El dolor y el ejemplo universitarios 

Porque se trata de un asunto profundamente doloroso, la rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos determinó, desde el día en que conoció de la desaparición de la alumna Kimberly Joselin Ramos Beltrán, dar al caso el tratamiento más discreto posible, lo que no se tradujo en la inoperancia institucional sino en el acompañamiento a familiares, y la cooperación con las investigaciones y la búsqueda de la joven que realiza la Fiscalía General de Morelos. Sencillamente se trataba de alejarse de la estridencia para permitir que el caso se resuelva lo antes pero también lo mejor posible. 

Por supuesto que, conforme pasan los días el dolor de la comunidad universitaria crece y las especulaciones de algunos y los intereses de otros confluyen en pequeñas crisis que suelen ser amplificadas y aprovechadas políticamente. Más allá de la legitimidad siempre discutible de esos desvíos, lo cierto es que se convierten en distractores del tema fundamental: hay una joven víctima de un crimen y ese hecho debe esclarecerse a cabalidad para, conforme a ello recuperar la paz, hacer justicia, y tomar medidas para la no repetición. 

En términos reales y aunque cueste reconocerlo dadas las circunstancias actuales, la seguridad en el Campus Norte de la UAEM, en la mayoría de sus unidades académicas y en los alrededores de ellas ha mejorado sensiblemente. Los reportes de robos de vehículos (que en algún momento incluyeron un tractor y hasta borregos de la Facultad de Ciencias Agropecuarias) prácticamente han cesado; también se han reducido los riesgos al interior y exterior de las escuelas con medidas que van desde la dotación de corredores seguros hasta modificaciones de horarios y de hábitos peligrosos de la comunidad universitaria. 

Si bien es cierto que eso sirve poco ante el impacto que tiene la desaparición de una estudiante, sería muy apresurado llegar a conclusiones sobre la seguridad que proveen la UAEM en el interior de las unidades académicas y las fuerzas policiacas estatales y municipales en los alrededores. Es necesario aclarar puntualmente lo que ocurrió a partir de la mañana de ese viernes 20 de febrero, cuando Kimberly fue vista por última vez. 

Y no se trata de tener los datos para repartir culpas más allá de quienes sean directamente responsables de la desaparición de la estudiante; sino para entender qué herramientas deberán considerarse en el futuro para mejorar la seguridad de la comunidad universitaria, pero también del resto de la sociedad. 

Cualquier conclusión y determinación basada en las especulaciones, los chismes, las verdades a medias, podría ser equívoca y llevar a implementar políticas o herramientas poco útiles. 

La otra parte del asunto, una digna de reconocimiento, es que en medio del dolor y coraje que ha provocado el crimen a la comunidad universitaria, ésta se ha dado el tiempo y ha demostrado la madurez suficiente para dialogar y revisar sus sistemas de seguridad para generar mayor tranquilidad en un estudiantado que ha sido obligado a vivir en riesgo, mucho más fuera que dentro de la UAEM. 

El diálogo universitario, que pudo decepcionar a algunos que apostaban al desastre, ayuda a retomar la confianza en que la universidad, esa que debe funcionar como ejemplo y guía de comportamiento para los morelenses, va por buen camino, aun cuando enfrenta dolores intensos. 

La Jornada Morelos