
Tomar lo justo: una ética del “buen provecho” para el planeta
Querido Lector, en una época donde el “antojo” tiene anuncios, notificaciones y ofertas relámpago, la pregunta incómoda vuelve a tocar la puerta: ¿cuándo dejamos de consumir para vivir y empezamos a vivir para consumir? No es una cuestión de culpa, sino de conciencia. Porque cada cosa que llega a nuestras manos —comida, ropa, energía, agua— viene de algún lugar vivo. Y, sin embargo, hemos normalizado recibirlo todo como si no hubiera historia detrás, como si la Naturaleza fuera una bodega infinita.
Robin Wall Kimmerer recupera una enseñanza indígena que suena a sentido común, pero que hoy resulta casi revolucionaria: nunca hay que tomar más de lo que uno necesita. En su libro Una trenza de hierba sagrada, (Sabiduría indígena, conocimiento científico y las enseñanzas de las plantas) Nos habla acerca de cómo el exceso no se castiga con moralina, sino con realidad: el lago se vacía, el orgullo crece, y al final no queda nada. Esa escena es un espejo de nuestra vida cotidiana: refrigeradores llenos, botes rebosantes, y una sensación persistente de vacío que intentamos tapar con otra compra.
La alternativa no es “no tomar”, sino aprender qué tomar y cómo hacerlo. En el capítulo La “Cosecha Honorable” propone una guía sencilla y profundamente humana: pedir permiso, escuchar, no tomar lo primero ni lo último, no tomar más de la mitad, evitar el desperdicio, compartir… y, sobre todo, dar las gracias y corresponder con un obsequio. No es folclor: es una tecnología moral para sobrevivir sin arrasar.
El cambio más difícil —y más urgente— es reconocer que no tratamos con “cosas”, sino con alguien: con vidas. Kimmerer lo dice sin rodeos: todo cambia cuando reconocemos a los seres que nos sostienen como “personas no humanas”, con conciencia y espíritu; “matar a alguien es diferente a matar algo”. Ese giro de mirada reordena el corazón: lo que antes era “recurso” vuelve a ser relación.
¿Y qué hacemos con los antojos? Tal vez el primer acto ambiental no sea separar la basura, sino detenerse tres segundos antes de tomar: ¿esto lo necesito o solo lo deseo? La necesidad alimenta y cuida; el antojo, cuando manda, devora y deja hambre nueva. Consumir lo necesario es un gesto de humildad: aceptar el límite como parte del amor a la vida.

La gratitud, por sí sola, no es un mantra: es un compromiso. Por eso la Cosecha Honorable no se queda en palabras; invita a una reciprocidad concreta: usar tecnologías que minimicen el daño, tomar “solo lo que se te ofrece”, y darle propósito a lo que consumimos.Traducido a lo cotidiano: comprar menos y mejor, elegir lo local cuando se pueda, reparar antes que reemplazar, cocinar lo que ya tenemos, y agradecer la comida sin prisa —como quien reconoce que está recibiendo un regalo.Quizá no podamos volver al bosque cada vez que comemos. Pero sí podemos volver a la pregunta esencial: ¿cómo honro lo que tomo? Si esa pregunta entra a la mesa, el planeta respira. Y nosotros también. Nos leemos en la siguiente, ¡Todo lo mejor!


