Jazmin Aguilar 

Cada 6 de febrero, el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina (MGF) coloca la urgencia de cuestionar esta práctica que, pese a los avances normativos y tecnológicos del mundo contemporáneo, continúa afectando a millones de niñas y mujeres. De acuerdo con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), la MGF atenta contra al menos cinco derechos fundamentales: la no discriminación por motivos de género, la vida y la integridad física, la salud, la prohibición de la tortura y los derechos de la niñez. 

Pero no se trata de un fenómeno reciente ni aislado, el organismo documenta que la MGF antecede al cristianismo y al islam, y que existen registros históricos, desde momias egipcias hasta crónicas de Heródoto, que dan cuenta de su realización en distintas regiones del mundo antiguo. Incluso, en Europa y Estados Unidos, la clitoridectomía se utilizó hasta mediados del siglo XX como supuesto tratamiento médico a trastornos metales y sexuales.  

No hay razón médica que justifique la mutilación genital  

Esta práctica consiste en la lesión, corte o extirpación parcial o total de los órganos genitales femeninos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la define como “cualquier procedimiento que lastima los órganos genitales femeninos por razones que no son médicas” y subraya que no existe justificación sanitaria para su realización.  

El organismo internacional la clasifica en cuatro tipos:    

  • Clitoridectomía: eliminación total o parcial del clítoris y, en algunos casos, del tejido que lo rodea. 
  • Escisión: extirpación parcial o total del clítoris y de los labios menores; puede incluir también la eliminación de los labios mayores. 
  • Infibulación: corte y recolocación de los labios menores o mayores para estrechar la abertura vaginal, lo que dificulta la salida de la orina y del flujo menstrual. 
  • Otros procedimientos: incluye perforaciones, incisiones, raspados, cauterizaciones u otras lesiones en los genitales femeninos con fines no médicos. 

En todos los casos, se trata de intervenciones irreversibles que comprometen la integridad y la salud de las mujeres. Las complicaciones inmediatas incluyen hemorragias severas, infecciones, estados de choque, dolor extremo, transmisión de VIH y retención urinaria. A largo plazo, las consecuencias van desde infertilidad, complicaciones graves durante el embarazo y el parto, como hemorragias o muerte neonatal, además de afectaciones psicológicas y económicas a lo largo de toda la vida; la UNFPA calcula 1.4 mil millones de dólares por año para tartar estas complicaciones. 

Un arraigo que no debe existir  

Según estimaciones de UNICEF, alrededor de 230 millones de mujeres y niñas en el mundo han sufrido algún tipo de MGF, muchas de ellas entre la lactancia y antes de cumplir 15 años. Aunque históricamente se ha concentrado en países de África y Medio Oriente, también se registra en regiones de Asia, América Latina (Colombia) y en comunidades migrantes que viven en Europa, Norteamérica y Australia, así como en algunos pueblos indígenas de Sudamérica. 

Las razones que sostienen esta práctica son diversas y profundamente arraigadas. El UNFPA señala que, en muchas sociedades, la MGF se asocia con la aceptación social, el control de la sexualidad femenina, supuestas ideas de higiene, “pureza” o como requisito para el matrimonio. En algunos contextos se presenta como un rito de paso a la vida adulta o incluso como una obligación religiosa, “pese a que ninguna fe la respalda oficialmente”. Esta presión social provoca que las familias enfrenten estigmatización u ostracismo si deciden no someter a sus hijas a la práctica. 

Un aspecto que genera creciente preocupación es la medicalización de la mutilación genital femenina. La OMS advierte que, bajo la falsa creencia de que realizarla en entornos clínicos “reduce los riesgos”, cada vez más trabajadores de la salud participan en estos procedimientos. Se estima que una de cada cuatro mujeres y niñas de entre 15 y 49 años que han sufrido MGF, alrededor de 52 millones fueron mutiladas por personal sanitario. Para la OMS, esta práctica no solo no es segura, sino que constituye una violación directa al principio médico de “no hacer daño” y a los derechos humanos de las pacientes. 

Abuso de poder sobre los cuerpos  

Desde el ámbito académico, la mutilación genital femenina es analizada como una forma extrema de control sobre el cuerpo de las mujeres. En un artículo publicado por la Gaceta UNAM, Helena López González de Orduña, investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG), señala que se trata de “una práctica patriarcal que viola derechos fundamentales de las mujeres y tiene consecuencias devastadoras en términos físicos y psicológicos, en la que no se toma en cuenta la decisión de la mujer. Una práctica muy violenta físicamente”.  

La especialista subraya que el control sobre el cuerpo femenino no es una práctica exclusiva de naciones que evaluamos como “más atrasados”, sino una lógica global que sigue siendo común, aunque en otras formas. “En nuestros países persisten problemas como los feminicidios, el aborto y los bebés sin dimorfismo sexual sobre los que se decide arbitrariamente”, recalca. Por ello considera que el feminismo (y la sociedad en general) tiene aún mucho que pelear, para lograr que las mujeres de todo el mundo tengan algo tan fundamental como lo es decidir sobre su propio cuerpo.  

¿Por qué es importante visibilizar esta práctica? 

Desde 2008, UNICEF y el UNFPA impulsan el programa global más importante para erradicar esta práctica, con avances concretos reflejados en leyes que la prohíben en 13 países, millones de niñas y mujeres con acceso a servicios de atención y comunidades enteras que han decidido abandonarla. Pero pese a los avances, el desafío continúa, los organismos internacionales advierten que, de no redoblar esfuerzos y debido al crecimiento demográfico, 27 millones de niñas podrían estar en riesgo hacia 2030. 

En un mundo que presume progreso, desarrollo científico y ampliación de derechos, la persistencia de la MGF obliga a preguntarnos ¿cómo es posible que prácticas de crueldad que lesionan de forma irreversible el cuerpo y la vida de niñas y mujeres (incluso siendo apenas bebés) sigan justificándose en nombre de la tradición, la cultura o incluso la medicina? 

Interpelar esa contradicción es parte central del llamado a la tolerancia cero. Este día no solo denuncia, sino grita transformación de las normas sociales que perpetúan formas violentas de dominación contra niñas y mujeres, y a la defensa irrestricta de la autonomía corporal y los derechos humanos desde la infancia. La mutilación genital femenina no debe existir en este y en ningún otro tiempo. 

Foto: UNICEF
UNFPA/Georgina Goodwin. Practicante de la ablación femenina con su nieta de diez años en Somalilandia. La joven no ha sido mutilada aún porque se encuentra enferma. 
Jazmin Aguilar