
PERCEPCIÓN
‘El Enmascarado de Plata, mejor conocido como El Santo o viceversa, luchó entre las tramas de sus películas contra una variedad de rivales cuya lista inicia con los monstruos clásicos, sigue con seres sobrenaturales y otros de ciencia ficción, sin olvidar a unos villanos mucho más terrenales e igual de peligrosos que los anteriores’.
Al escuchar la reseña en un podcast, Cristóbal salió gradualmente de su somnolencia. Había pasado gran parte de la noche viendo películas de terror, intentando así conciliar el sueño. Despertó por completo al momento de hacer contacto abrupto con el piso de su recámara, procurando imitar la agilidad de su gato negro, Ernesto, el ser más querido por el adolescente, quien observaba, impasible, la caída de su dueño. “A desayunar”, gritó dos o tres veces Artemisa en dirección del cuarto de su sobrino; quien acudió primero a pasos sordos hacia su plato servido con un poco de leche diluida con agua, fue Ernesto, seguido por Cristóbal. La tía suspiró al ver una vez más a su sobrino desplazarse a gatas. “Vas a rasgar tus pants nuevos. Ni creas que te compraré otros este año si los rompes”. Le intimó a erguirse para tomar asiento con ella para comer las quesadillas acabadas de preparar. El joven señaló con un maullido el plato del gato. Ernesto se interpuso entre el plato y su dueño, significando su oposición a compartirlo. Resignada, la tía colocó otro plato y sirvió una porción igual. Le dio la espalda a Cristóbal mientras comía dos quesadillas de flor de calabaza con su café. Escuchó lamidos sonoros sin querer conocer su procedencia. Desde que Cristóbal había llegado a su casa, inicialmente por unos días, le había asegurado su hermana Cristal: “regresaré por él en cuanto haya conseguido trabajo fijo”. Esa era la promesa, ahora incumplida, que mantenía en espera tanto a la tía como al sobrino. El primer día que Cristóbal pintó su rostro con bigotes felinos, Artemisa rio; la segunda permaneció callada y a la tercera se preocupó. Unos meses atrás había recibido un video enviado por una vecina en el que varios jóvenes enmascarados se movían en cuatro patas en el parque. Identificar a su sobrino había resultado fácil por la cola que ella misma le había confeccionado para una supuesta fiesta de disfraces. Esa misma noche, habló con él, nada más que la plática se convirtió en un monólogo pautado con maullidos de Ernesto, secundado por Cristóbal. Los llantos de Artemisa se escucharon hasta el vecindario más cercano. Nadie le preguntó al respecto ni al otro día ni en los consecutivos; el malestar quedó asentado entre ellos. Fueron los bigotes, la cola de peluche, los guantes de jardinería con extensiones de garras, las palabras sustituidas por señas o maullidos tan perfectos que ya no se podían distinguir de los de Ernesto, extremadamente molesto por la competencia entablada por su dueño, del cual incluso se estaba distanciando. Se negaba rotundamente a lamer la mano peluda de Cristóbal cuando éste se acercaba ronroneando. Artemisa le escribió más de diez veces a su hermana; en vano. ‘Seguramente cree que estoy exagerando. Si tan solo supiera que le escondo la mitad de la verdad, llegaría enseguida a recoger a su hijo’ pensaba la mujer. Invitó después a su sobrino a ver un ciclo de las películas del Santo luchando con los monstruos. Él replicó que no era ningún villano sino un ser en transformación conectando con lo salvaje y ansioso de hacer comunidad con sus semejantes. Artemisa compró entonces en línea el atuendo completo del legendario luchador dispuesta a endosar el papel para enfrentar el problema a su estilo.
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM

