

La mala suerte me persigue
Regresaría de Europa en un vuelo de bajo costo que haría escala en La Habana. Obligado a hacer esa pausa entre Madrid y México, decidí aprovecharla y pasar dos buenas noches en esa ciudad caribeña. Fue la cuarta vez que la visitaba; la primera fue al principio de los ochentas, como turista, engañado por aquello del hombre nuevo que nunca existió. Las otras ocasiones como miembro de misiones científicas donde te mostraban solamente lo que deseaban que vieras.
Pero basta de introducciones, veamos lo que me ofreció mi suerte. Para compartirles de forma fiel mi desilusión musical en ese viaje, se requiere una crónica detallada de mi estancia de dos días en la isla.
Episodio uno: lo primero que cualquier turista al llegar al aeropuerto debe hacer es cambiar su moneda por pesos cubanos especiales para extranjeros, para que al salir del país, si sobra algo, sea retribuido en la moneda por la cual fue cambiada. Cumplí al pie de la letra con este asunto, para dirigirme a tomar un taxi que me llevara al hotel reservado. Le informé al conductor mi destino; el auto era nuevo y perfectamente pintado de amarillo, como taxi neoyorkino —aclaración importante para entender lo ocurrido en otro momento de esta travesía.
El camino a mi hotel fue, ahora lo puedo decir, a la cubana. Resulta que el chofer, a unos kilómetros del trayecto, se detuvo en una casa y me pidió cambiarme de auto, a otro taxi igual, mismo color amarillo y también nuevo. Un poco extrañado, me subí al otro automóvil, que era conducido por un hombre joven, sólo que ahora lo acompañaba una mujer, y pude percibir en ese trayecto, por los diálogos que escuché, que era su novia o algo parecido.
Solamente los interrumpí para aclararles cuál era mi destino; no quise preguntar las razones de haberme cambiado de coche. Yo vengo de vacaciones, no me voy a meterme en historia ajenas, me dije sabiamente.

Segundo episodio: llegué con bien a hospedarme y así salí de la escena cinematográfica, que bien podía haber sido de Juan Orol. Dejé mi equipaje en la habitación y bajé de inmediato a conocer el bar, que resultó un lugar pequeño pero agradable. Me senté en la barra, como es mi costumbre, y pedí un whisky Chivas Regal, que para mí satisfacción sí tenían. El beberlo me ayudó a aminorar esa sensación marciana que es el jetlag.
Acompañado de ese mi amigo el whisky, comencé a leer una novela para pasar el tiempo y ajustarme a la hora, y así disminuir el golpe del cambio de horario. Cuando tomaba la segunda copa se me acercó el señor que me había ayudado con la maleta y me preguntó si no me gustaría ir a ver un espectáculo de música cubana en un buen lugar. El tour —me explicó— cubría transporte individual de ida y regreso, mesa en el lugar y dos copas de ron incluidas. Yo le agradecí la oferta, pero la rechacé no sólo por las copas de ron que propuso (ya que hace décadas que no bebo ese destilado, por sus efectos secundarios) sino también porque prefería descansar y, al día siguiente, ya fresco, ir en busca de una de las músicas que más me gustan. Yo imaginaba que al día siguiente me encontraría con algún trío que tocara sones montunos, guarachas y un guaguancó. Eliades se llamaba ese hombre, quien amablemente me escuchó y me propuso presentarme a alguien que él conocía y que podía llevarme a la Habana Vieja al día siguiente.
Como todavía era de tarde, hice una pausa para recorrer el hotel y, tentando a mi suerte, pensé en encontrar un lugar para hacer un poco de ejercicio y nadar al día siguiente. El resultado fue encontrar un gimnasio sin aparatos y una alberca sin agua. Ante la decepción, regresé al bar por otro Chivas y una torta cubana —es decir, hecha en Cuba— pero nada que ver con las del Hipocampo, de Vito Alessio Robles y Avenida Insurgentes, en la Ciudad de México.
Tercer episodio: después de dormir y descasar esa noche, la mañana siguiente me dispuse a esperar a la persona que me iba a llevar al encuentro de la música. En la puerta del hotel me reuní con Eliades, quien estaba acompañado de la persona que me llevaría al centro de la cuidad. Nos saludamos y le dije que buscaba oír la buena y tradicional música cubana. “Oka chico”, me dijo y nos dirigimos a su auto. Al ver ese vehículo me transporté a otro tiempo, y a una escena de El Padrino II, cuando como parte de la escenografía circulan en la Habana automóviles de los años cincuenta por las calles. Al que me subí era un Buick de esa época, color verde brillante, con asientos de piel restaurados. Le pedí que me dejara en un bar frente al mar, pero cerca de la plaza de la Habana Vieja.
En ese pequeño bar de tan sólo tres mesas, pero de una buena barra, apareció por boca del cantinero mi mala suerte. En una breve conversación, mientras me tomaba una cerveza, me enteró que ese día era el de la Independencia de Cuba. Dije salud y pregunté a él y a los dos parroquianos que estaban en la barra, dónde podría encontrar algún grupo musical que tocara los viejos ritmos que tanto he gozado. Pensé en Lágrimas Negras, en Palma Soriano, y en la infaltable pregunta: Mamá, yo quiero saber, ¿de dónde son los cantantes? Esos deliciosos sonidos en mi mente fueron callados con una respuesta que me fulminó: “Caballero, hoy no será posible; el día de la independencia está prohibido por ley tocar música en vivo en todo el país”. Pensé en ese momento que se trataba de una broma caribeña que me estaban gastando. Sin embargo, de apoco descubrí que esa verdad absurda era real. Todavía incrédulo fui hacia la plaza central, donde hay algunos restaurantes, y pregunté sobre el tema en el primero, dándome valor con un vodka en la mano. La respuesta confirmaba mi suerte, ese día no iba a escuchar “el swing de la Habana Vieja”, como trovaron los hermanos Rodríguez, que en sus coplas decían: “todos la recuerdan, nadie se queja de ese swing que tenía, la sabrosa Habana Vieja…”.
Para intentar restaurar mi tristeza, me subí a la planta alta de un restaurante que ofrece una vista bellísima de la plaza, y pedí de comer un plato de lechón a la cubana, no sin el temor de que me dijeran que en el aniversario de su independencia estuviera prohibido servirlo.
Episodio final: en el aeropuerto, antes de mi regreso a México, cambié mis pesos por dólares, y al hacerlo ocurrió lo que cerraría en forma redonda este viaje. En la fila donde se hace ese trámite, se me acercó un guardia de seguridad, con un uniforme muy lucido, y me dijo al oído: “oiga, señor, ¿ve usted a ese joven de sombrero café?, él le puede cambiar con una tasa mayor”. Al rechazar esa propuesta me asaltó un pensamiento alimentado por la paranoia sobre mi fortuna: si un oficial de la Revolución propone un acto de este tipo, y lo aceptas, puedes acabar en un interrogatorio policiaco por cometer algo fuera de la ley. Ante esa escena dantesca, preferí pensar en algo más amable e ilusorio, como suelen ser las ideas producidas por mi optimismo: el mal karma se terminó y, con unos cuantos dólares, ese hombre uniformado me quería compensar por mi mala suerte de haber estado en Cuba el único día que está prohibido tocar los bongós, las flautas y demás instrumentos que inventaron los ritmos de una de las mejores músicas populares del mundo.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

Imagen cortesía del autor

