

(Segunda parte)
Jorge Luis Borges arranca así su relato El atroz redentor Lazarus Morell: “En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos…”, y pasa a citar algunas de las infinitas cosas que no hubiesen ocurrido o de las que hoy no gozaríamos de no haberse enternecido fray Bartolomé. Y entre aquestos hechos hipotéticos podría estar el retraso del cultivo del trigo y la primera hornada de pan en territorio americano que la hizo el africano Juan Garrido (soldado de Hernán Cortés), en 1522, luego de encontrarse unas semillas de trigo en un costal donde se había transportado arroz; o bien no hubiese llegado la viruela que diezmó a dos tercios de la población indígena pues fue otro “negro” el que la trajo.
De no enternecerse por los indios Fray Bartolomé y no haber traído los conquistadores forzadamente a los cientos de miles de africanos al continente americano entre los siglos XVI al XVIII, tampoco tendríamos un montón de ingredientes de la actual cocina mexicana y tampoco la marimba o el tambor y aquellos ritmos. Jamás diríamos palabras como mochila, chévere, chamba, guateque, mucama, pachanga, guarapo, zombi, safari, milonga o la mismísima chingar (que para algunos investigadores también proviene de África).
Así que, pese a los más de dos siglos de proceso de “blanquemiento” de nuestra historia intentando borrar toda brizna de historia negra -que cristalizó ideológicamente con La raza cósmica de Vasconcelos-, nos toca reconstruir los pasos de esa raíz que también nos constituye como mexicanos: la que produjo la esclavitud de africanos en este territorio y cuyos descendientes (hoy nuestros ancestros) nos dieron patria al abrazar y abrasarse primero en la causa de la Independencia y luego de la Revolución Mexicana. Y para no entrar en dudas morbosas y descalificaciones, si tienen algún problema con esta afirmación, acudan a John Womack que en el prólogo a la segunda edición de su Zapata y la Revolución mexicana que él lo dice más bonito que un servidor: “Sólo los hijos del Morelos ´afro´, el Morelos mestizo-mulato-moreno-pardo, pudieron hacer la Revolución del Sur; unir las revueltas locales, hacerlas cooperar y organizar el Ejército Libertador del Sur; no ´Liberal´, sino activa, directa y objetivamente libertador; sólo este Morelos afro pudo proyectar la fuerza de su ejército regional por una causa nacional y seguir luchando, luchando estratégicamente, durante cerca de una década por la misma causa.”
Pero regresemos al objeto de estos apuntes/caos/artículos sobre la Hacienda de Xochimancas que intentan saciar la curiosidad de mi compañera Marisol Castillo, militante de la causa afromorelense, y de mi amiga la Barberi sobre la negada raíz afro en el municipio de Tlaltizapán, y en particular en el muy antiguo pueblo de Ticumán. Porque se asume que hubo esclavos africanos en las haciendas pero pareciera que después de mediados del siglo XVIII éstos(as) se hubiesen evaporado, así, de la nada. Y eso está lejísimos de ser realidad. Aunque es claro que a lo no nombrado se le niega existencia, siempre. Pareciera un misterio la falta de mención de la esclavonía en las postrimerías de la época colonial pero quizá la explicación va de la mano de otro hecho significativo que produjo como consecuencia el decaimiento -o abandono- de la Hacienda de Xochimancas y posiblemente también la de Barrero: la expulsión de los jesuitas en 1767.
Desde los primeros años de administración de la Compañía de Jesús, en la Hacienda de Xochimancas se permitieron (y hasta procuraron) matrimonios entre las y los esclavos cuyo desenlace natural sería el de un nuevo esclavo infante que a corta edad habría de incorporarse a la fuerza laboral de la producción de caña o bien en labores domésticas. Es interesante que, al parecer, se permitieron matrimonios entre esclavos de distintas haciendas, lo cual debe haber sido una complicación administrativa al momento de reclamar propiedad sobre el recién nacido esclavo. En la tesis: Esclavos de origen africano en las haciendas jesuitas del colegio de Tepoztlán y de la hacienda de Xochimancas del Colegio de San Pedro y San Pablo Siglo XVII, Julieta Pineda Alillo no especifica si los jesuitas permitieron matrimonios entre españoles o indígenas y esclavos aunque en la práctica siguieron ocurriendo los intercambios sexuales y eventuales nacimientos que, como ya dijimos en el artículo anterior, dio origen al aberrante sistema de castas. Interesante, hay que recalcar, fue el cuidado evangelizador -no siempre riguroso y ausente de polémica- de los hijos de Loyola para que sus esclavos se unieran de la manera debida contando con los sacramentos correspondientes. Pero de eso hablaremos después…


Imagen tomada de Internet / cortesía del autor

