

Omar Alcántara Islas*
Para Lolis
Ha muerto hace unos días mi abuela a los 100 años de edad. Pero no es la experiencia familiar ni la longevidad de la madre de la propia madre de quien esto redacta lo que se quiere compartir aquí, sino la pérdida material no solo de una ciudadana mexicana sino de alguien que era hablante de náhuatl y no quiso transmitir esta lengua a sus hijos e hijas por el miedo a que estos fueran a ser discriminados en la ciudad. Por lo tanto, no menciono el lugar donde nació la abuela ni la ciudad a la que llegó, porque una historia como esta pudo haber ocurrido en cualquier urbe dentro de la República a la cual llegaron, como mis abuelos, migrantes indígenas en busca de la supervivencia en el siglo pasado.
Historias como estas se repitieron a lo largo del siglo XX y no sé en qué medida este miedo a la discriminación de quienes hablan actualmente una lengua indígena en el país siga siendo un factor para no heredar esta riqueza verbal a las siguientes generaciones. Lo cierto es que hay muchísimos mexicanos quienes al día de hoy ignoran que las lenguas indígenas no son «dialectos», pues un dialecto es una manera particular de hablar una misma lengua –tal como el dialecto del español que se habla en el norte de México que es distinto al dialecto del español que se habla en la península de Yucatán, por poner un ejemplo–, sino que son «lenguas» o «idiomas» con todas sus letras, tal como lo son el inglés o el alemán.
Cuando nos enteramos de que hay zonas del mundo, como Europa, donde es común que los ciudadanos hablen dos o tres lenguas, a veces nos asombramos, pero no es que los europeos o cualesquiera otros individuos en cualquier otro continente donde ocurran estas circunstancias tengan algo especial, sino que, en buena medida, esta abundancia oral se debe a las condiciones geográficas y de intercambio entre zonas que no son, en ocasiones, más extensas ni con mayor número de lenguas vivas que en nuestro país, sino que cada una de estas lenguas goza del respeto y el prestigio que al día de hoy no tienen todas las lenguas mexicanas.
Los mexicanos actuales, seamos o no descendientes de etnias indígenas, nos hemos empobrecido con esta interrupción de la herencia lingüística, porque no solo tendríamos nuestro español, en el cual hoy nos comunicamos para hablar, pensar, soñar, imaginar y sentir, sino que poseeríamos, a la par, otro mundo u otra esfera de vida para realizar todo lo que uno hace con las palabras con las cuales uno viene al mundo y con las cuales va creando la más íntima de las relaciones a lo largo de la propia existencia.

Para resarcir esto, la propuesta en la que se quiere insistir –ya pensada y difundida por otros tantos– es que se enseñe de forma paralela a la lengua española la lengua indígena predominante en la zona donde tiene lugar cada escuela de nuestro país, es decir, que en el estado de Morelos, por ejemplificar, sea parte de la educación básica la enseñanza del náhuatl, mixteco, tlapaneco o zapoteco (datos del INEGI de 2020), dependiendo del municipio donde predomine cada una de estas lenguas.
De otro modo, seguimos perdiendo cada día uno de los mayores logros civilizatorios y poéticos que lograron adquirir los grupos humanos que habitaron la extensa región terrestre que hoy llamamos México. No basta con reconocimientos constitucionales a nuestros pueblos y sus lenguas si no se convierten estos mismos en políticas públicas que logren revertir el abandono de lo más valioso que poseen, tales son los idiomas que nos dan identidad dentro de nuestra diversidad como seres humanos.
Y no es que se deba abandonar la enseñanza de cualquier otra lengua moderna, es necesario también que aprendamos inglés –y menciono el inglés porque sigue siendo la lengua principal para los intercambios académicos, científicos y comerciales en el mundo (el mayor número de páginas en internet está en inglés)–, inglés, incluso desde la primaria, y no esperar hasta la secundaria, cuando ya se han perdido años de valioso aprendizaje en nuestras escuelas públicas; pero también maya, zapoteco o chontal.
Soñar no empobrece y ojalá que en este siglo XXI, aunque ya no lo vean nuestros ojos ni lo escuchen nuestros oídos –a menos de que vivamos tantos años como mi abuela–, las tantas lenguas indígenas puedan encontrar el espacio y el reconocimiento que se merecen como lenguas vivas en las tierras donde el sol les escuchó pronunciar sus primeras palabras.
*Profesor de literatura

