Desde su nacimiento como asombro técnico a finales del siglo XIX hasta su consolidación como industria global y arte mayor, el cine ha sido una de las expresiones culturales más influyentes de la humanidad. A lo largo de su historia ha superado transiciones decisivas —del cine mudo al sonoro, del blanco y negro al color, de la sala oscura al hogar con el VHS y hoy a las plataformas digitales— sin perder su capacidad de fascinar, educar y conmover. Ha sido espectáculo popular y herramienta pedagógica, vehículo de propaganda y espejo crítico de las sociedades; negocio millonario y, al mismo tiempo, espacio de experimentación artística donde confluyen la pintura, la música, la literatura y el pensamiento. Desde el expresionismo alemán y el montaje soviético hasta la poesía visual de Kurosawa, la fotografía de Gabriel Figueroa o el cine de autor europeo, el llamado séptimo arte ha demostrado que las imágenes en movimiento no solo entretienen, sino que preservan la memoria colectiva y permiten comprender el mundo, y a nosotros mismos, a través del tiempo. 

“La salida de los obreros de la fábrica Lumière” (Auguste y Louis Lumière). La apasionante primera película de la historia. Más de cien años después seguimos esperando la secuela. Foto: DP 

Los primeros en salir corriendo del cine 

En un día de diciembre de 1895, en el Gran Café de París, 33 espectadores vieron por primera vez algo que cambiaría el mundo: imágenes que se movían como por arte de magia. Los hermanos Lumière, con su cinematógrafo, demostraron que las imágenes estáticas podían cobrar vida. Presentaron cortos como La llegada del tren a la estación de Lyon, que, según las leyendas populares, causó que el público se asustara pensando que el tren saldría de la pantalla.  

Los primeros filmes eran mudos y en blanco y negro. Para suplir la falta de sonido, se acompañaban con pianistas en vivo y se usaban rótulos para diálogos que luego se incorporarían a las mismas películas, mientras los actores empleaban gestos y maquillaje exagerados para comunicar emociones y situaciones. Esta “lengua gestual” desarrolló un lenguaje cinematográfico propio que aún hoy influye en la forma de contar historias en pantalla.

Hasta el Cantante de Jazz, nadie había oído nada 

La primera revolución del cine llegó en 1927 con El Cantor de Jazz (The Jazz Singer), protagonizada por Al Jolson. Este filme incorporó sonido sincronizado al uso del sistema Vitaphone, y su frase memorable —“You ain’t heard nothin’ yet” (“aún no han oído nada”)— simbolizó el fin casi definitivo del cine mudo.  

La transición del cine mudo al sonoro no fue un corte limpio, sino un proceso lleno de resistencias, experimentos y decisiones artísticas. El Cantante de Jazz anunció el cambio sin consumarlo del todo, la mayor parte de la película es muda, con intertítulos para los diálogos, como era habitual en la época. Lo verdaderamente revolucionario fue que incluyó varias secuencias con sonido sincronizado, como los números musicales interpretados Jolson, y algunas frases habladas improvisadas como la estratégica “aún no han oído nada”, el supremo ídolo del cine mudo, Charlie Chaplin, retrasó conscientemente su entrada al cine hablado hasta encontrar una razón que lo justificara -de hecho, se burla de la novedad en Tiempos Modernos (1936) cuando se escucha su voz por primera vez, pero no habla de forma comprensible: canta una canción en un idioma inventado-, cuando finalmente habló, en El Gran Dictador (1940), en la que hace una mofa de Hitler, no lo hizo para adaptarse a la industria, sino para defender una idea de humanidad en un alegato humanista contra el fascismo y la deshumanización. 

Este cambio no fue solo técnico: muchas estrellas del cine mudo vieron desaparecer sus carreras porque su voz no “encajaba” con la imagen que el público tenía de ellos. El público de la época pedía novedad y autenticidad, y no todos los actores pudieron adaptarse. Pero, así como Chaplin desdeñó el avance, otros, como los Hermanos Marx o Cantinflas -su primera película es de 1936-, hubieran sido impensables sin el sonido. 

En 1916 también les preocupaba la pérdida de cabello. La primera película Gay. “Anders als die Andern” (Richard Oswald) 

Y luego, se pintó de colores 

Aunque durante años algunos cineastas pintaron a mano fotogramas o usaron tintes para “colorear” escenas, como el propio Georges Méliès, pionero de la ciencia ficción temprana y trucos visuales, las limitaciones de la época impedían su reproducción y difusión y el camino hacia el cine en color fue gradual. En los años veinte hubo algunas pruebas rudimentarias, pero la tecnología de tres tiras de Technicolor transformó la narrativa visual. Películas como Becky Sharp (Rouben Mamoulian, 1935) – primer largometraje en la historia del cine en ser grabado íntegramente en Technicolor de tres tiras- y especialmente El Mago de Oz (Victor Fleming,1939) demostraron que el color no era un capricho técnico, sino un recurso narrativo profundo: en Oz, el salto de los tonos sepia en Kansas a los colores vibrantes de La Tierra de Oz comunicaba el paso de la realidad a la fantasía. 

Batallamos para conseguir una foto de Rover (a la izquierda), aunque las de Hedy Lamarr nos sobraban (Hedy no es la niña de la foto). Foto: MUBI 

El cine como herramienta educativa y de propaganda 

El discurso de Chaplin en Tiempos Modernos es una muestra del potencial político del cine, veta que prácticamente siempre se ha usado -una de las obras maestras del cine, Metrópolis (Friz Lang, 1927) tiene un trasfondo sociopolítico muy claro, pero también ha sido usado como instrumento de propaganda, lo supo utilizar como el propio régimen nazi -ese al que Chaplin criticaba en Tiempos Modernos– que coordinó la producción cinematográfica para difundir su ideología y moldear la percepción pública desde los años treinta, aunque lo mismo hicieron los aliados y, notablemente los Estados Unidos, durante la Segunda Guerra. 

En tiempos de paz, el cine también ha servido como medio educativo, permite explorar culturas, periodos históricos y realidades sociales de forma atractiva; algunos lo consideran “aula sin muros”, que facilita la comprensión de temas complejos de una manera accesible y memorable, aunque su propósito no sea pedagógico, de hecho, la primer película considerada como tal es un documental.

La primera superproducción y el primer súper héroe, aún sin mallas (no eran trending en 1914). “Cabiria” (Giovanni Pastrone) 

El séptimo arte 

El teórico y crítico italiano Ricciotto Canudo, en su Manifiesto de las Siete Artes de 1911 propuso que el cine se considerara una de las artes mayores, después de la arquitectura, la escultura, la pintura, la música la poesía (literatura) y la danza pues merecía un lugar propio porque no era una simple suma de las anteriores, sino una síntesis nueva y dinámica al que llamó el arte plástico en movimiento. 

Según Canudo el cine retoma de la pintura la composición visual y el uso de la luz, de la arquitectura el espacio y la proporción, de la literatura el relato y la construcción dramática, de la música el ritmo y la emoción temporal, de la danza el movimiento del cuerpo y añade el tiempo, capturado y organizado; más allá de presentar los eventos físicos de forma artística, los ordena, interpreta y los vuelve memoria. En esa capacidad de fijar el tiempo —rostros, gestos, ciudades, guerras, sueños y hasta imaginación— reside buena parte de su fuerza artística y cultural del cine, que no solo cuenta historias: conserva el mundo. 

A la larga, el cine fue el primer arte -hay varios que se han añadido al listado, como la fotografía, la televisión y, recientemente, el cómic y los videojuegos- en demostrar que el arte podía ser técnico, colectivo, industrial y profundamente popular, accesible y humano a la vez. 

Y la humanidad, en todas sus latitudes y hemisferios, se apresuró a adoptar  

Hoy, en un mundo saturado de pantallas, el cine sigue recordándonos que mirar con atención también es una forma de pensar, y que cada época deja su huella no solo en los libros o los monumentos, sino en esas imágenes en movimiento que, sin saberlo, contienen la narración de quiénes fuimos, independientemente de la historia, los actores, las taquillas o los premios. 

El primer dibujo animado. A más de un siglo de Bart Simpson. “Fantasmagorie” (Émile Cohl) 

Germán Muñoz