De Peña Nieto

La ínsula Barataria se me ha encomendado/ y más barataria la voy a poner

Maximiliano y Porfirio me la han heredado/ rematando todo al gringo y francés.

gachupines y nazis se me han apuntado. / Si los japoneses se animan… también.

Caben cien piratas de patas de palo/ pues petróleo y oro a más no poder,

tiene este gran tianguis que he organizado.

Mas la magna astucia de Doña Fatal/ presentóse infame al gran mercader

lo tomó con fuerza del copete aquél/ Y arrojólo lejos a un nicho infernal.

Policía asesina

Encontró la flaca mala/ matando chavos imberbes

a la policía de Iguala/ presumiendo de valiente.

Los arrinconó en las fosas/ que para el caso excavaron

de guadañazo furioso/ los dejó descabezados.

¡Tomen su premio, infelices! / ¡tráguense su medicina!

Díganles a sus patrones/ que les haré una visita,

no supongan que la hicieron/ pues de mí nadie se escapa

pagando estas culpas pronto/ los tendré bajo mis faldas.

Chúpense este fuego eterno, / clávense sus bayonetas,

despelléjense a sí mismos, / griten sin parar sus quejas.

Y la flaca justiciera/ cobró venganza expedita

con guadañazos certeros/ se agenció vidas indignas.

Los pobres de todos lados/ aplaudieron esta hazaña.

Se hizo justicia, exclamaron. / Desaparecieron mañas.

Vicentillo

Azuzándose el bigote recortado

Sorprendió la calaca a este vaquero

Que deseaba ser jinete aventurero

De caballos del Jaral y de otro lado.

Por querer hacer de México un mercado

Donde todo se vendiera en un ratito:

Petróleo, luz, el mar tibio y salado,

Se le plantó la muerte a Vicentito.

“Voy a llevarte a rastras de las botas

aunque se re´te enchine el bigotito…

Y chiquillos y chiquillas aplaudieron

A la muerte justiciera y vengadora

Que se llevó de pilón a la señora

Para hacer un teletón en el averno.

Felipillo Calderón

Pasmado e histérico quedó Felipillo

Cuando le avisaron su próxima muerte

No tenía herramientas para defenderse

Ni idea… ni argumento… ni voz, ni sonido…

¡Auxilio George Bush, venme a defender!

Clamaba este enano preso de pavor.

Banqueros y ricos vieron con horror

Cómo la calaca lo iba a someter.

A los Panuchos

Fraudes, fobaproas, ventas al vapor

contra todo un pueblo van a cometer

estos puritanos plenos de fervor

muy persinaditos hacen su quehacer.

Gerentes de empresas son ¡que más les da!

Así se sostienen en su vanidad.

Los gringos felices pagan sus favores

con cuentas de vidrio de varios colores.

¡Un país en venta! Y no al mejor postor

ofrecen al yanqui con cinismo atroz.

La muerte implacable ante esa ambición

los hunde en sus miasmas en un socavón.

A LA DOÑA ELBA ESTHER

(con amor sindical)

¡Ay señora cuánto espanto causa usted con su presencia!

¡Quienes la hayan aguantado santifican su existencia!

Dijo la muerte a la doña, toda llena de ternura…

Voy a llevarla al averno en carreta con dos mulas

A guardar sus corruptelas en su amplia sepultura:

sus dólares por millón y perfumes de Chanel,

aunque temo que, al mirarla, la regrese Lucifer.

AL EXGOBER GRACO

(bueno, es un decir)

“Así vas a gobernar, sólo si yo lo decido

dijo la calaca eterna al “gober” Graco Garrido.

“Y ya que sólo obedeces del Pri-Pan su indicación

y traicionas las demandas del pueblo que en ti confió

voy a llevarte al averno pa´ que aprendas la lección

como un político infame, que sordo y ciego quedó.

Este gober tan creidito de sonrisa de edecán

perdió el rumbo y el destino en su región gobernada…

Por obedecer alianzas con la mafia empresarial

quedó cual novia de rancho, vestida y embarazada.

Truncados vió sus anhelos de secretario de Estado.

Nadie le tiende la mano, pues no tiene compañero

político de altas influencias que esté bien relacionado…

Ora lo lleva la flaca… al panteón politiquero.

Fernández de Cevallos

Atildado y echado pa´delante

Encontró la huesuda a este bribón

contando billetitos de a millón

engañando a medio mundo el muy farsante…

Acabado se han tus días, fariseíto

más te vale arrepentirte de un jalón

aquí no se permiten trinquetitos

no te creas tan influyente, no señor.

Y jalando de las barbas a este tío

con estentóreos gritos arrastrado

un costal de diamantes le colgaron

entre las porras de su viejerío.

¡Piedad! Les suplicaba el muy taimado

y nadie quiso oír ya sus quejidos.

Hugo Carbajal Aguilar