

De noche en la playa intentando sintonizar cualquier emisora extranjera. Alguien me había dicho que mientras más cerca del mar estuviera, más probable sería atrapar frecuencias foráneas, por un asunto de ondas. Eso le dije al Ronco y éste como siempre carraspeó con su voz de perro apaleado. No me creía. No le creía a nadie. Leía existencialismo, leía a Sábato. Pero yo logré sintonizar la transmisión de un partido del fútbol argentino, Lanús-Platense. Corría el segundo tiempo y por momentos el relato se cortaba. El Ronco aprovechó esas interferencias para abrir la casetera y poner Plays the blues, una compilación de temas de Charlie Parker a la que él le había añadido dos grabaciones en vivo: Perdido y Embraceable you*. Pude haberme cabreado por ese corte abrupto, era la razón perfecta para trenzarse a golpes ahí mismo sobre la arena, superficie ideal para pelear. Nos gustaban las mismas mujeres y las mismas mujeres deambulaban entre nosotros y eso nos predisponía al enfrentamiento. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a admitirlo. Parker seguía con su fraseo vertiginoso. El Ronco apretó stop a mitad de Ornithology y volvió a oírse Lanús-Platense. Le dije que se decidiera de una vez. Carraspeó nuevamente y se estiró sobre la arena. Cuando apreté play vi su sonrisa torcida, satisfecha. Estos locos le sirvieron a toda una generación de escritores, dijo. Me importa una mierda, le respondí. Querían escribir como tocaba Charlie Parker, estaban enfermos de la cabeza. Eso sonaba un poco interesante: ¿tú crees que nosotros alguna vez podríamos escribir así?, le pregunté. Escúchame bien, enano: nadie puede escribir así, eso no existe, la música no tiene nada que ver con la literatura, aunque creamos a veces que sí o los profesores o los poetas digan lo contrario. Apareció la voz de Ella Fitzgerald haciendo scat en Perdido y el Ronco señaló la radio con el dedo: mira eso. Oí. Hay un lenguaje vedado para ciertos momentos. Podría decir que… que se escuchaban las olas reventar entre el fraseo de Parker y la voz de Ella. Que las luces de los cerros tras nosotros proponían una sombra irresoluta. Pero no. Sólo resonaba la sentencia imperativa del Ronco con su voz imposible. Hay otro compadre que tocaba el piano bien raro, añadió con el hilo agónico de su voz, cuando estaba por terminar la cinta, ¿había llorado? No parece un piano si lo escuchas bien, el socio le da duro a la tecla como si fuera un tambor, además usaba unos anillos enormes y eso le da algo metálico a su sonido, como si alguien estuviera martillando sobre el tema. Tiempo después se volvió loco, no quiso tocar el piano ni hablar nunca más. Con él empezó todo, yo creo. Siempre se dirá que fue con Parker, y está bien. El saxo tiene eso, es más espectacular, casi tanto como la trompeta. Pero en el piano, en el piano está el asunto. Parker hizo cosas aparte de la música, inventó una jerga subterránea. No hablo de la droga, para qué. Una cuestión gestual. Cuando el negro arribista de Miles Davis le presentó a Jean Paul Sartre, Parker le dijo al filósofo: I like your playing. Se los despachó a los dos así nomás… Me da risa, ¿te imaginas al viejo feo de Sartre con una trompeta? Está complicado. Los escritores, salvo alguno como Paul Bowles, son músicos frustrados. No sé si hay músicos que sean escritores frustrados, tal vez sí, pero sería raro. Kerouac, pobre hombre, decía: “Qué dulce se vuelve la historia cuando sabes que Charlie Parker la cuenta”. ¿Dulce? Estaba confundido, pero qué importa. Ahora intenta agarrar una radio china, estaría bueno oír algo así. Cuando volví al dial, Lanús-Platense había terminado 0-0. El comentarista decía: “estos equipos padecen anemia de goles”. El Ronco soltó una carcajada y se abalanzó sobre mí.
*Charlie Parker & Ella Fitzgerald, Live at Carnegie Hall, NY / 1949.

Foto: Draupadí de Mora / cortesía del autor

