

Ayer, al presentar mi último libro, recordé otro más
(Primera parte)
Fíjense queridos lectores, que de los libros que he publicado, entre ellos ¨Los Volcanes de Cuernavaca: Sergio Méndez Arceo, Gregorio Lemercier e Iván Illich”, el de ayer: Los Rostros de Guadalupe, fue el más difícil de lograr llegar a su término por la complejidad de su tema y por mi responsabilidad de tener que ir a contracorriente de la versión oficial de Nuestra Señora de Guadalupe. Ya me había yo topado con dificultades en la elaboración de mis otros libros, como cuando de viaje por Cuba, la tierra de mi abuela paterna Sara Martínez de Mestre, se me ocurrió buscar en la Hemeroteca, algún artículo sobre la muerte de don Sergio en su momento tan amigo del comandante Fidel Castro, y nada, todo lo que encontraba de temas religiosos eran huecos en los periódicos perfectamente recortados pero seguí buscando con la esperanza de encontrar algo. “Chica, qué pena”, me decían quienes me atendían.
Seguí en la búsqueda y sí, al fin encontré un bellísimo artículo inédito en México sobre la muerte de don Sergio que apareció el 11 de febrero de 1992 en el periódico cubano Granma, Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba creado por Fidel Castro en 1954. Es una nota escrita por uno de sus periodistas, Ernesto Vera. Se las transcribo a continuación:
“A la misma hora que, dos días después de su fallecimiento, se le dio sepultura, Sergio Méndez Arceo debió hablar en la culminación de la marcha de Solidaridad con Cuba en la Ciudad de México. El Obispo emérito de Cuernavaca no pudo ser el orador principal del acto suspendido por su muerte, pero miles de gargantas multiplicaron su voz en la Catedral de Cuernavaca en todo lo que no pudo decir por Cuba y por todos los que luchan contra la explotación, la pobreza y la miseria en los países latinoamericanos. A los pies del féretro las flores enviadas por Fidel Castro y sobre el ataúd una leyenda escrita que sintetizaba la conducta inclaudicable del obispo de los pobres que logró el que su valentía nunca les faltó a los pueblos y para Cuba creció más conforme avanzaba el bloqueo económico impuesto a la isla. Días antes de morir realizó su última gestión solidaria con la revolución cubana al reunir a periodistas y otros intelectuales en Cuernavaca para fortalecer el movimiento ´Va por Cuba´, del que don Sergio era el alma y el principal activista. Nunca olvidaremos la mañana del viernes 8 de febrero, cuando junto al cadáver de don Sergio hablaron decenas de personas para jurarle que siempre tendrán en el alma, la hermosa enseñanza de un religioso fiel a su fe porque fue capaz de compartirla con los humildes y sus causas justas. Los rostros del pueblo, ese día, manifestaban el deseo colectivo de retrasar el momento de la despedida de aquel cuerpo inerme que levantaba con su sola presencia a todos los corazones. Hay luto en México, en toda América Latina, en Cuba, pero es de un dolor distinto, anunciado en forma concluyente por el aplauso que le acompañó al bajar su féretro a la cripta. Desde allí seguirá combatiendo y su espléndida sonrisa de puro y verdadero sacerdote siempre estará en cada rostro noble, en cada trinchera donde luchan los hombres libres. Ese adiós a don Sergio, sentimos que fue un saludo fraternal que nunca se irá del amor de nuestros pueblos”, finaliza así la única nota respetada en la época soviética.
Pero nada me fue tan arduo como el libro que presenté el día de ayer por la tarde en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca, titulado: “Los Rostros de Guadalupe. Con el corazón azteca dentro del suyo”, por la complejidad de su tema. Eso sí, lo hice acompañada de grandes presentadores, entre ellos, los doctores en Historia y escritores José N. Iturriaga, Carlos Barreto Zamudio, este último además Rector de El Colegio de Morelos y el conocido y culto sacerdote Baltazar López Bucio.

Todo comenzó cuando al estudiar la Maestría en Historia en el Colegio de Morelos, decidí, en plática con mi entonces maestro Antonio García de León, que el tema de mi tesis sería la portentosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Perdí el contacto con mi entonces maestro pero seguí por mi parte la investigación. Antes que nada salí a San Pedro Cholula, Puebla, al encuentro de la formidable Biblioteca Franciscana, una de las dos más importantes de México. Ahí, al consultar el Códice del siglo XVI, me dije, encontraría la primera evidencia del singular encuentro ocurrido en el Cerro del Tepeyac. Pero nada, me auxilió en la búsqueda, renglón por renglón en el Códice mi amigo el arquitecto Miguel Ángel Betanzos Castillo (1948-2022) pero nada ni una sola mención encontramos. Lo que sí encontré al cabo de todo el tiempo que me llevó mi exhaustiva investigación fue mucho más importante que el sincretismo realizado por los primeros monjes que veían con compasión la orfandad en que quedaba el otrora poderosísimo pueblo azteca que veían cómo desaparecía su mundo ante los recién llegados. Y seguiré el próximo miércoles.
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En esta foto aparecen el periodista cubano Ernesto Vera. -al que conocí ya de edad avanzada en Cuba-, con Fidel Castro Ruz al triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Ambos con los brazos cruzados. Con el tiempo, Vera llegaría a ser maestro de periodistas y presidente de Honor de la Unión de Periodistas de Cuba. imagen de archivo tomada del portal de la CCN y de RPP Noticias, proporcionada por la autora

