

Spotify y creación musical
La música siempre ha ocupado un lugar preponderante en el campo artístico, ha definido y redefinido la cultura. A lo largo de la historia humana la música ha dado paso a hábitos y estilos de vida en donde lo sonoro se convierte en un pilar fundamental de la existencia humana. Hoy, curiosamente, que estamos saturados de interfaces y herramientas musicales que han multiplicado las posibilidades de hacer música, de grabar, de reproducirla y de difundirla, se habla de que su peso ha venido a menos.
Para nadie es un secreto que en los tiempos que corren YouTube y Spotify son más importantes en el consumo musical que la radio, la televisión y las publicaciones periódicas. El efecto que tiene el streaming, los algoritmos y los smartphones ocupan el lugar de aquellos en el descubrimiento de un nuevo artista y en la formación de gustos musicales. Pero no olvidemos que las plataformas digitales musicales tan populares hoy día no salieron como arte de magia de una chistera, ya que constituyen el último paso de una evolución más larga de las herramientas digitales de circulación de la música que se remonta a los primeros pasos de la música, que siempre ha ido cambiando conforme se modifican o renuevan las interfaces de creación, escucha, reproducción y circulación de lo musical.
No es de interés aquí despotricar contra las mecánicas del consumo actual, aunque sí nos interesa apoyarnos en Pierre Bourdieu de que no es extraño usar nuestros gustos culturales para comunicar a otros quiénes somos, para diferenciarnos o para defenestrar determinados gustos y consumos musicales. Y eso es lo que sucede con las nuevas generaciones que trazan por un lado una demarcación, pero también tienden un lazo de comunicación e identificación con los otros a través de las interfaces que usan para escuchar su música; los sonidos que degustan les permiten tejer sus redes sociales, pero también pintar su raya y usar su gusto musical para comunicarle a otros con tales signos a qué comunidad se pertenece. Eso tampoco es inédito, lo que hacen las plataformas y las redes sociales es actualizar esa dinámica tan arraigada en nuestra sociedad: escuchamos algo no sólo porque nos gusta, sino porque comunica a los demás nuestra posición en el mundo, como sucede con la ropa que elegimos usar o los lugares que frecuentamos.
Spotify es la plataforma que se ha posicionado en el consumo del streaming musical. Actualmente, según Statista, esa plataforma cuenta con 406 millones de usuarios a escala planetaria, de los cuales 252 millones son suscriptores premium en todo el mundo. Una plataforma que destaca por conformar perfiles nítidos de sus abonados: registra cada una de sus acciones en la plataforma, la traduce en datos valiosos para la empresa, de manera que sabe con claridad el título y el género de la canción que escucha cada usuario, el lugar donde sucede eso y en qué momento deja de escuchar o abandona Spotify. Posteriormente, a partir de esa vigilancia constante de los movimientos de las personas, construye un perfil cada vez más detallado de sus gustos para predecir con mayor certeza las elecciones futuras de su consumo musical. Ese es el gran capital que posee Spotify, lo que le permitió salir a bolsa y afianzarse en la misma, apuntalar con mayor financiamiento la plataforma y destacar como gran exponente del capitalismo de plataforma.
Los músicos no se van con la finta y piensan que Spotify es una alternativa para vivir de la música, ya que si un músico o banda al subir su música en Spotify parten de que así será es que están llevando su imaginación más allá de la lejanía. Spotify paga casi «nada» por cada reproducción de una rola; en todo caso para lo que sirve Spotify es para que el músico o banda tenga un espacio de visibilidad, como una herramienta de promoción y a partir de eso tener foros de presentación en vivo.

Lo interesante desde el lado del consumidor o melómano es que la mayoría de las críticas más comunes a Spotify y a toda música de plataforma, es que la transmisión basada en algoritmos desalienta el descubrimiento de nueva música; no brinda una posibilidad de una experiencia musical «funcional», significativa y estética; que empuja a los músicos a componer canciones más cortas, mejor explotables mediante algoritmos; que promueve principalmente música insípida y aburrida; lo que, en definitiva, facilita la escucha pasiva, distraída y en donde la sonoridad pasa a segundo plano, cual si fuese una música de supermercado.
Lo cierto es que diversas investigaciones han venido desmintiendo eso, lo que sucede es que las prácticas de los diletantes musicales al ser múltiples ya no son tan visibles como en el pasado. Incluso la consideración de que la música de plataforma ha hecho que la música haya perdido densidad, que ahora su valor y centralidad en la experiencia de las nuevas generaciones está en su liquidez, en su ubicuidad. Pero los melómanos digitales no dependen sólo de lo que le sugieren los algoritmos de las plataformas. La verdad es que existen grupos de fanatizados, que se pierden por horas en atmósferas sonoras, y la misma liquidez de lo musical les sirve para navegar por diversos contenidos y explorar lo que va a tono con sus gustos y no escuchan solo lo sugerido por las plataformas.
En cuanto a la dedicación a la escucha musical, esto viene de lejos, ha sido un tema que incluso ya ocupaba la atención de diversos estudios. El psicólogo musical John Sloboda hace dos décadas, mucho antes de la expansión de las plataformas de streaming, que la escucha musical atenta y concentrada sólo representaba el 2 por ciento de todos los tipos de escucha musical, cuestión que se volvió a reafirmar en el mismo porcentaje diez años después en un estudio de Greasley y Lamont, cuando ya dominaban los archivos MP3 y los iPod.
Lo cierto es que no podemos soslayar una cuestión evidente: la música es, de hecho, parte del tejido de nuestra vida diaria, la utilizamos para enriquecer nuestra sociabilidad, como una herramienta básica de nuestras relaciones con el mundo, comenzando por una serie de tecnologías e interfaces que ayudan a canalizar nuestras necesidades musicales, pero que ni las crean ni las determinan.
Hoy está claro que el peso de lo musical sigue vigente para los melómanos de plataformas. Pero se habla de un nuevo quiebre de lo musical con la popularización de la inteligencia artificial (IA). De hecho, Spotify desde 2015 comenzó a usar IA y aprendizaje automático para analizar los gustos musicales de usuarios y así ofrecerles contenido personalizado. Tampoco pasemos por alto que ha habido músicos pioneros apoyándose en la IA o que se adelantaron en ese campo, mencionemos uno destacado del rock, David Bowie, que su trayectoria está asociada con la innovación. Pero de lo que hablamos es de un quiebre, de que la IA se volverá quintaesencial en la creación musical, que alterará las maneras de consumir la música, tema que abordaremos en una próxima entrega.
@tulios41

