Tres historias de un joven abogado

 

Mi amigo Bogart Montiel Reina, a quien un día en una cantina vi reclamar a gritos —¡¿Quién me calló?!, mientras volteaba solo para ver que no había nadie más en el lugar, nos cuenta algunas aventuras de sus pasos por bares, cantinas y otros centros de esparcimiento.

Más o menos a los 23 años, cuando iniciaba su actividad profesional, los compañeros mayores lo invitaron un viernes a probar las botanas de un lugar cercano a la oficina: era la cantina con nombre de corrido, La 30-30. Dos características le fascinaron a este joven vago y tragón: la botana, que era muy buena y abundante, y que esas reuniones eran amenizadas por un buen pianista. Uno de esos viernes en que decidieron no regresar a la oficina, a Bogart le vinieron las ganas de cantar y se acercó al pianista para que lo acompañara con su teclado. El músico le preguntó su nombre, y al escucharlo, le respondió, -No me haga bromas, Bogar es mi nombre, así me llamo, dijo casi ofendido el pianista, ante el asombro del otro Bogart (cuyo nombre sí se escribe con una t al final). Desde entonces, esa cantina se volvió el santuario donde cada viernes se presenta el dueto Los Bogars.

Tiempo después, con otros embaucadores, vagos impecables y compañeros de trabajo, salieron una madrugada de esa cantina para dirigirse a los rumbos de la Calzada Miramontes. Llegaron a uno de esos locales donde se compraban botellas de licor cuando ya todo estaba cerrado, o sea las clásicas ‘ventanitas’; esta era de una vinatería llamada La Lupita. Por el largo trayecto, Bogart increpó a sus amigos, -¿Cómo me hicieron venir tan lejos solo para comprar un pomo?, ¡Ya ni la chingan!, a lo que el guía de ese tour le respondió, tomándolo del brazo, —calma, Bogy, espera, al tiempo que tocaba una puerta de metal que quedaba al lado del local. El abogado Bogart entró y caminó hacia atrás del mostrador de la vinatería, para entrar por otra puerta estrecha, esa de madera, que daba entrada a un paraíso nocturno del que no daban crédito sus ojos ese sábado a las cuatro del mañana. Frente a él vio un bar perfectamente acondicionado, con un barra al frente, magníficamente surtida, que ofrecía sillones de terciopelo y era atendido por bellas mujeres, quienes servían las copas y, como otra sorpresa, de botana ofrecían palomitas de maíz que salían de una de esas viejas máquinas de los cines. Ese lugar tuvo desde entonces un nombre en clave, que usaban entre ellos y era inentendible para los demás: “hoy es noche de palomitas”.

La tercera historia, contada de viva voz por Bogart, comienza al término de una fiesta que se prolongó hasta el amanecer, que se celebraba en casa de una amiga, en una elegante mansión del Pedregal de San Ángel. Su amigo Charlie Ayluardo, gran abogado y vago desde temprana edad, propuso a los sobrevivientes de ese reventón irse a curar la cruda, que empezaba a sentirse, a un lugar que él conocía por los rumbos de la Calzada de la Viga. Los intrépidos amigos, todos ellos sin haber dormido, incluida la anfitriona de la fiesta, se dirigieron en esas precarias condiciones al sitio que los reconfortaría. Sólo el nombre del lugar y lo que ofrecía merece esta crónica: Los Hombres sin Miedo era el nombre pintado en la pared, en letras ocre y negro, de esta pulquería fundada en 1895. Bogart Montiel Reina no olvida que la sed que ya lo atormentaba le hizo pedir un litro de curado de piñón que bebió de un solo golpe. De esta tercera vagancia se desprende que algunos abogados se la curan con curados.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

Imagen: https://iztacalcoportodos.blogspot.com/

Jorge “El Biólogo” Hernández