

Lo que hace el libro es hablar de pasiones muy singulares, muy específicas, muy raras, muy fuertes.
Hugo Hiriart
Existen actos de amor que no lo parecen. Ceremonias intimas que confrontan a quien las vive, porque sabe muy bien que nada las puede explicar ni justificar. El amor es ciego y sus motivos no son asunto de la razón. De esa sustancia intuitiva debió nacer Si no sabes de mi es porque estoy bien, un viaje sinuoso por la enfermedad, los conflictos familiares, el desasosiego y una incansable pasión, igualmente ciega, para encontrar las certezas del amor filial en ese océano de marejadas ciclónicas.
Ya desde su primera línea, la novela anuncia su devenir: “Don Rober tiene cáncer”. Lo que sigue es el vía crucis de un hombre que ha dedicado su vida a estafar a todo mundo y de su familia. “Pensé que estaba muerto”, comenta su hijo, dejando en claro que el humor negro será fundamental en este relato. No hay otra mejor manera para encarar los infortunios de la vida y Rodrigo Solís lo tiene muy claro. Pero también tiene muy claro que debe escapar de la metáfora siniestra: “Aquellos con el vientre abultado parirán su propia muerte, dijo un griego para describir el cáncer. Debo ignorar la metafísica banquetera que culpa al karma. Pagas lo que debes. El que a hierro mata a hierro muere. Don Rober ha sido transa, manipulador, abusivo, pero no se merece su enfermedad”.
Con una endemoniada habilidad para narrar, conjugando lo sórdido de la historia con el humor negro, Rodrigo Solís ha creado un relato pleno de reflexiones, donde el naufragio de una familia se va tornando en un ajuste de cuentas que al final enfrenta a cada cual consigo mismo y sus fantasmas. No se trata de una fábula con moraleja, sino un fino retrato de la condición humana y de los desafíos que entraña bregar con lo que nos ha tocado.
La vivencia del cáncer que se apoderó de Don Rober da lugar para conocer su manera de estar en el mundo, buscándose la vida sin los más mínimos escrúpulos: “Cuando Rober pierde en el hipódromo o en el casino, se fija muy bien quien gana. Trata de obtener la mayor cantidad de información sobre la persona, como buen cazador. Lo sigue, lo acecha, infiltra sus defensas, se hace su amigo; luego ya le está contando chistes, dando consejos y, cuando menos se lo espera, ya está vendiéndole algo (arte, muebles, tiempos compartidos en Puerto Vallarta), sacando el anticipo, traficando contactos, negociando tiempos de entrega de los pedidos más descabellados que uno se pueda imaginar”.

El dolor y la ironía se confabulan en esta novela, para internarnos en un camino que todo el tiempo sucede a contracorriente, entre hospitales, medicinas, quimioterapias, maldiciones y un obstinado aferrarse a la vida.
En Si no sabes de mi es porque estoy bien, lo cotidiano sucede al borde del abismo. Todo es extremo y desmesurado. Salvador, el hijo, el cuidador de su padre, se defiende confrontándolo, burlándose de él, hiriéndolo para que experimente lo que se siente ser maltratado. Su propósito no es encarar las adversidades como quien mira pasar las nubes sin alterarse. Al contrario, “de tal palo tal astilla”. Pero hay un momento en que tira la toalla, se cansa de recorrer ese vía crucis y decide alejarse de los peligros que imponen la cercanía a un padre que todo el tiempo lo reduce a la insignificancia. Pero su opción es delirante, desorbitada y desafiante: montado en su bicicleta, se aleja rumbo al mar, cruzando por parajes y caminos donde la muerte acecha.
La literatura siempre ha sido, entre muchas otras cosas, una guarida para procesar los infortunios, un profundo dialogo con uno mismo. Esta novela es una intensa demostración de amor incondicional, pero también una indiscutible manifestación de masoquismo, una biografía del dolor y un acto de resistencia. Aquí, Rodrigo Solís apuesta por la querencia, confrontándose a sí mismo, muy decidido para no estafarnos.

Si no sabes de mi es porque estoy bien, Rodrigo Solís.
Editorial Inefable, noviembre de 2024. México. 231 pp.

