Conforme fue pasando el tiempo, las escenas de gobernadores caminando tranquilamente por el centro de Cuernavaca, a las afueras de Palacio de Gobierno, conviviendo con la gente interactuando como cualquier ciudadano con los comerciantes y transeúntes se volvieron cada vez menos frecuentes.

Lauro Ortega Martínez, gobernador entre 1982 y 1988 era un caminante frecuente en la Plaza de Armas y en los alrededores de Palacio de Gobierno, no son pocas las gráficas de “Don Lauro” como aún se le conoce en Morelos, rodeado de funcionarios, pero también de ciudadanas y ciudadanos que le pedían ayuda. Antonio Riva Palacio solía salir a bolearse los zapatos a la plaza, ahí escuchaba a la gente y a su bolero de confianza y bromeaba con los ciudadanos y con los reporteros de entonces. Mucho menos afable, Jorge Carrillo Olea también se boleaba los zapatos en la plaza y se cortaba el cabello después de una caminata relativamente corta a una peluquería cercana, donde también platicaba con quienes se lo pedían. Sergio Estrada no era tan afecto a la vida en la plaza, pero salía con alguna frecuencia a recorrer el centro de la ciudad. Marco Adame Castillo lo hizo menos.

Con Lauro Ortega y Antonio Riva Palacio también eran frecuentes los encuentros directos con manifestantes. Alguna ocasión, Antonio Riva Palacio salió ante una multitud de yautepequenses que tenían un conflicto con el agua potable en la cabecera municipal, los encaró y les recordó “soy su gobernador”, llegaron a acuerdos ahí mismo en la plaza y todos en paz.

Graco Ramírez Garrido y Cuauhtémoc Blanco Bravo no tenían lo uno ni lo otro. Alguna vez, como alcalde, Blanco Bravo encaró a taxistas y acabó a mentadas de madre. Graco Ramírez fue increpado alguna ocasión por un ciudadano de Patios de la Estación a quien descalificó de inmediato “se te cayó tu credencial del PRI”, se burló.

El primer día hábil de la administración de Margarita González Saravia fue muy diferente a los de quienes le antecedieron en los últimos doce años. No solo tuvo una agenda apretada de actividades, también se dio tiempo para acercarse a la gente, compró un jugo en el zócalo, habló con manifestantes, recibió peticiones ciudadanas que canalizó de inmediato para su atención.

La estrategia de los gobiernos anteriores de levantar una barricada para evitar el contacto natural con la ciudadanía había distanciado a los gobernadores de los ciudadanos a quienes sirven. Los resultados fueron evidentes, una agenda gubernamental que no entendía las necesidades de la población, el desgaste de la popularidad de los mandatarios, y la sensación en la ciudadanía de haber sido víctimas de una traición a manos de quienes les pedían el voto en campaña.

Por eso no es cosa menor, y debe hacerse notar, que la gobernadora se haya dado tiempo para hacer lo que hace décadas no se hacía y que parece, pero no es, cualquier cosa. Tomar un jugo en el quiosco, atender a los manifestantes-dolientes, escuchar a la población directamente resultan una clara herramienta de reconciliación, esa que al estado le hace falta hace muchos años y que parece se empieza a construir desde hoy. No es el jugo verde, sino todo su contexto lo que lo vuelve importante.

La Jornada Morelos