción.
Pero los santos no en balde lo eran, aunque uno de ellos fuera falso por necesidad, y sosegaron a sus huestes con una doble mirada oblicua. Como en una topada, se pusieron mutuamente a prueba primero con prodigios más o menos ordinarios: levitaron un poco, caminaron por el fuego, resucitaron algún picaflor.

Uno de ellos, finalmente, decidió hacer una demostración irrebatible y se dirigió hacia un remanso al que nadie se acercaba porque estaba infestado de mosquitos. Pero él les habló con un susurro y los insectos se apartaron sin tocarlo. Entonces el otro se dirigió también hacia el agua y se despojó de la camisa y hablo con los moscos y éstos lo cubrieron enteramente y se alimentaron con su sangre.
La Chanata me miró con la boca entreabierta y el aliento recortado y yo vi tras ella el cielo poblado de nubes enormes y quise preguntarle cuál de los dos creía ella que fuera el verdadero San Silvestre el Joven, pero antes de que pudiera hacerlo se desató la tormenta.
Cuando volvimos a mirarnos, empapados y anhelantes, bajo el resonante techo de lámina de la bodega, como que habíamos olvidado a los santos; como que teníamos más bien otro interés.
B/
Oración a Santa Nostalgia
Allende la mar hay una isla. Allende la mar de tierra, la mar de hombres, la mar de tiempo, la mar de altas olas y madrugadas de sal. Mar adentro de los ojos, siempre, cada quien lleva otros días, otras plazas, otro sol, otra mirada;
le urgencia del regreso o de arribar a la playa prometida.
Por la gracia de tu clemencia, alta Señora, vengo a postrarme al abrigo de tu sombra pura pedirte que ampares mi derrotero.
Santa Nostalgia, sirena y virgen, cuídame los pasos, los vientos, los sueños, las compañías, los pensamientos, las tristezas. No dejes que me pierda de mi isla, no permitas que llegue a ella sin darme cuenta, no toleres que la destruyan mi codicia, mi ira, mi abandono, la torpeza de mi amor.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

