Víctor Villarreal Cabello*

La política migratoria tiene una capacidad particular: logra convertir lo íntimo en asunto público y vuelve invisible lo público. Con las madres migrantes ocurre algo similar. Su presencia se tolera mientras encaje en una imagen domesticada: responsable, trabajadora, agradecida y discreta. Todo lo que desborde esa imagen, especialmente lo que tenga que ver con sexualidad y salud, queda empujado a un margen donde hablar cuesta caro.

Una de las trincheras que se intentan disciplinar es la narración. Se espera que una madre migrante cuente su historia con un formato reconocible: esfuerzo, superación, familia. Pero hay historias que no entran en el molde: una infección que se complica por no ir al médico, una agresión que no se denuncia, un embarazo que no se puede planear, una decisión sobre anticoncepción que se toma a escondidas. Ahí empieza el silencio como condición de supervivencia.

La sexualidad, por ejemplo, suele tratarse como un exceso. Para la moral dominante, una madre migrante no debe ser una mujer con erotismo, dudas, deseo o placer. Debe ser una función. Y esa deshumanización tiene efectos concretos: vuelve sospechosa cualquier relación afectiva, estigmatiza cualquier decisión reproductiva, y convierte el cuerpo en un terreno permanentemente juzgado. Si el cuerpo habla, se castiga. Si el cuerpo calla, se le exige más.

Muchas mujeres sostienen una economía del aguante. Aguantar el dolor, aguantar el sangrado irregular, aguantar la ansiedad, aguantar la depresión posparto, aguantar una enfermedad crónica sin seguimiento. El cuerpo se vuelve un calendario secreto: se mide por turnos, por rutas, por dinero disponible, por el riesgo de faltar al trabajo, por el miedo a “meterse en problemas». El resultado es una salud aplazada que llega tarde.

Hay un silencio clínico: el que se instala cuando no hay intérpretes, cuando la consulta se reduce a lo mínimo, cuando el lenguaje médico no reconoce la experiencia de quien vive entre desplazamientos, precariedad y violencia. En ese silencio, lo que no se pregunta no existe. Además, hay un silencio administrativo: el que nace de la amenaza. Cuando el acceso a servicios depende de demostrar lo que se considera una buena conducta, cuando se confunde atención con vigilancia, cuando la ayuda se ofrece con condiciones, lo prudente es callar. No porque no haya nada que decir, sino porque decirlo puede costar trabajo, casa, custodia, estabilidad.

El silencio no es vacío. Es un sistema de señales. Se expresa en lo que se evita: no preguntar, no denunciar, no acudir, no confiar. Se expresa también en lo que se normaliza: la automedicación, el consejo clandestino, el rumor como fuente de información, la atención tardía. Se expresa en la idea de que el cuerpo de la madre migrante está siempre en una especie de deuda: con el trabajo, con la familia, con el Estado, con la sociedad anfitriona. Una deuda que se paga, muchas veces, con la propia salud.

Hablar de sexualidad y salud es llegar al centro, no hay política migratoria neutra cuando atraviesa el cuerpo. No hay una regulación técnica cuando se decide quién puede acceder a atención sin miedo. La neutralidad siquiera existe. La pregunta no es si estas mujeres “se atreven a hablar”. La pregunta es por qué el entorno está organizado para que hablar sea peligroso. Qué instituciones producen la vergüenza y el pudor. Qué prácticas convierten la consulta médica en interrogatorio. Qué imaginario necesita a la madre migrante sin sexualidad, sin dolor, sin palabra.

Las reflexiones aquí presentadas provienen de representaciones expuestas en el documental «Migranta con M de Mamá» y de su reflexión escrita «Análisis del documental Migranta con M de Mamá».

*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.

Víctor Villarreal Cabello