INTERNET

 

“Estoy sin servicio de internet. No, no llovió, no se fue la luz, sí pagué mi recibo, pero estoy sin poder conectarme a la red señorita Edna. No sé cuándo empezó a fallar el sistema. No lo sé, estaba en mi trabajo. Acabo de llegar a casa. ¿Qué foquitos están prendidos y de qué color son?” Me acordé en este momento del arbolito navideño que me seguía esperando para ser adornado pero las prisas, pagos y varios pendientes inherentes al final de año habían impedido que pudiera cumplir con el ritual decembrino. Además, en lugar de poder sintonizar cantos navideños, tenía que escuchar la voz apagada por algún virus de temporada de la señorita pidiéndome por tercera vez mi número de teléfono, mi nombre y mi apellido. Tuve que levantarme para ir con una lupa para descifrar los números escondidos debajo del modem: una serie alfanumérica que tuve que repetir dos veces o a lo mejor tres porque la señorita agripada se encontraba limitada para oír adecuadamente. “No señorita, no le puedo decir de qué color es cada foco, soy daltónica”. De pronto, sentí que esta conversación podía extenderse al infinito. “Sí señorita, le vuelvo a deletrear mi nombre. ¿A qué nombre está expedido el recibo? Está a mi nombre…” Sin duda, mi paciencia se estaba desvaneciendo por más que intentaba retenerla. No me abandones ahora por favor, paciencia. En algún momento, la señorita va a tener todos los datos para dar seguimiento. Dejarás de repetir los números, referencias y los nombres que te fueron asignados en el registro civil por tus padres. No te preocupes, no te va a pedir ni tu acta de nacimiento ni la fecha en la que llegaste a tu domicilio actual ni más detalles, tranquila…todo está bien. Nada más es un reporte telefónico que se está alargando porque la señorita se siente mal por el catarro que contrajo hace unos días.

La señorita Edna me preguntó si tenía donde anotar el número de folio. Volteé al modem que había permanecido de cabeza hasta ahora.

Empecé a sentir un rugido crecer adentro mío – no por hambre – aunque, a decir verdad, sí empezaba a sentir un hueco muy real en el estómago.

Me sobresalté al escuchar el tiempo de espera para reparar la conexión: ¿tres días? “Señorita, no puedo estar tres días sin internet. Qué a otras personas le asignaron un plazo más largo me tiene sin cuidado. Vivimos en una sociedad conectada señorita. No sé si es un bien o un mal. No vamos a entablar un debate por teléfono. Si usted desconoce la razón por la cual en mi zona los técnicos atienden de manera muy lenta, imagínese yo, clienta de una compañía a la qué no le importa que sus clientes estén atendidos bien o mal. Así es señorita, antes que usted, estuve hablando con una persona que levantó el reporte, pero como yo no estaba conforme con el plazo de atención, me comunicó con atención al cliente. Aquella señorita me explicó que habían cancelado el primer reporte debido mi inconformidad. ¿Sí estoy lista para escribir el nuevo número de folio? Por supuesto que sí. Señorita…, me puede explicar por qué el número que me acaba de dar es el mismo que el anterior. No sabe usted, bueno, le confieso que yo menos. ¿En serio quiere que le repita mi nombre para levantar la queja?”

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX