La violencia fue una constante en la historia de las guerrillas mexicanas de la segunda mitad del siglo XX. Al formar parte de organizaciones guerrilleras, todas y todos sus militantes aceptaban que abría momentos en que quizá deberían actuar de forma violenta. El objetivo era cambiar la realidad por medio de una revolución armada; sin embargo, no siempre había uniformidad en la interpretación de cuáles prácticas violentas eran adecuadas o legítimas en términos revolucionarios.

Me parece claro que, en general, quienes formaron parte de la lucha guerrillera no se inclinaban a favor de la violencia por que pensaran que tenía un valor en sí misma. Más bien se trataba de interpretarla, por un lado, como método de defensa ante gobiernos autoritarios; es decir, creían que era el único camino que les dejaba el régimen priísta; por el otro, la violencia era pensada como apropiada si el fin último era la construcción de sociedades más justas. Así, estos jóvenes revolucionarios legitimaban el uso de métodos violentos ya que, desde su perspectiva y con todo y sus saldos negativos, al final la ecuación generaba un resultado positivo.

Uno de los temas más controversiales en ese sentido fue el “ajusticiamiento” de militantes guerrilleros o personas en general que, según las consideraciones de algunos cuadros, ponían en riesgo el triunfo de la revolución o no colaboraban como debían hacerlo. Haré uso de un testimonio para ejemplificar lo anterior. Identifico a mi informante como “Carlos” (ya que quiso mantener reservada su identidad). Mi entrevistado militó en la Liga Comunista 23 de Septiembre durante 1974, un periodo caracterizado por fuertes divisiones y rupturas al interior de la organización. En ese contexto, “Carlos” recibió la orden de un militante de rango superior para “ajusticiar” a otro miembro de esa guerrilla:

En una reunión me plantearon que yo iba a encargarme del “ajusticiamiento” de un compañero […] ¡A la madre!, pues yo estaba muy tenso por eso; quitarle la vida a un compañero, por mucho que haya tenido diferencias o que haya sido acusado de lo que sea, para mí era algo terrible, ¡terrible! Asistí a la reunión con la idea de cumplir con mi cometido […], pero, afortunadamente, el compañero no asistió a la cita y yo respiré aliviado.

Hay otros casos de “ajusticiamientos” que podemos comentar. Uno de ellos es el del militante troskista Alfonso Peralta Reyes, quien fue atacado por una brigada de la Liga Comunista 23 de Septiembre el 12 de mayo de 1977 a las afueras del CCH-Azcapotzalco de la Ciudad de México (donde daba clases). En este caso, desde la Liga se asumió el “ajusticiamiento”, como quedó documentado en la edición 31 de su periódico Madera. En este caso, se acusó a Peralta de:

asumir una abierta actitud represiva y policiaca contra los estudiantes proletarios y contra los revolucionarios organizados. ¿Quién no escuchó alguna vez a Peralta y sus secuaces cuando en todos los rincones del CCH Azcapotzalco aconsejaba denunciar a la policía a los militantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre cuando éstos anduvieran distribuyendo la propaganda revolucionaria? […] Peralta era un verdadero policía político y como tal no merecía más que el ajusticiamiento, como así lo merecen todos y cada uno de aquellos lacayos de la burguesía que asuman estas actitudes policiacas.

El tema de los “ajusticiamientos” es delicado y algunas y algunos exmilitantes y académicos tienen reservas para hablar al respecto. Yo creo que el tema puede ser atendido desde una perspectiva responsable; de entrada, reconociendo que tales violencias no son equiparables con las de la contrainsurgencia estatal, ni cualitativa ni cuantitativamente.

Lo más importante es tratar de entender estas dinámicas en su propio contexto. Me parece evidente que quienes impulsaban los “ajusticiamientos” tenían una racionalidad detrás que —correcta o no— les daba sentido y los justificaba. Tal racionalidad se centraba en imaginarios que no dejaban lugar a matices y términos medios: si alguien se oponía o criticaba el “verdadero método revolucionario”, merecía morir. El término “ajusticiamiento” revela esa lógica de justificación: no se trataba de asesinatos, sino de prácticas necesarias y “justas” para el triunfo de la revolución.

También es importante reiterar que las violencias guerrilleras y estatales tuvieron marcadas diferencias. Las guerrillas no utilizaron la tortura y desaparición forzada de manera sistemática. Ese es territorio exclusivo del Estado mexicano (dicho sea de paso, quienes ocupan puestos de dirección hoy en día tienen la obligación de impartir justicia; con el aumento de la militarización, esa posibilidad parece alejarse).

Los ajusticiamientos existieron y representan un desafío para quienes nos interesa investigar y difundir estas temáticas. Afrontar el tema con responsabilidad implica evitar sobredimensionarlo —pues, aunque relevante, no define la totalidad de las experiencias de la lucha guerrillera—, pero también reconocer su existencia como parte de realidades históricas concretas que no deben ser ignoradas.

*Profesor de Tiempo Completo en El Colegio de Morelos. Doctor en Estudios del Desarrollo por el Instituto Mora.

Cuitláhuac Alfonso Galaviz Miranda