A la casa de Gabriela Mistral en Vicuña porque el auto de mi padre en el que íbamos hacia allá se descompuso tres veces antes de por fin desistir.

A la casa de Pablo Neruda en Isla Negra porque el bus que me llevaba también se descompuso a la altura de Casablanca y entonces preferí hacer dedo hasta El Quisco.

A la casa de Emilio “El Indio” Fernández en Coyoacán porque en el camino a la altura de avenida Universidad me agarró un aguacero con granizo y me recluí en un café de chinos del cual no salí hasta la noche.

A la casa de Frida Kahlo también en Coyoacán porque había una fila infinita para entrar.

A la casa de Roberto Bolaño en la colonia Guadalupe Tepeyac porque con Xóchitl nunca dimos con la dirección y acabamos comiendo unos tacos de suadero inmortales en la colonia Estrella.

A la casa de Octavio Paz en la colonia Mixcoac porque no sé si esa tal casa existe ni si se puede entrar.

Al departamento de Rockdrigo González en la colonia Juárez porque durante el terremoto de 1985 se desplomó provocando la muerte del mentado músico.

A la casa de Manuel Puig en Cuernavaca porque nadie sabe dónde está.

A la casa de José Donoso en Cuernavaca porque no es claro si el escritor en realidad tuvo una casa en Cuernavaca.

A la casa de Diego Rivera en Cuernavaca a doscientos metros de acá porque no sé dónde está la puerta y el muro es súper alto.

A la casa de Charles Mingus en la cerrada de Humboldt en Cuernavaca porque cuando fuimos con la poeta Fauna Costeña era un hotel de lujo y años después cuando fui solo la casa y también yo estábamos en ruinas y la tupida maleza y mi terrible perplejidad impedían el paso.

A la casa de Miles Davis en Santa Mónica porque cuando estuve ahí no sabía que existía.

A la casa de Maradona en La Paternal pero tengo toda la intención.

A la casa de Mario Vargas Llosa en Arequipa porque en realidad con la Sandra ni se nos pasó por la cabeza buscarla y nos tomamos unos hongos.

Al Oracle Park de San Francisco porque cuando fui se había acabado la temporada de Grandes Ligas y debí conformarme con rodear el estadio y observar el mar donde van a parar nuestros sueños y se hunden las bolas que se van de jonrón.

A la casa de Neruda en Valparaíso debido a una suerte de modorra repentina que me ataca cada vez que voy al puerto y que dirige mis huesos hacia algún muelle.

A la casa de George Simenon en el barrio de Outremeuse en Lieja porque cuando iba hacia allá vino una pandemia.

Al departamento o casa o donde sea que haya vivido Augusto Monterroso en Ciudad de México o en Tegucigalpa o en París o en Santiago o mejor en Guatemala donde por cierto se lo llevaron preso cuando protestó contra la dictadura de Jorge Ubico pintando en un muro la consigna NO ME UBICO.

A la casa de una mujer a la que no veo hace años y con la cual mantengo divertidas aunque cautelosas conversaciones vía Whatsapp.

Al departamento de Rebeca López y Mario Santiago en la colonia Cuauhtémoc porque ella prefería reunirse conmigo en el Café El Premio.

Al departamento de Borges en Buenos Aires porque según Piglia tiene goteras y con las mías ya tengo suficiente.

A las casas de Kafka en Praga porque además de nunca ir a Praga se me culpa de algo y con eso me basta para homenajear al más chingón.

A tu corazón desde que perdí las llaves y me he vuelto irremediablemente cursi.

A la casa de Cantinflas en Cuernavaca porque ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario.

Al Palacio de Cortés en Cuernavaca aunque paso caminando por ahí todos los días rumbo a una pequeña e innombrable librería.

Al cajón donde alguna vez entraré.

Foto: Don díscolo. Martín Cinzano

Martín Cinzano