

Cuando visité los museos Louvre, D’Orsay o Del Prado ansié admirar un paisaje de nuestro orgullo morelense, pero nada encontré. “Allá ellos, no saben de lo que se pierden y que su racismo cultural los harté” me dije. Don Jorge no es un pintor más dentro del montón. Aquí en México es reconocido como genial paisajista autodidacta.
Me consolé pensando que antes de la era digital y gracias a que la cerillera La Central imprimió en las cajas los 106 paisajes pintados por don Jorge Cázares Campos su obra fue contemplada y disfrutada millones de veces por personas de todas las clases sociales; porque el diminuto e imprescindible cerillo lo mismo se usa en mansiones para encender aristocráticas chimeneas o en humildes chozas para prender el fogón. Cientos y quizá miles coleccionaron las cajas. Uno de ellos, mi padre, que orgulloso, presumía: “Cázares es morelense, tiene familia en Tehuixtla”. Infinitas tardes lo vi extender sus cajas en la gran mesa de su sastrería; después de contarlas, valiéndose de una lupa, recorría gozoso uno a uno los detalles. Repetidas veces elogió dos cuadros de Tlaquiltenango, uno referente a un puente colonial y otro al río Yautepec.
Por primera vez pude contemplar un inmenso paisaje de don Jorge en casa de su entrañable amigo don Raúl Iragorri. A mi padre se lo comenté. “A ver si un día que te vuelvan a invitar a esa casa me llevas”, pidió. Volví varias veces a casa de don Raúl, pero por razones de índole diversa, nunca se le hizo a mi padre disfrutar en tamaño colosal y sin lupa un paisaje del maestro Cázares.
Al paso de los años le compartí a don Raúl mi interés de escribir el testimonio de vida y obra de don Jorge. Y de inmediato lo llamó por teléfono. Veinte minutos después ya estábamos en su casa, recorriendo de ladito el atestado taller y yo anotando de prisa las salpicadas vivencias infantiles de don Jorge.
Lesiones, enfermedades, en su casa como en la mía, truncaron la intención de escribir el testimonio de “un morelense de los que ya no hay”, como le oí decir al trovador, poeta y escritor Isaías Alaniz.
Es tiempo de que autoridades actuales de Cuernavaca reparen la tacaña decisión de aquel cabildo que puso el nombre de Jorge Cázares Campos a un tramo pequeño de calle en el que absolutamente nadie vive.


JORGE CÁZARES

