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Le gustaban los cambios repentinos y extremos, la música que comenzaba tejiendo dulces armonías y de repente se convertía en estruendo. Le gustaba la serenidad de un bosque nocturno, acompasado por familias de insectos, que hacían de su clandestinidad una fiesta. Prefería el calor al frío. La única oscuridad que gozaba era la de sus ojos cerrados. Entre reír y llorar nunca sabía qué elegir. La risa puede ser muy triste y hay llantos plenos de dulzura. Sus sueños eran un mundo aparte y casi nunca los recordaba, aunque presentía que cada noche, al cruzar sus fronteras, se internaba en otra vida, plena de gozo y olvido. Esas expediciones nocturnas eran, sutilmente, la brújula de su vigilia.

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De ese tipo de creencias estaba hecha su vida, que era como decir su memoria. La muerte, en su código existencial, era la oportunidad de darle vida a esos ausentes que son nuestras querencias. Llorarlos era necesario, como un rito de paso, un conjuro para que la tristeza encontrara sosiego. La muerte de nuestros muertos, como otra forma de vida. Aunque, lo sabía, entre decir y sentir se asomaba un abismo insondable, un desafío para cada cual.

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Le gustaba el aroma del tomillo porque de inmediato sentía la presencia de su abuela. Era un ensalmo que lo devolvía a aquellos días de su niñez, cuando todo tenía el rostro de lo posible y la sonrisa de la abuela lo confirmaba. “Un día sabrás que hacer con este presente”, le decía ella.

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De mis labios…

I

De mis labios flores marchitas,

de mis ojos ciervos encandilados

de la música un silencio estruendoso…

Sólo el aire del olvido

la fe que leve eleva nuestras creencias

y mi cuerpo que anochece.

II

¿Quién será esa sombra que pasa a mi lado

como una ilusión o certeza de nuestros adioses?

III

He venido a vivir una vida que no me pertenece.

IV

Existió una vez un tiempo

en que la dulzura nos tomó por sorpresa

y la vida simplemente sucedía

mientras el mundo se desmoronaba

V

Miedo no hay, ahora no hay

sólo el rumor de la mar en calma

Raúl Silva de la Mora