Un momento de gloria

 

Desde hace tres semanas volví a casa hecho polvo, y poquito a poquito me fui resarciendo por el mero agravio del jet-lag físico, pero también emocional porque el corazón también se cansa de andar de aquí-allá. Desde hace tres semanas volví y justo hace una semana alcancé la curva de adaptación o de aprendizaje como muchos le llaman.

Cuando uno cambia de ambiente de una manera tan abrupta como mi trabajo suele demandar, es muy fácil perder el equilibrio y mantenerse en línea recta, el corazón casi siempre hace un vuelvo, te mira desde el pecho y te grita: ¿Ahora qué? ¿Ahora a quiénes vamos a ver? ¿Qué se supone que deba sentir? Hay que alienarlo, mantenerlo cortito, yo me acercó a él, y le intento explicar hablándole bajito que no desespere, que en dos semanas alcanzaremos la maldita curva de adaptación, o para que me entienda que pronto y poco a poco vamos a ir enderezando el timón de la embarcación de nuestro sentir.

Una de las cosas que más me ayuda a alinear el rumbo es frecuentar lugares, personas y crear una rutina: desayuno, gimnasio, familia, practicar, leer y trabajar. Poco a poco eso hace que uno empiece a tocar tierra.

También disfruto el proceso de perderme en la espontaneidad del encuentro con otras personas, y cuando eso pasa me da mucha pereza hablar de mi o de mi trabajo, sospecho que la vida de los demás puede ser mucho más interesante o enriquecedora, y casi nunca falla, me gusta escuchar lo que tienen por decir. En estas tres semanas he aprendido mucho sólo por dejarme llevar rio abajo por estas experiencias, por ejemplo:

Hace casi una semana y previo a navidad le escribí a una buena amiga, ella había trabajado en la organización de los últimos conciertos de Luis Miguel, y yo me moría de curiosidad por preguntarle, y ¿cómo es? ¿qué pide en camerinos? ¿es amable o un pesado? ¿cómo suena la guitarra de Kiko Cibrian en vivo?

Así que quedamos de tomar una cerveza, minutos previo a nuestro encuentro me mandó un mensaje terrible: Acabo de chocar. Salí disparado a buscarla, por suerte ella estaba bien aunque su coche bastante golpeado, se había impactado en un entrecruce cerca del mercado Adolfo López Mateos con un derby azul cromado en el que iba manejando un crio que parecía acababa de alcanzar la mayoría de edad, estaba muy nervioso, y no tenía seguro, sus familiares empezaban a llegar y se empezaba a crear ese ambiente tenso e incómodo de: Tú tuviste la culpa. No, tú me pegaste. No, tú a mí. Cálmense. Ya va a llegar el seguro, ¿Quién venía contigo? Ahorita nos arreglamos etc. Yo no voy a pagar. etc…

Al cabo de un rato llegó el asegurador de parte de mi amiga y empezó a amedrentar con el costo de los daños al muchacho que si de por si ya estaba hecho un manojo se puso aún más nervioso, y mientras llenábamos un formulario larguísimo esperando una patrulla, de la nada el tío del muchacho se acercó con cautela criminal al auto, lo encendió y se dio a la fuga. A mí me sorprendió que el Derby con lo golpeado que estaba todavía andara y diera para escapar.

En un intento heroico o qué se yo, el asegurador corrió a su auto, se subió y arrancó pero antes paro a donde yo estaba y desde la ventanilla me dijo: apóyame, ¡No podemos dejar que se vayan! Me conmovió esa estúpida palabra: apóyame seguido de un gesto de cabeza inclinado a la derecha, cómo diciendo “no me dejes sólo”, me dio un poco hasta de lástima. Brinqué a mi coche y empecé a perseguirlos, en un momento me dije a mí mismo: ¿Qué carajo estás haciendo? hace 20 min estabas por tomar una cerveza y husmear en la vida de Luis Miguel, ahora estás persiguiendo unos fugitivos, y si los alcanzas de todas maneras ¿qué vas a hacer? Así que paré y pensé que de igual manera ya estaban muy lejos.

Le marqué a mi amiga, lo siento le dije, ya se han ido, me tranquilizó, todo esté bien, me dijo que era mejor y por seguridad no seguirlos, así que eso hice, ella estaba a salvo y yo también.

Al final fui al bar solo, necesitaba esa cerveza, me quedé sin historias de Luis Miguel, pero acabé con otra, acaba de perseguir a unos criminales sin éxito si, pero qué momento ese cuando el asegurador y yo nos subimos a nuestros coches y aceleramos a full como si fuéramos a resolver con ello algún crimen, o en todo caso alguna parte de nuestra tediosa vida.

Andrés Uribe Carvajal